Sr. Director:
Las imágenes del presidente de Gobierno en su entrevista en RTVE por Pepa Bueno resultaron un tanto inquietantes. Y no sólo por su mirada perdida y su innegable deterioro físico, sino también por la deficiente calidad de sus razonamientos si consideramos que se trata de alguien que, nos guste más o menos, ejerce una responsabilidad elevadísima y cuyas decisiones nos afectan a todos. A pesar de la suavidad en el tono y contenido de las preguntas, era notorio que el presidente volvió a enrocarse, como ya es su costumbre, en su recurrente bucle de lugares comunes invocando a la derecha extrema, la extrema derecha, Franco, la fachosfera y la bulosfera, junto a la persecución que dice padecer por un puñado de jueces que juegan a la política y la han tomado contra su mujer y su desubicado hermanísimo, personas ambas de impecable y trabajadísimo currículo, en los que no hay caso judicial que valga. A esto hay que sumarle la corrupción más que presunta de sus más íntimos compañeros de militancia y viaje; circunstancia esta que por sí sola impediría en cualquier país serio que siguiese gobernando, pues qué cabe esperar de quien no supo detectar (según él) la traición de unos amigazos que no pasarán a la historia precisamente por ser los más discretos y sofisticados choricetes. Pero volvamos al deterioro del presidente tanto físico como mental... ¿De verdad que nadie de su entorno ni sus tropecientos asesores perciben su preocupante estado, que podría conducirle a tomar erróneas decisiones de Gobierno? ¿Si se tratase del presidente de una importante entidad privada, esto no suscitaría un debate justificado acerca de su idoneidad para continuar con tan alta responsabilidad?