Sr. Director:
El día 31, domingo de la Santísima Trinidad, vamos a celebrar también en España la jornada pro orántibus, para rezar especialmente por nuestros hermanos y hermanas que han consagrado toda su vida a la oración y la contemplación, y además para ayudarles con nuestras limosnas. Ellas y ellos, los contemplativos, un día se dejaron seducir por el Señor, el cual les tocó el corazón para que ofrecieran sus vidas, sus alegrías, sus penas, sus sufrimientos, sus esperanzas y las de la humanidad entera en favor de la salvación integral de cada persona, de todas las personas, sean creyentes o no. Me refiero a las monjas y monjes, que han hecho de la oración el eje de toda su vida.
Podríamos resumir la vida entera de un monje o monja de esta manera: ocho horas para rezar, ocho para trabajar y ocho para descansar. O bien con el lema benedictino del "Ora et labora" (Reza y trabaja).
No se han apartado del mundo por egoísmo, ni por miedo, ni por nada parecido, sino sencillamente para centrar toda su vida en Dios, el único necesario.
En medio de este mundo cada vez más acelerado, más cambiante, más inmoral, más de espaldas al Creador y Salvador, los contemplativos hacen que los demás nunca olvidemos que de Dios venimos y hacia Dios nos dirigimos, que Él es nuestro origen y nuestra meta definitiva, y que el camino para llegar a la patria celestial es seguir a Jesucristo con amor, por amor, desde el amor, en pobreza, castidad y obediencia, sin que nada ni nadie pueda arrancarnos del amor del Señor.
Las monjas y los monjes dedican su vida a buscar a Dios en el silencio de su convento o monasterio, en la oración contemplativa, en la lectio divina, en la Sagrada Liturgia, en el trabajo intelectual o manual, en los hermanos o hermanas de la propia comunidad, en las visitas que reciben y también en el descanso, porque de todo y de todos se sirve la providencia divina para llevar a cabo su plan de salvación universal.
El Dios que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad inspira a estos hermanos nuestros (la mayoría mujeres) para que se consagren en cuerpo y alma al servicio divino. Se les puede definir más por lo que son que por lo que hacen. Son, sencillamente, hombres y mujeres de Dios, completamente entregados a Él en todas las cosas.
Nunca se aburren, porque su vida no es aburrida en absoluto, es espiritualmente activa, y si su existencia transcurre en el interior del monasterio es para estar más atentos en lo que a Dios se refiere.
Por supuesto que saben lo que ocurre en nuestro mundo, por supuesto que saben cómo están las cosas en la Iglesia, por supuesto que se alegran con los que se alegran y lloran con los que lloran. Son hombres y mujeres de carne y hueso como nosotros, pero con una vocación de especial consagración.
Nos remiten a la Trinidad Santísima, al Dios trino y uno: al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo.
Toda su vida es un canto de alabanza al Señor por ser Él quien es y porque su bondad y su misericordia son eternas y permanecen para siempre en favor de todo lo que Dios mismo ha creado.
Ofrecen su vida entera por la salvación de todas las almas, para que ninguna se pierda, para que a todas llegue la gracia divina, el rocío del cielo, el amor de Dios. Y en sus casas (monasterios y conventos) reina la alegría, una alegría hecha de entrega ininterrumpida a la voluntad de Dios.
¿Por qué se comprometen con votos de pobreza, castidad y obediencia? Para asemejarse más y mejor con Jesucristo pobre, casto y obediente, y para que nosotros aprendamos a vivir en pobreza, compartiendo nuestros bienes con los demás, llevando una vida casta y limpia, y también para que aprendamos a obedecer en todo al Señor de los Señores.
Recemos por las monjas y monjes para que sean fieles a la vocación con que Dios les llamó. Pidamos que nunca falten en la Iglesia monjes y monjas que recen diariamente por los demás, por la paz y la salvación del mundo entero.
No faltarán vocaciones a la vida contemplativa si los cristianos vivimos nuestra fe en medio del mundo con todas sus consecuencias, sin temer al qué dirán ni a los sufrimientos que nos toca padecer por el hecho de ser y vivir como verdaderos discípulos y misioneros de Jesucristo y de su Evangelio.
En la actualidad, en España hay más de 7.000 monjes/as. Su misión en la Iglesia es tan importante que los demás cristianos debemos ayudarles espiritual y materialmente.
Gracias, hermanos y hermanas de vida contemplativa. Habéis hallado el mejor Tesoro: Dios mismo. Que Él os dé la recompensa que os prometió.