Hace unos días asistí a un concierto de Juan Valderrama, en el que recuperé un tiempo perdido estúpidamente durante mi juventud. Y para que todos ustedes me entiendan, tengo que presentar al artista y también mostrarles mi estupidez juvenil.
Juan Valderrama es un artista genial. Y, además, Juan Valderrama es hijo de Juanito Valderrama (1916-2004) y Dolores Abril (1935-2020), casi nada… Cumpliéndose en él al pie de la letra el dicho popular que dice “de padres tamborileros hijos tarantán…”. Pero no todo es cuestión de herencia, porque si este artista no fuere hijo de quien es, tengo para mí que el mayor de los escenarios se le seguiría quedando pequeño, porque con su voz y su arte lo llena todo. Así que, parafraseando el conocido refrán, diré que lo que tiene de artista este hombre, “si Valderrama”, dos veces artista.
Pues como les decía, hace unos días Juan Valderrama dio un concierto en el teatro Buero Vallejo de Guadalajara con el título “Historias de la Copla”. El teatro, además de inmenso, es espectacular, y en los dos pisos donde hay mil butacas no cabía un alfiler. Fue salir las entradas a la venta y volaron en unas horas.
Yo había conocido, providencialmente, a Juan Valderrama hacía unos meses antes. Algún día les contaré esta historia, pero ahora no es el momento, porque está a punto de levantarse el telón del Buero Vallejo de Guadalajara. Y como consecuencia de esta relación, Juan Valderrama había tenido el detalle de mandarme una invitación para su concierto en Guadalajara, así es que, aunque aún estaba convaleciente de mi gripe… ¡Qué digo gripe, supergripe de casi un mes!, pues allí que me presenté.
Al llegar a la Universidad surgía la estupidez. Yo en aquel ambiente tan progre no me atrevía a tararear lo del Camino Verde, lo de Madrecita María del Carmen menos, y lo de El emigrante, tampoco
Y tras la presentación del artista, toca ahora lo de mi juvenil estupidez. En mi etapa de estudiante, cuando yo iba desde mi casa a la Universidad Autónoma de Madrid, años setenta del siglo pasado, tenía que echar merienda. Media hora andando desde el número 70 de la Avenida de San Diego, en Vallecas, hasta la estación del metro de Portazgo; tras la caminata, me hacía la línea 1 completa del metro de entonces hasta Plaza de Castilla, donde tenía que coger un autobús para llegar a Cantoblanco. Y en ese recorrido, desde mi casa hasta la estación de metro de Portazgo, y sobre todo a la vuelta de clases, salían las coplas por las ventanas de las casas, que me encantaban y las tarareaba.
Pero al llegar a la Universidad surgía la estupidez. Yo en aquel ambiente tan progre no me atrevía a tararear lo del Camino Verde, lo de Madrecita María del Carmen menos, y lo de El emigrante, tampoco. En la Universidad que a mí me acogió en 1969, donde había tantos profesores franquistas que se habían convertido al marxismo para seguir en el machito, había que ir a ver el Acorazado Potemkin y cantar en inglés, aunque yo no entendía lo que decían las letras de las canciones, porque en el Bachiller de mi generación el idioma extranjero que estudiamos la inmensa mayoría era el francés. Y en cuanto a mi formación cinematográfica, diré que en el cine San Diego, que estaba al lado de mi casa, lo más que pusieron fue El Puente sobre el río Kwai… Pero a lo que estamos Remigia, que se nos pasa el arroz.
Y empezó el concierto de Juan Valderrama. Él contaba la historia de la copla desde sus orígenes a principios del siglo XX, con un conocimiento de ese fenómeno musical y una gracia, que daba gusto escucharle. Y entre charleta y charleta, Juan Valderrama cantaba algunas de las coplas más famosas que habían interpretado los grandes. Y a la tercera copla que cantó Juan Valderrama, escuché un susurro a mi alrededor, porque los que me rodeaban tarareaban lo que el artista cantaba en el escenario. Y en ese momento dejé de ser un estúpido y me metí en mi alrededor y yo también tarareaba las coplas con ellos, aunque muy bajito para que el rumor del teatro no tapara la voz de Juan Valderrama.
Y a la media hora de actuación, de repente saltó la primera sorpresa. Juan Valderrama se refería a uno los más importantes letristas de la copla, José Antonio Ochaíta (1905-1973), que nació en Jadraque y murió en Pastrana, y que por ser alcarreño por los cuatros costados le han levantado un monumento en la ciudad de Guadalajara, “justo en la plaza del Carmen -decía Juan Valderrama desde el escenario al público que llenaba el teatro- donde voy muy a menudo porque allí está la iglesia donde reposan los restos de Sor Patrocinio y se venera la imagen de la Virgen del Olvido…”. Y no pudo decir el título completo de esa advocación -Virgen del Olvido, Triunfo y Misericordias- porque un aplauso impresionante tapó su voz. En ese momento, un escalofrío de emoción recorrió todo mi cuerpo.
A continuación, cantó tres coplas más, y Juan Valderrama felicitó la Navidad a todos los presentes, porque en “estos días celebramos -afirmó el artista- el acontecimiento más importante de toda la Historia de la Humanidad…”. Y casi se cae el teatro del aplauso, porque en la sociedad española todavía queda un rescoldo muy importante de Cristianismo, que en cuanto alguien sopla surge la llama. Pero este soplido no está al alcance de los católicos moderaditos, ¡Les faltan un par de pulmones!, porque para soplar sobre ese rescoldo hay que ser tan libre, tan valiente y tan coherente como es Juan Valderrama.
Y Juan Valderrama felicitó la Navidad a todos los presentes, porque en “estos días celebramos -afirmó el artista- el acontecimiento más importante de toda la Historia de la Humanidad…”
Mediaba el tiempo del concierto, cuando Juan Valderrama ya llevaba cantando más de una hora, e interpretó Madrecita María del Carmen e invitó al público a cantar con él… Y entonces se acabó el rumor, porque cantó todo el auditorio a pecho descubierto, incluido aquel estúpido al que de joven le daba vergüenza cantar coplas en la Universidad Autónoma de Madrid.
Y menos mal que a Juan Valderrama no se le ocurrió invitar a los asistentes a cantar al principio del concierto, porque después de su invitación todas las coplas las cantábamos nosotros y Juan Valderrama nos acompañaba. ¡Cómo nos lo pasamos…!
Después de más de dos horas, que a mí se pasaron como un suspiro, llegamos al final. Se apagaron todas las luces y un foco iluminó el escenario; detrás de un velo rojo se dejaba ver una silla con un inconfundible sombrero cordobés en su respaldo. Y entonces las paredes del teatro Buero Vallejo retumbaron con el aplauso, porque había llegado el momento del gran éxito del padre de Juan Valderrama: El Emigrante.
Y fue entonces cuando Juan Valderrama volvió a sorprender a todos, porque antes de ese homenaje a su padre, pidió permiso al público para cantar la Salve de la Virgen del Olvido, Triunfo y Misericordias, acompañado magistralmente por una guitarra. Al concluir, volvieron a sonar los aplausos y les confieso que a mí se me saltaron las lágrimas.
Juan Valderrama, en homenaje a su padre, interpretó El Emigrante
Por supuesto, Juan Valderrama cerró el concierto cantando El Emigrante. ¿Y qué pasó…? Pues se lo pueden imaginar, pero lo que allí sucedió no se lo puedo contar, porque no tengo palabras, mejor compruébenlo ustedes por su cuenta, para lo que les facilito el enlace con las próximas actuaciones de Juan Valderrama, donde en distintos teatros contará y cantará las Historias de la Copla.
Javier Paredes
Catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá