Sr. Director:
Los días 9 y 10 de febrero, todos los sacerdotes de la diócesis de Madrid están convocados a participar en un gran encuentro sacerdotal que presidirá el arzobispo de Madrid, Mons.Cobo, junto con sus obispos auxiliares.
La pregunta que se lanza a los sacerdotes es: "¿Qué curas necesita Madrid?"
Madrid, España entera, Europa, la Iglesia Católica extendida por toda la tierra, desde la parroquia más pequeña hasta la catedral más grande, necesitan sacerdotes que se configuren a imagen de Jesucristo, Buen Pastor y Sumo y Eterno Sacerdote de la Nueva Alianza.
Sacerdotes que tengan clara su identidad como ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios.
Sacerdotes fieles a Jesucristo, a su propio obispo y al Papa.
Sacerdotes entregados al bien integral de todas las personas, teniendo en cuenta que el cuidado de las almas, de todas las almas, es su tarea principal.
Por medio de la oración personal y litúrgica, de la adoración del Santísimo, de presidir y celebrar la Misa tal y como la Iglesia ha dispuesto que sea celebrada, de sentarse en el confesionario para que los fieles puedan acercarse a recibir el perdón de sus pecados, de ser los primeros en confesarse y dejarse guiar espiritualmente, de cuidar y acompañar a los católicos practicantes, de invitar a los que no practican a participar en la vida y misión de la Iglesia, de llamar a la verdadera fe a los que no conocen a Cristo ni a la Iglesia.
Sacerdotes que ejerzan el ministerio de la Palabra con fidelidad, verdad, caridad, valentía, arrojo, parresía apostólica.
Sacerdotes que llamen a la conversión a todo el mundo, que promuevan la santidad de todos los miembros del Pueblo de Dios, que sean verdaderos hermanos entre los mismos sacerdotes, que cuiden a los diáconos permanentes y sus familias, que mimen especialmente a los miembros de la vida consagrada activa y contemplativa, masculina y femenina; que sean un buen ejemplo para que los chicos y jóvenes sientan que Dios puede llamarles a ser ministros de su Iglesia.
Sacerdotes que presidan la celebración de los Sacramentos tal y como la Iglesia ha dispuesto que sean celebrados.
Sacerdotes que se preocupen por los grupos eclesiales existentes, que procuren atender a cada fiel personalmente, que no se cierren a las nuevas realidades eclesiales que han ido surgiendo en la Iglesia, que no desprecien ni minusvaloren a quienes continúan practicando su fe y su religiosidad como antaño.
Sacerdotes que atiendan con caridad a todas las familias, a los novios, a los matrimonios, a los jóvenes, los adolescentes, los niños, los abandonados, los enfermos, los pobres, los migrantes, los marginados, los que no cuentan a los ojos del mundo, los que son rechazados.
Sacerdotes que defiendan la vida desde el vientre de la madre hasta su ocaso natural.
Sacerdotes que ayuden a los fieles a vivir santamente, siendo ellos los primeros en implorar del Señor la gracia de la conversión y de la santidad para ellos mismos y para los demás.
Sacerdotes fieles a Jesucristo, a la Tradición viva y al Magisterio de la Iglesia.
Sacerdotes que anuncien la buena noticia y denuncien las causas profundas de los males y las injusticias que sufrimos en nuestras sociedades y en nuestro mundo.
Sacerdotes verdaderamente enamorados de Cristo y del bien de las almas.
Sacerdotes que proclamen la Verdad y sepan corregir los errores.
Sacerdotes que amen la Bondad y la Belleza, reflejo del Creador.
Sacerdotes que sepan escuchar, hablar, conversar, observar, contemplar, discernir lo que viene de Dios y lo que no.
Sacerdotes evangelizadores, apóstoles, misioneros, humildes y valientes, castos, limpios de corazón, amantes de la pobreza evangélica y de los pobres.
Sacerdotes que se dediquen, sobre todo, a lo propio de su ministerio y que den espacio y libertad a los laicos y a los miembros de la vida consagrada.
Sacerdotes que amen la Cruz y que ofrezcan sus sufrimientos, dolores y preocupaciones a Dios en favor de la salvación del mundo.
Sacerdotes que progresen en el estudio de las ciencias sagradas y de aquellas materias que puedan ayudarles a ser pastores más idóneos en vistas al cumplimiento de su ministerio, en fidelidad a la Iglesia de Cristo.
Sacerdotes conscientes del ministerio que han recibido de Dios en favor de la Iglesia y de todas las almas, todas, todas, todas.
Sacerdotes como San Pablo y los demás Apóstoles, como los santos sacerdotes que hoy veneramos en los altares.
Sacerdotes que se dejen amar por Dios, que amen a Dios sobre todas las cosas y que contagien ese amor divino a los demás.
Sacerdotes llenos de fe, de caridad y de esperanza, virtudes sobrenaturales que Dios derrama en el corazón de los creyentes.
Sacerdotes dispuestos a hacer en todo y siempre la voluntad de Dios y que se dejen llevar por los impulsos del Espíritu Santo.
Sacerdotes que no se fíen demasiado de ellos mismos ni de la opinión de los hombres, sino que sigan en todo los criterios del Evangelio de Cristo.
Sacerdotes con una profunda devoción a la Madre del Sumo y Eterno Sacerdote y a los santos y santas de ayer y de hoy.
Sacerdotes santos, verdaderamente santos.