La boda -política, no piensen mal- entre Irene Montero (Podemos) y Gabriel Rufián (ERC) me recuerda unas sabias palabras de mi padre, con retranca de castellano viejo. Cuando le anunciaban el próximo enlace entre uno que no le caía muy bien y otra que le caía bastante mal, emitía el siguiente análisis: buena idea, si ése se casa con ésa se romperá un sólo matrimonio, no dos.
Irene Montero es, antes que comunista, una jetas insultona dispuesta a lo que sea con tal de ser el centro de atención de todo lo que le rodea y de vivir a cuerpo de Rey.
Almas gemelas en este punto, porque don Gabriel, a quien, con tal de figurar en el proscenio, le importa un real, que el público le aplauda o le silbe.
La verdad es que Montero viene de ver cómo su Podemos desaparece en Castilla y si no se alía con alguien acabará por enterrar Podemos. Y ya de paso, así puede vengarse de Yoli.
Rufián como su mismo nombre indica, es un hombre enamorado de su ego. Lo suyo no es obsesión con el dinero: sabe que tiene años para vivir del dinero público, es decir, del dinero de los demás. Lo suyo es la vanidad, otra coincidencia con doña Irene Montero.
Más coincidencias. A ambos les encanta el insulto y ambos coinciden en otra muestra clave: están los nuestros y los otros. Jamás de los jamases, ni Irene ni Gabriel, consideran que alguno de los otros, aunque sea como rara excepción, actúen con rectitud de intención. Eso nunca.
Y si ambos no matrimonian con Yolanda Díaz no es poque no crean en el matrimonio a tres (y a cuatro, y a cinco, y a cama redonda) sino porque, como he dicho, Montero quiere vengarse de Díaz y porque Rufián no acepta el protagonismo de Yolandísima: aquí el único protagonista debe ser Gabriel.
No es una boda por dinero, es un boda por vanidad, por pura egolatría.
A todo esto, ¿quién es el gran beneficiario de estas bodas neo-comunistas? Pedro Sánchez, naturalmente.