Sr. Director:
El pasado día 12, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús y jornada de oración por la santificación de los sacerdotes, el Santo Padre León dirigió un mensaje a todos los sacerdotes de la Iglesia. Les exhorta a ser santos porque el Señor, nuestro Dios, es santo. Esta llamada divina va dirigida a todos los miembros del pueblo de Dios, pero resuena especialmente en la mente y en el corazón de los ministros de Jesucristo, ya que la santidad no es una opción entre muchas, ni un ideal abstracto.
Dios mismo nos invita a compartir su propia santidad. La santidad que nos pide es un abandono confiado en las manos de su providencia, permitiendo que el Espíritu Santo nos transforme cada vez más y mejor a semejanza del Sumo y Eterno Sacerdote, Jesucristo.
Es verdad que el tesoro del ministerio lo llevamos en vasijas de barro, somos limitados e imperfectos, débiles, cansados y a veces heridos. Por eso precisamente reconocemos que sólo encontramos la paz en el Corazón abierto del Señor.
La unión de nuestro corazón con el Corazón de Cristo no es una experiencia reservada a unos pocos privilegiados, es un viaje sacramental y eucarístico que se desarrolla cada día de nuestra vida.
Gracias a la ordenación sacerdotal que recibimos hemos sido configurados con Cristo, pero siempre debemos renovar en nosotros el don de la gracia a través de la celebración diaria de la Santa Misa, la oración, la meditación de la Palabra de Dios y el humilde servicio a nuestros hermanos y hermanas.
Debemos permanecer unidos a Jesucristo en todo, porque nuestra santidad es la respuesta a la gracia que nos precede, sostiene y transforma.
La oración, el ministerio, las relaciones, las alegrías y los fracasos, incluso el tiempo o el amor que aparentemente parecen desperdiciados, se convierten en lugares privilegiados donde el Señor se revela a sí mismo y nos da a conocer su amor infinito.
El sacerdote que tiene un corazón recto, sencillo, puro, puede ser contemplativo en medio de la acción, misericordioso y fiel en tiempos de prueba y gozoso en el don de sí mismo.
El apóstol San Juan nos invita a contemplar el Corazón traspasado del Crucificado: allí podemos adentrarnos con la plena confianza de que el Señor nos ama incondicionalmente y no dejará la obra que comenzó en nosotros.
El Sagrado Corazón de Jesucristo es el lugar donde la santidad se manifiesta como cercanía y ternura. Estamos llamados a vivir íntimamente unidos a Cristo y, desde ahí, amar y servir a todas las almas como buenos pastores del Rebaño del Señor. Esta santidad no puede vivirse de forma aislada, sino valorando nuestra fraternidad sacerdotal, rezando juntos, compartiendo las alegrías y los sufrimientos propios de los sacerdotes.
El sacerdote que se aísla se va desvaneciendo poco a poco. El sacerdote que camina junto a sus hermanos crece.
No rompamos la unidad, practiquemos siempre la caridad.
Los sacerdotes deben renovar cada día su "Aquí estoy" en la presencia del Señor, recordando siempre lo que decía el Cura de Ars: "El Sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús"
El Papa León reza por todos, especialmente por los sacerdotes y les encomienda a la Virgen María, Madre de los sacerdotes y Madre de toda la Iglesia.
Los sacerdotes necesitan que los demás miembros de la Iglesia recen intensamente por ellos.