Hemos celebrado esta semana la fiesta de Santa María Micaela del Santísimo Sacramento (1809-1865), una de las dos grandes mujeres de nuestro siglo XIX, junto con Sor Patrocinio (1811-1891). Estas mujeres tienen vidas muy paralelas: las dos pertenecen a la misma época, solo se llevan dos años de diferencia, las dos son fundadoras de conventos de monjas, las dos fueron muy amigas de la reina Isabel II (1833-1868), con quien compartieron muchos momentos y tuvieron una gran confianza, las dos realizaron obras sociales importantes…
Pero a ninguna de las dos su relación con la reina las apartó de su vocación religiosa, ni realizaron esas labores de beneficencia al modo ONG sino por motivos sobrenaturales, porque las dos se declararon esclavas del Santísimo Sacramento. Y esta, que fue la razón última que orientó la vida de estas dos mujeres, es la gran enseñanza a tener en cuenta a la hora de actuar cada uno de nosotros y, por supuesto, las instituciones eclesiásticas.
El 13 de abril de 1865, solemnidad del Jueves Santo, Sor Patrocinio propuso a todas sus monjas del convento de San Pascual de Aranjuez, votar el establecimiento de la adoración perpetua del Santísimo Sacramento, día y noche las veinticuatro horas del día. Votaron todas las monjas por unanimidad y se levantó acta de lo acordado, en la que firmaron cada una con su nombre de religión, añadiendo a continuación de la firma: “Esclava del Santísimo Sacramento”. Por su parte y a partir de esa fecha, Sor Patrocinio siempre pondrá el añadido a su firma de “Esclava del Santísimo Sacramento”
Cuando murió Santa María Micaela del Santísimo Sacramento fue depositado su cadáver en un nicho, en el que, a modo de epitafio, quedaron esculpidas las siguientes palabras: M.I. Sra. Doña María Micaela Desmaisières López de Dicastillo y Olmeda, Vizcondesa de Jorbalán, fundadora y superiora general de la comunidad religiosa de señoras Adoratrices Esclavas del Ssmo. Sacramento y de la Caridad y de los Colegios de Desamparadas. Falleció víctima de su caridad en 24 de agosto de 1865 R.I.P.
Por su parte, Santa María Micaela del Santísimo Sacramento explicaba a sus monjas a lo que se obligaban por el nombre que habían adoptado:
“El nombre de Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad nos obliga: Primero, a adorar al Señor siempre sin separarnos jamás de Jesús como una esclava a la que una cadena le hace andar humilde al sagrario, donde mora el Santísimo Sacramento. Segundo, es también esclava de la caridad, que es clavo de amor, porque el amor a Jesús la hace mirar a sus prójimos como a sí misma y éste es un precepto puesto por Dios; y para cumplir este mandato y precepto del Señor estamos sus esclavas”.
A diferencia de los cortesanos que rodeaban a Isabel II por intereses materiales, a Sor Patrocinio lo único que le interesaba de la reina era su alma. No podía haber mayor garantía de la autenticidad de amistad que saber que esa relación era totalmente desinteresada. Sin embargo, de las relaciones de Sor Patrocinio con la reina Isabel II se ha escrito todo tipo de mentiras y calumnias, maledicencias que llegaran incluso a Roma a oídos del papa Pío IX. Ante esta situación, el padre Mariano Estartaa, provincial de los franciscanos de la provincia de Cantabria, escribió lo siguiente al superior general de los franciscanos en Roma, sin duda con la intención de que se lo hiciera saber a Pío IX:
“Si el Santo Padre supiera que la madre Sor Patrocinio no se ha metido, ni trata de meterse en asuntos políticos, y que son otras las causas de los benévolos deseos de SS. MM. para con ella, de cierto que no se extrañaría, sino que se convencería, de que esto era muy natural. Yo puedo asegurar a Vuestra Reverendísima que proviene de que S. M. la reina sabe que su conversión del pecado a la gracia, y la disposición, en que hoy se halla su alma se debe a la referida madre”.
Santa María Micaela del Santísimo Sacramento, al igual que Sor Patrocinio, no eran unas zalameras cortesanas. Lo único que pretendían en su trato con la reina era ayudarla a ir al cielo, aunque eso supusiera tener que hacerse violencia para decirle las cosas claras, como le tuvo que suceder a Santa María Micaela del Santísimo Sacramento, cuando le tuvo que decir a la reina que vistiera con más modestia, como cuenta la propia Isabel II:
“Con increíble consuelo de mi alma, accediendo a sus ruegos y repetidas instancias, quité la costumbre de ir descotada en las funciones religiosas, de etiqueta, en la capilla real y en las iglesias. Y, alguna vez me solía decir que se arrepentía da haberme aconsejado me vistiera en París, porque esto me había hecho gastar más de lo que era debido. Viendo la sierva de Dios en las habitaciones del palacio real cierto cuadro no muy en armonía con las leyes de la honestidad, me suplicó que mandase retirarlo de su lugar como así se hizo, sustituyéndolo con la imagen de un santo. Se hizo lo mismo con un velador que mostraba figuras también poco edificantes por indicación suya, apartándolo de la vista y mandando destruir las figuras que se sustituyeron por otras piadosas”.
Sor Patrocinio, en todos los conventos que fundó, ponía un colegio para niñas pobres. Pero esta iniciativa docente, que sin duda promocionaba a esas criaturas, tenía un marcado carácter apostólico como cuenta la propia Sor Patrocinio, el 20 de octubre de 1854, al sacerdote Anselmo García de la Plaza:
“Entran a las nueve; enseguida, a la comulgatoria a oír misa; después pasan a la pieza de labor, independiente del todo de la comunidad. He nombrado dos maestras y estas les enseñan a coser bien, a leer, a escribir, la doctrina cristiana, algunas coplillas para que en vez de cantares profanos, alaben al Santísimo Sacramento, a la Virgen Santísima y a los Santos, cuando canten en su casa o en la calle. Rezan su corona; y tan contentos los angelitos, que en viendo a sus maestras y a mí, parece que ven a Dios. Todas las más miserables que he encontrado, las he recogido. Las hay de siete años que no saben quién es Dios, ni cuántos dioses hay”.
En 1844, Santa María Micalela del Santísimo Sacramento y su amiga Ignacia Rico Grande comienzan a visitar a los enfermos del hospital de Madrid, donde llevaban a las prostitutas enfermas de sífilis. Y allí ve en ese estado a una jovencísima mujer hija de un banquero, que había llegado a esa situación lamentable. Es entonces cuando decide que tiene que poner una casa-colegio, donde rescatar de la prostitución a esas pobres mujeres. Y la gran y noble señora que era María de la Soledad Micaela Desmaissières López de Dicastillo, apoyada en el Santísimo Sacramento, se empeña en ello, venciendo todo tipo de resistencias con admirable fortaleza, como se cuenta en los documentos de su proceso de beatificación:
“Una joven, llamada Josefa, había quedado huérfana de padres y el novio que tenía la condujo a una casa de perdición para explotarla. Sin duda aquella vida no era del agrado de Josefa por cuanto escribió una carta a la Madre Sacramento, la cual se presentó con la hermana Rosario en la misma casa de prostitución. Cuánto no le dirían las personas que en ella había que la hermana Rosario se desmayó; pero la Madre Sacramento tenía cogida de la mano a la chica arrastrándola hacia fuera sin intimidarse ante las amenazas de las otras compañeras y de algunos hombres que aparecieron también. Cuál no sería la actitud de la Madre Sacramento sosteniendo con un brazo a la hermana Rosario y arrastrando con la otra mano a la chica y qué cuadro se desarrollaría allí que aquellas fieras, al fin se compadecieron y hasta dieron agua a la hermana Rosario, a la cual le decía la Madre Sacramento: “Mujer, ¿esto es valor? Pues, hija, nos hemos de encontrar muchas veces en estos lances... Por Dios, hija mía”.