No, él no fue el primero. Antes de que San Juan Pablo II iniciara sus viajes apostólicos, otros romanos pontífices también viajaron desde la Ciudad eterna a otros lugares. La verdad es que no fueron muchos los que lo hicieron, pero alguno ha habido. En 1804 tuvo lugar una de esas salidas más notables, como fue la de Pío VII desde Roma a París, cuando Napoleón le “invitó” a que asistiera a su coronación como emperador.

Y si la invitación de Napoleón la he puesto entre comillas es porque el Papa se sintió obligado a viajar a hasta París, además de no tenerlas todas consigo. La prueba de lo que digo es que, antes de partir hacia la capital de Francia, Pío VII  tuvo la precaución de dejar su abdicación al Secretario de Estado, el cardenal Consalvi, para que la hiciese pública en el caso de que fuese hecho prisionero en Francia. El recuerdo estaba muy reciente; tan solo cinco años antes, su inmediato predecesor, Pío VI, preso por los revolucionarios, había muerto en tierras francesas. La prensa revolucionaria, creyendo que había aniquilado a la Iglesia, dio la noticia de su fallecimiento en estos términos: “Ha muerto el ciudadano Braschi, ¡Pío VI y último!”.

No, a Napoleón no le dio un fervorín repentino para invitar al Papa a su coronación. Al igual que tampoco son consecuencia de un piadoso fervor las visitas que tantos políticos le hacen al actual papa León XIV. Napoleón está en el origen de tantas realidades de nuestro mundo actual, sin duda es el precedente del gobernante actual que tiene de la religión un concepto sociológico.

En 1804 tuvo lugar una de esas salidas más notables, como fue la de Pío VII desde Roma a París, cuando Napoleón le “invitó” a que asistiera a su coronación como emperador

Napoleón, aunque bautizado, era un agnóstico y de hecho, no practicaba. Es cierto —según su propio testimonio— que le emocionaba la lectura de El Genio del Cristianismo y que se estremecía al oír el repique de las campanas de Rueil al toque del Angelus. Pero ese sentimentalismo religioso es algo muy diferente a la fe. Con razón, F. Masson (Napoleon, fut-il croyant?) ha escrito que todo su credo se limitaba a un espiritualismo fatalista donde su estrella reemplazaba a la Providencia divina. A su juicio, como él mismo declaró al Consejo de Estado, cualquier religión podía ser un elemento de utilidad para dominar a los pueblos:

“Mi política es gobernar a los hombres como la mayor parte quiere serlo. Ahí está, creo, la manera de reconocer la soberanía del pueblo. Ha sido haciéndome católico como he ganado la guerra de la Vendée, haciéndome musulmán como me he asentado en Egipto, haciéndome ultramontano como he ganado los espíritus en Italia. Si gobernara un pueblo judío, restablecería el templo de Salomón”.

En consecuencia, como en 1800 debía conquistar la paz interior de Francia, y descartado que el arreglo pasase por un entendimiento con el clero juramentado, sus objetivos apuntaron hacia Roma. Así es que inmediatamente después de la victoria de Marengo (14-VI-1800) inició las negociaciones para la firma de un concordato.

Dicho y hecho. El concordato de 1801 con Francia venía a sustituir al suscrito en 1516 y, salvo pequeñas interferencias, estuvo vigente hasta la ley de Separación de Combes de 1905.

Pío VII  tuvo la precaución de dejar su abdicación al Secretario de Estado, el cardenal Consalvi, para que la hiciese pública en el caso de que fuese hecho prisionero en Francia

Pero pronto surgieron las críticas al concordato en el entorno político de Napoleón; tanto Talleyrand como Fouché consideraban que habían sido excesivas las concesiones hechas a los católicos. Para aplacarlos y de un modo unilateral, Napoleón publicó el concordato (8-IV-1802), conocido en Francia como Convención de 26 de Mesidor del Año IX, junto con los "77 Artículos Orgánicos", inspirados y en parte copiados al pie de la letra de la declaración galicana de 1682. Era todo un preludio sintomático de los planteamientos napoleónicos en los que la religión debía subordinarse al engrandecimiento del Estado, ya que —como hemos dicho— en la consideración de Bonaparte la religión solo era un fenómeno sociológico y por lo tanto susceptible de ser controlado políticamente.

El 4 de mayo de 1804 el Tribunado se adhirió a una moción de Curie para modificar la Constitución del año X e instauraba el Imperio en la persona de Napoleón a título hereditario y concentraba en el emperador los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. Bonaparte se apresuró y sin esperar tan siquiera a que se pronunciase el Senado-consulto manifestó a un estupefacto cardenal Caprara —legado a latere en París y nexo entre el Sumo Pontífice y el clero francés— sus deseos de que el Papa estuviese presente en su coronación.

De inmediato comprendió Pío VII la imposibilidad de negarse y sopesó las consecuencias que reportaría. Así pues, el Secretario de Estado, Consalvi, se encargó de preparar la comprensión de las potencias europeas hacia esta decisión del Papa, a la vez que luchó por conseguir las máximas seguridades por parte del Emperador en lo referente al protocolo y al desarrollo de los actos de la ceremonia. En contra de la tradición el Emperador no sería coronado por el Papa, sino que Napoleón se autocoronaría y a continuación, él mismo coronaría a Josefina Beauharnais de rodillas, como inmortalizó el cuadro de Louis David.

Solo en un punto se mostró intransigente el Papa, al negarse que se incluyera en la ceremonia religiosa el juramento constitucional del soberano, que se realizaría después de haberse retirado el pontífice, mientras se despojaba de sus ornamentos en la capilla del tesoro. La ceremonia quedó fijada para el 2 de diciembre en Notre Dame de París.

Justo un mes antes de esa fecha, Pío VII salió de Roma. Tanto durante el trayecto de ida como en el de vuelta, el sumo pontífice recibió sobradas muestras de sincero afecto por parte de las gentes sencillas. Cuando Fouché le preguntó por el viaje y cómo había encontrado Francia, Pío VII contestó: “Gracias a Dios la hemos atravesado en medio de un pueblo arrodillado”, lo cual no deja de ser un hecho realmente insólito en la cuna del galicanismo y una muestra de que a todas luces el galicanismo se debilitaba en Francia.

En contra de la tradición el Emperador no sería coronado por el papa, sino que Napoleón se autocoronaría y a continuación él mismo coronaría a Josefina Beauharnais de rodillas, como inmortalizó el cuadro de Louis David

En las recepciones oficiales no hubo un mal gesto, sino más bien todo lo contrario, el Senado, el Cuerpo Legislativo y el Tribunado se presentaron ante el Pontífice como organismos superiores del Estado; uno de sus representantes, François de Neufchateau, exjacobino y exministro del Interior, se refirió con respeto a la Hija Primogénita de la Iglesia.

Pero que Napoleón tratase de manipular al Papa y que este cediese en la doctrina eran cosas diferentes. Por eso, cuando la noche anterior a la ceremonia Pío VII supo que el matrimonio con Josefina solo era civil y que al día siguiente iban a asistir como pareja a una ceremonia en Notre Dame, ante la actitud del Pontífice, el emperador, en la misma madrugada de la coronación, contrajo matrimonio canónico.

Pío VII permaneció cuatro meses en París y regresó a Roma el 4 de abril de 1805. Poco duró la calma. En 1806, con el pretexto de unificar los manuales de la enseñanza de la religión, Napoleón ordenó publicar el Catecismo Imperial. El propio Emperador intervino personalmente en la redacción del Catecismo Imperial, único y obligatorio en todo Francia, con el fin de inculcar a los niños el respeto a su autoridad, la sumisión a su poder, el acatamiento de los impuestos y sobre todo la fidelidad al reclutamiento, puntos todos ellos que se incluyeron en la redacción del cuarto mandamiento con una extensión abusiva. Un decreto de 19 de febrero de 1806 fue aún más lejos, al instaurar la fiesta de San Napoleón, santo hasta entonces desconocido, al que se le asignó la fecha del 15 de agosto para su celebración, desplazando así la festividad de la Virgen.

Un decreto de 10 de junio de 1809 declaró a Roma ciudad imperial libre y desposeyó a Pío VII de todo poder, a lo que el Papa respondió con una bula (11-VI-1809), castigando con la excomunión a quienes se comportasen violentamente contra la Santa Sede. La orden de Napoleón de apresar al Papa fue fulminante, así es que en la madrugada del 5 al 6 de julio el general Radet tomó el palacio del Quirinal, las tropas asaltaron sus muros y derrumbaron las puertas. Radet encontró al Papa en su escritorio, sentado y vestido con roquete, y le ordenó que renunciase a su soberanía temporal. Ante su tajante negativa, media hora después fue hecho prisionero y en coche cerrado acompañado solo por el cardenal Bartolomeo Pacca fue conducido fuera de Roma. No se le dejó coger ni su hábito, ni su ropa interior y mucho menos dinero. Solo un pañuelo por todo equipaje.