Este lunes se cumplen ocho años desde que Pedro Sánchez es presidente del Gobierno. Brevemente: lo peor del Sanchismo no es la corrupción, que ya es decir, sino la profanación de tumbas… y de principios.
Como escribió Eulogio López en Hispanidad, hace casi tres años, Sánchez es un profanador, no ya porque haya profanado la tumba de Franco, que también, sino que “su forma de actuar, de hablar y de gobernar es la propia de un profanador”. Porque “profanador no es el que revoca los hechos y los objetos sino que, además, revoca los principios: profanador no es el que proscribe el derecho a la vida sino el que enaltece el derecho al aborto”.
Y en esto, Sánchez es un maestro porque es capaz de profanar, no ya los principios y las convicciones ajenas, sino también las propias, con tal de alcanzar su objetivo último: él mismo. Lo demás le importa una higa o, mejor, lo utiliza para alcanzar ese fin, aunque suponga hundir a los españoles en la miseria.
Por cierto, en estos ocho años la economía española no ha mejorado. Es pura propaganda que se sustenta en un gasto público descontrolado, en un esfuerzo fiscal insoportable y en el aumento de los inmigrantes. Producimos más porque somos más, pero no porque se cree más riqueza. Somos más… y más pobres. Y ojo, porque la deuda de hoy son los impuestos de mañana.