La palabra “lealtad” proviene del latín "lex", que significa "ley": leal. El que cumple con ella, en contraposición con fuera de la ley.
Royce sostiene que la lealtad es una virtud primaria, “centro de todas las virtudes, deber central entre todos los deberes” y la presenta como el principio moral básico del cual se derivan todos los otros principios.
La lealtad es una cualidad humana que va mucho más lejos. Refleja fidelidad, honradez, observancia y respeto hacia las personas, los ideales o las instituciones y constituye la base de la confianza y la honestidad, debiendo ser extensiva, en el día a día, a la sociedad y a la política.
Sobre la lealtad se supone que se construyen los acuerdos, se forja la confianza de la ciudadanía y debería de ser una alianza de respeto y reconocimiento, extensible al concepto de nación, pensamiento o comunidad. Se trataría de un valor vinculado a la dignidad del hombre y al compromiso que conlleva la legalidad de la palabra dada.
Un dirigente político o la política en sí misma deberían comprometerse y respetar la lealtad y la ética, para así, poder lograr que la participación ciudadana se involucre de forma segura y honesta con la equidad de lo legítimo.
Un partido político y sus mandatarios están obligados a generar confianza; a ser leales a las instituciones y a los ciudadanos, que representan.
¿Como podemos contextualizar el uso legítimo del poder y el abuso de este cuando el estilo del presidente es eludir responsabilidades? ¿De qué tipo de lealtad estaríamos hablando y hacia quién? ¿Quizás, hacia él mismo?
Si el actual Gobierno, ante posibles casos de presunta corrupción, en su entorno más íntimo "se enroca sin dar la cara” y "la realidad cotidiana” de los ciudadanos empeora, está claro que lo único que valora el dirigente es “seguir en la poltrona" cueste lo que cueste.
En este momento en el que tanto se presume sobre las bondades de la transparencia y la rendición de cuentas, comprobamos el grave declive que han tomado los partidos políticos y que esto no solo marcará su legado, sino también nuestro futuro
Cuando se produce una anormal “política de nombramientos y ascensos” eso no solo refleja “abuso de poder”, sino que nos obligará a plantearnos serias dudas sobre la dirección actual de la política española.
Si en medio de una interminable sucesión de escándalos, ciertas lealtades se compran, las repercusiones deberían hacerse notar en la pérdida de votos y confianza de los ciudadanos ante los partidos que representan y sus lideres.
Después de los reiterados pactos de investidura con partidos políticos de dudosa idiosincrasia, no deberíamos de seguir por esta senda de "normalización de lo inadmisible”, ni mucho menos cruzarnos de brazos, ante los ensayos de intentar "secuestrar al poder judicial y al legislativo", según vamos observando.
Altamente camaleónico, el presidente practica el arte de la inventiva y sin descomponer un músculo ni alterarse, contesta naderías en las ruedas de prensa, las sesiones del Congreso o el Senado.
Desconoce el sentido de culpabilidad; se siente blindado por el poder y ha demostrado que solo es fiel a sí mismo y a su enaltecimiento personal, sin importarle el partido, ni sus valores. Es capaz de convertir la negación en estrategia y de una información falsa, sacará provecho para articular con habilidad, un discurso.
Lo peor en el abuso del poder es como se manipula la fidelidad a los principios y a los ciudadanos y cómo vamos admitiendo o normalizando lo insostenible.
BEGOÑA ANSA GARMENDIA
Academia Literaria Hispana