Sr. Director: 

Muchos fieles se escandalizan cuando un laico o un medio de comunicación católico expresan públicamente su preocupación por la falta de celo apostólico de un obispo. Sin embargo, ese escándalo suele nacer de la idea equivocada de que toda crítica a un pastor constituye, por sí misma, una falta de respeto o de obediencia. La propia Iglesia enseña lo contrario. Santo Tomás de Aquino no dudó en afirmar que, en caso de peligro para la fe, los prelados pueden ser corregidos por sus súbditos (Summa Theologiae, II-II, q. 33, a. 4, ad 2) El derecho canónico también reconoce a los fieles no solo el derecho, sino el deber de manifestar a sus pastores su parecer sobre aquello que afecta al bien de la Iglesia, haciéndolo siempre con verdad, caridad y el debido respeto. Tal es así que la historia de la Iglesia está llena de ejemplos de santos que, movidos por un profundo amor a Cristo y a su Iglesia, exhortaron e incluso corrigieron a obispos y papas cuando las circunstancias lo exigían.

Santa Catalina de Siena y San Bernardo de Claraval dirigieron con filial respeto severas amonestaciones al propio Romano Pontífice, convencidos de que el verdadero amor a la Iglesia no consiste en un silencio complaciente, sino en la fidelidad a la Palabra. No actuaron por soberbia ni por espíritu de rebeldía, sino por amor a Cristo y el llamado a cooperar en la salvación de las almas.