Sr. Director:
El 12 de abril celebraremos el II domingo del Tiempo Pascual, también llamado domingo de la Divina Misericordia. Fue el Papa Juan Pablo II quien el 30 de abril del año 2000, durante la Misa de canonización de la beata María Faustina Kowalska, dijo: "Es importante que acojamos íntegramente el mensaje que nos transmite la Palabra de Dios en este segundo domingo de Pascua, que a partir de ahora en toda la Iglesia se designará con el nombre de Domingo de la Divina Misericordia"
Llevamos ya unos 25 años celebrando con especial solemnidad la misericordia del Señor en este domingo II de Pascua. ¿Qué ocurrió para que San Juan Pablo II tomase esta decisión tan relevante para la vida y la misión de la Iglesia?
Santa María Faustina Kowalska nació el 25 de agosto de 1905 y fue la tercera hija del matrimonio formado por Estanislao y Mariana, campesinos de la aldea polaca de Glogowiec. Desde pequeña destacó por su amor a la oración, la laboriosidad, la obediencia y una gran sensibilidad ante la pobreza humana. A los 9 años recibió la Primera Comunión, muy consciente de que recibía el cuerpo eucarístico de Nuestro Señor Jesucristo. Al cumplir los 16 años abandonó la casa familiar para trabajar como empleada doméstica en casas de distintas ciudades de Polonia y así mantenerse a sí misma y ayudar a mantener a sus padres.
Movida por una visión de Cristo sufriente, marchó a Varsovia y allí, el 1 de agosto de 1925 ingresó en la Congregación de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia, donde tomó el nombre de Sor Faustina y donde estuvo durante trece años. Pasó por diversas casas de la Congregación, sobre todo en Cracovia, Plock y Vilna, trabajando como cocinera, jardinera y portera. Su vida, aparentemente ordinaria y gris, se caracterizó por una extraordinaria y profunda unión con Dios.
Su espiritualidad estaba basada en el misterio de la Misericordia Divina, que ella meditaba en la Palabra de Dios y contemplaba en lo cotidiano de su vida. Practicó una gran confianza en Dios y una gran caridad hacia el prójimo. Consciente de su papel en la Iglesia, colaboró con la Misericordia del Señor en la obra de salvar a las almas perdidas. Con este propósito se ofreció como víctima, cumpliendo el deseo del Señor Jesús y siguiendo su ejemplo. Tuvo una grandísima devoción a la Santísima Eucaristía y una profunda devoción a la Madre del Señor.
Los años de su vida en el convento estuvieron repletos de gracias divinas extraordinarias: revelaciones, visiones, estigmas ocultos, bilocación, participación en la Pasión del Señor, poder leer en las almas humanas, dones de profecía y desposorios místicos, un contacto vivo con Dios, con la Virgen María, con los ángeles, los santos y las almas del purgatorio.
Escribió: "Lo que hace al alma perfecta es la comunión interior con Dios, es conformar mi voluntad con la voluntad divina". El Señor Jesús quiso escoger a Santa Faustina como secretaria y apóstol de su misericordia para que, a través de ella, se transmitiese al mundo el mensaje de la infinita misericordia del Salvador. "No quiero castigar a la humanidad doliente, le decía Jesús, sino que deseo sanarla, abrazarla con mi Corazón misericordioso".
La misión de Sor Faustina consistió en:
1.- Acercar y proclamar al mundo la verdad revelada en la Sagrada Escritura sobre el amor misericordioso de Dios por cada persona.
2.- Alcanzar la misericordia de Dios en favor de todo el mundo, especialmente para los pecadores, a través de algunas nuevas formas de culto a la Misericordia Divina: la imagen de Jesús misericordioso, la fiesta de la Divina Misericordia, la oración a las tres de la tarde, la coronilla de la Misericordia Divina, etc. A estas formas devocionales el Señor Jesús vinculó grandes promesas bajo la condición de confiar en Dios y practicar una activa caridad para con los necesitados.
3.- Inspirar un movimiento apostólico de la Divina Misericordia que proclame y alcance la misericordia de Dios para el mundo y aspirar a la perfección cristiana siguiendo el camino trazado por Sor María Faustina.
Actualmente, este movimiento dentro de la Iglesia abarca a millones de personas en todo el mundo: congregaciones religiosas, institutos laicales, sacerdotes, hermandades, asociaciones, comunidades de apóstoles de la Divina Misericordia, personas no consagradas que se comprometen a cumplir los encargos que el Señor transmitió por medio de Santa Faustina, etc.
Los confesores de Sor Faustina le aconsejaron que pusiese por escrito todo lo que el Buen Jesús le iba manifestando en su "Diario", porque "quienes lean estos escritos encontrarán consuelo en sus almas y adquirirán valor para acercarse a mí" (a Jesús).
Extenuada a causa de los sufrimientos y enfermedades que tuvo que sufrir y que ofrecía como sacrificio voluntario por los pecadores, plenamente adulta de espíritu y unida místicamente con Cristo, entregó su alma al Creador el 5 de octubre de 1938, a los 33 años de edad, en Cracovia. Entre los años 1965-67 se abrió en Cracovia el proceso para proceder a su beatificación y canonización. En abril de 1993, el Papa San Juan Pablo II beatificó a Sor María Faustina. Y la canonizó el 30 de abril del año 2000.
Dijo el Papa polaco en la ceremonia de canonización: "Del Corazón traspasado de Jesús en la Cruz salen sangre y agua. Sangre que redime y agua que purifica. La misericordia de Dios nos llega a través del Corazón de Cristo crucificado. Él derrama esta misericordia sobre la humanidad mediante el envío del Espíritu Santo (...) Entre la primera y la segunda guerra mundial, Jesús confió a Santa Faustina el mensaje de la divina misericordia. ¡Cuán necesario es este mensaje de la misericordia divina para cada persona y para el conjunto del mundo en que vivimos!
Jesús dijo a Sor Faustina: "La humanidad no encontrará paz hasta que no se dirija con confianza a la misericordia divina". No es un mensaje nuevo, pero se puede considerar un don especial que nos ayuda a revivir más intensamente el evangelio de la Pascua del Señor para ofrecerlo como un rayo de luz a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
¿Qué nos depararán los próximos años? No lo sabemos. Sin embargo, es cierto que, además de los nuevos progresos, no faltarán experiencias dolorosas. Pero la luz de la misericordia divina iluminará nuestro camino.
El Espíritu Santo sana las heridas de nuestro corazón, derriba las barreras que nos separan de Dios y nos desunen entre nosotros y nos devuelve la alegría del amor del Padre y de la unidad fraterna. ¡Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia! (Mt. 5, 7)
En este amor divino debe inspirarse hoy la humanidad para afrontar la crisis de sentido, los desafíos de las necesidades más diversas y sobre todo la exigencia de salvaguardar la dignidad de toda persona humana. Toda persona es valiosa a los ojos de Dios, Cristo dió su vida por cada uno, y a todos el Padre concede su Espíritu y ofrece el acceso a su intimidad (...)
Faustina, don de Dios a nuestro tiempo, don de la tierra de Polonia a toda la Iglesia, concédenos percibir la profundidad de la misericordia divina, ayúdanos a experimentarla en nuestra vida y a testimoniarla a nuestros hermanos. "Jesús, en tí confío" (Cfr. Diario. La Divina Misericordia en mi alma. Editorial de los Padres Marianos de la Inmaculada Concepción. 4ª edición autorizada. Año 2001)
Desde el Viernes Santo hasta el Sábado anterior al II Domingo de Pascua conviene celebrar la Novena de la Divina Misericordia. Y en ese segundo domingo de Pascua, para podernos sumergir en el océano de la misericordia del Señor, podemos:
Participar en la Santa Misa, venerar una imagen de la Divina Misericordia, recitar la coronilla de la Divina Misericordia, confesarse sacramentalmente, realizar obras de caridad y misericordia para con el prójimo.
Para lucrar las indulgencias que la Iglesia concede es necesario: confesarse sacramentalmente, participar en la Santa Misa y recibir la Sagrada Comunión, orar por las intenciones del Papa y desapegarse de todo pecado, incluso venial.
Dijo Jesús acerca del domingo de la Divina Misericordia: "En ese día están abiertas las entrañas de mi misericordia; derramaré todo un mar de gracias sobre las almas que se acerquen al manantial de mi misericordia" (Diario, 699).
Invitamos a recitar esta oración: "Oh Dios, cuya misericordia es infinita y cuyos tesoros de compasión no tienen límites; míranos con tu favor y aumenta tu misericordia en nosotros, para que en las ansiedades no desesperemos, sino que siempre, con gran confianza, nos conformemos con tu santa voluntad, la cual es idéntica con tu misericordia. Por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor. Amén"