A ver si van a ser dos cosas distintas una sociedad que vota a las derechas y una sociedad cristiana. Y eso es lo que parece indicar lo ocurrido durante la Guerra Civil en Santander, durante los trece meses que esta provincia estuvo bajo dominio del Frente Popular.

Contra pronóstico, el Alzamiento Nacional fracasó en una demarcación en la que en las elecciones de febrero 1936, a pesar de todas las irregularidades cometidas por el Frente Popular, la candidatura de las derechas ganó por mucho al Frente Popular. De los siete escaños que le correspondían a Santander, el bloque de derechas obtuvo cinco diputados y entre ellos figuraba un personaje tan significativo como Pedro Saínz Rodríguez (1897-1986), ministro de Educación Nacional del primer Gobierno de Franco en 1938.

Y a pesar de ese resultado electoral, meses después se desató una persecución religiosa en Cantabria, en la que fueron martirizados 77 sacerdotes seculares, 83 religiosos y la religiosa de las Oblatas del Santísimo Redentor, Sor Valentina de San Alfonso. El informe pericial del médico que le hizo la autopsia a esta religiosa da una idea de la crueldad con la que fue asesinada:

“La Oblata no presentaba balazo alguno, pero sí numerosas contusiones por la cara y cabeza y fractura de cráneo, lesiones que le debieron ser producidas por agente contundente pesado, tal vez culatazos, y debió sostener lucha con los matadores, pues tenía en una de sus manos, crispada por espasmo, cabellos ajenos; su cara y manos estaban tan ensangrentadas que el médico informante señor Pelayo, no reconoció durante la autopsia a la interfecta , a pesar de haber sido su médico durante muchos años”.

Sin duda, el acontecimiento más famoso de la persecución religiosa en Santander fue el del martirio de los monjes de Viaceli. En la línea del mar, a poco más de 40 kilómetros de Santander hacia Occidente, se encuentra el monasterio de Viaceli en la localidad de Cóbreces. Allí los hermanos Bernaldo de Quirós y Pomar dejaron una herencia para que se construyera una escuela agrícola y un monasterio. En 1906 se levantaron los edificios del Instituto Agrícola. Inmediatamente después se instaló una comunidad cisterciense, dependiente del monasterio francés de Santa María del Desierto, que envió como superior a Dom Manuel Fleché Rousse en 1907, gran impulsor de este monasterio hasta su muerte en 1940. Esta comunidad tuvo desde el principio una vitalidad impresionante. En vísperas de Guerra Civil, la comunidad estaba compuesto por 65 personas, que atendía el Instituto Agrícola y una fábrica de mantequilla y queso y que daba trabajo a muchas personas de Cóbreces. Pasada la persecución religiosa, los monjes de Cóbreces restauraron los monasterios de Santa María de Huerta (Soria) en 1949, el de Sobrado de los Monjes (La Coruña) en 1968 y en 1984 erigieron el de Santa María del Evangelio en República Dominicana.

“La Oblata no presentaba balazo alguno, pero sí numerosas contusiones por la cara y cabeza y fractura de cráneo, lesiones que le debieron ser producidas por agente contundente pesado, tal vez culatazos, y debió sostener lucha con los matadores, pues tenía en una de sus manos, crispada por espasmo, cabellos ajenos; su cara y manos estaban tan ensangrentadas que el médico informante señor Pelayo, no reconoció durante la autopsia a la interfecta , a pesar de haber sido su médico durante muchos años”

Pero volvamos a la persecución religiosa que los socialistas, los comunistas y los anarquistas, alentados por los masone,s llevaron a cabo durante la Guerra Civil en Santander. ¡Que no, no insistan en llamarles “mártires del siglo XX” ni manchar la tapa de los libros con esas palabras, que eso es una denominación falsa y un poco cobardica, para no decir quiénes fueron los asesinos! Por más que dicha denominación se emplee en ámbitos clericales, eso está más en la línea de la totalitaria ley socialista de la memoria democrática, para tapar la verdad de lo que pasó, que del rigor histórico.

Pero a lo que estamos Remigia… El 22 de julio de 1936 los milicianos asaltaron el monasterio de Viaceli.  Encañonaron a tres monjes, Vicente Pastor, Roberto Larrinoa y Sixto Gonzalez, los pusieron junto a una tapia y durante tres horas les amenazaron con fusilarlos. Temieron por su vida, pero en esta ocasión al final les dejaron libres. A partir de ese día, en varias ocasiones, registraron todo el monasterio y el Instituto Agrícola en busca de un supuesto arsenal de armas, que por no existir no encontraron. Pero, en cambio, se llevaron ganado, existencias de la fábrica de quesos y mantequilla, muebles, ropas, cálices y objetos de culto. Desde entonces se les prohibió a los monjes salir del monasterio sin una autorización del comité local del Frente Popular.

Cóbreces es una localidad del municipio de Alfoz de Lloredo, cuyo comité del Frente Popular publicó el siguiente decreto el 20 de agosto:

“Para dar cumplimiento a órdenes superiores, este Comité del Frente Popular de Izquierdas de Alfoz de Lloredo, tiene acordada la clausura de todos los edificios destinados al culto católico, y, en consecuencia, se ha dispuesto que proceda Vd. a cerrar la iglesia parroquial y todas las capillas que existan en ese pueblo, y remitir a este Comité, sito en Novales, las correspondientes llaves, a las que colocará una tablilla con el nombre del edificio a que correspondan. También queda prohibida la celebración de cultos en oratorios particulares o de comunidades”.

El abad de la comunidad no podía dar crédito de que un decreto prohibiera el culto hasta en la intimidad, por lo que envió al padre Eugenio, acompañado del niño oblato Nicolás, para solicitar permiso del Comité del Frente Popular para que, al menos, les permitiese celebrar misa el domingo. La negativa fue rotunda. Y el talante con el que el comité recibió al monje y al niño fue tal, que el superior consideró oportuno que, a partir de entonces, los sacerdotes de la comunidad celebrasen solos la misa sin asistencia del resto de la comunidad. Por otra parte, al tener conocimiento de los asesinatos y profanaciones de los templos que se estaban produciendo en la España ocupada por el Frente Popular, el superior aconsejó a sus monjes que los que pudieran abandonasen el monasterio y se refugiasen en casa de sus familiares.

Después de las torturas a las que fueron sometidos por Neila en la checa de la calle del Sol, los sacaron en barcazas hasta alta mar. Iban atados con las manos a la espalda y les amarraron un lingote de hierro con una cuerda para que hiciera de lastre. Cuando uno de los milicianos observó que el padre Pío movía los labios rezando, le cosió la boca con alambre

El 8 de septiembre fueron detenidos los 38 monjes que quedaban en Cóbreces y los trasladaron a Santander, donde les encerraron en el colegio de los salesianos de la calle Viñas, que lo habían convertido en cárcel provisional. Solo permitieron que se quedaran cinco monjes, tres para cuidar la huerta, y los padres Eugenio García y Vicente Pastor, administradores de la fábrica, para que les enseñaran el funcionamiento de las instalaciones y para que les entregaron el dinero, que según los milicianos tenían escondido, que no existía como las armas, y por lo tanto tampoco apareció. Así las cosas, los milicianos les anunciaron a estos dos padres que les dejaban en libertad y que ellos mismos les trasladarían en coche hasta Santander, lo que inocentemente creyeron. Pero al llegar a un descampado en el Regato de las Anguilas, en el término de Rumoroso, les ordenaron bajarse del coche, les acribillaron a tiros y dejaron sus cadáveres abandonados en la cuneta.

El final de los monjes que estaban detenidos en el colegio de los salesianos fue todavía más cruel e inhumano que el de los monjes asesinado en el Regato de las Anguilas. Al abad, por ser extranjero, le dejaron en libertad, por lo que a partir de entonces el padre Pío Heredia, que era el prior, hizo cabeza de los monjes presos. El santanderino Ángel Aldasoro, un bienhechor del monasterio, salió fiador de los monjes detenidos y logró sacarlos del colegio de los salesianes. Tras la liberación se dividieron en tres grupos para encontrar alojamiento; uno de estos grupos se instaló en la casa del propio Ángel Aldasoro.

El domicilio de Ángel Aldasoro estaba justo enfrente de la checa de la calle del Sol, que controlaba el sanguinario Neila, así es que poco duró la tranquilidad y salvo uno de los tres grupos, los otros acabaron en las manos del sanguinario Manuel Neila, el grupo del padre Pío Heredia que lo componían siete monjes y el del padre Eustaquio que eran cinco en total. Uno de los monjes, Ignacio Astorga Arroyo, autor del libro De la paz del claustro al martirio, fue testigo de las torturas a la que fue sometido el padre Pío. Esto es lo que cuenta:

“A la una y media de la mañana me tomaron declaración, terminada la cual me llevaron a la habitación, desde donde oí perfectamente el interrogatorio a que sometieron a los padres detenidos.

Desde las dos hasta las tres menos minutos, duró el primero, el del padre Pío, que tuvo más de dolorosa pasión y martirio que de juicio o declaración. Sufrí muchísimo al oír el interrogatorio del padre, y sobre todo el cruelísimo trato que Neila, Comisario rojo de Santander, le dio. Fuera de sí de cólera y enojo, el terrible Comisario se cebó a placer en el buen padre, dándole golpes y empellones contra la pared, llenándole de improperios y durísimos reproches.

A todo callaba el mansísimo padre, y el mismo silencio hacía perder el tino al bárbaro verdugo, quien no cesaba de abofetear y golpear sin compasión a su víctima. De nuevo al pedir Neila al padre explicación de una carta, que dijo este no tener importancia alguna, volvió aquel al trato brutal y al lenguaje injurioso y blasfemo.”

Después de las torturas a las que fueron sometidos por Neila en la checa de la calle del Sol, los sacaron en barcazas hasta alta mar. Iban atados con las manos a la espalda y les amarraron un lingote de hierro con una cuerda para que hiciera de lastre. Cuando uno de los milicianos observó que el padre Pío movía los labios rezando, le cosió la boca con alambre. Días después, el mar arrojó a la playa de Somo los cadáveres de los cistercienses. Los doce monjes, junto otros cinco del monasterio de Viaceli martirizados fuera de Santander, fueron beatificados el 3 de octubre de 2015.

 

Javier Paredes

Catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá