“Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es Dios”, esta fue la gran novedad que supuso la aparición de los cristianos en el Mundo Antiguo. Hasta entonces ninguno de los grandes imperios había hecho semejante distinción, baste recordar que en Egipto el faraón era considerado una divinidad en la tierra, concretamente la encarnación del dios Horus.

Pero tan cierto como lo anterior, es que los cristianos aparecieron en un mal momento, justo cuando se divinizó la figura del emperador romano, y por eso el César les exigió además de su parte, la que correspondía a Dios, a lo que los cristianos se negaron y, en consecuencia, se desataron las persecuciones, en las que murieron los primeros mártires por miles. Dichas persecuciones cesaron en el siglo IV, cuando el emperador Constantino proclamo el edicto de Milán el año 313, que establecía la libertad religiosa em el Imperio Romano.

Y, precisamente, porque los cristianos se negaron a darle al César lo que era de Dios, aceptando que su negativa les podía costar la vida, al no escudarse ni en el mal menor ni en el posibilismo tan propio de los católicos moderaditos…, justo por estar dispuestos a ser mártires, los primeros cristianos fueron capaces de transformar una sociedad pagana en una sociedad cristiana.

A partir de la Ilustración y de la Revolución Francesa, el César volvió tratar de ocupar el lugar de Dios, para lo que tenía que eliminar a la Iglesia Católica. Sin tener en cuenta semejante atrevimiento, no se puede entender la Historia Contemporánea. Veamos una de las manifestaciones más chuscas de esta osadía.

Napoleón es el precedente de distintas manifestaciones de nuestro mundo actual; su Código Civil o su modelo de Universidad solo son algunas de ellas. Pero sobre todo es el gran adelantado en considerar la religión como un hecho sociológico y por lo tanto, de acuerdo con este planteamiento, controlable desde el poder político. Y así han actuado y siguen actuando quienes defienden que el César debe colocarse en el puesto que le corresponde a Dios.

En 1806, con el pretexto de unificar los manuales de la enseñanza de la religión, Napoleón ordenó publicar el Catecismo Imperial. El propio Emperador intervino personalmente en la redacción del Catecismo Imperial, único y obligatorio en todo Francia, con el fin de inculcar a los niños el respeto a su autoridad, la sumisión a su poder, el acatamiento de los impuestos y sobre todo la fidelidad al reclutamiento, puntos todos ellos que se incluyeron en la redacción del cuarto mandamiento con una extensión abusiva. Como es sabido, Napoleón nació el 15 de agosto de 1769, y para celebrar su cumpleaños tuvo la siguiente ocurrencia: un decreto de 19 de febrero de 1806 fue aún más lejos que lo del Catecismo Imperial, al instaurar la fiesta de San Napoleón, santo hasta entonces desconocido, al que se le asignó la fecha del 15 de agosto para su celebración, desplazando así la festividad de la Asunción de la Virgen.

El número los mártires de los emperadores romanos, durante los primeros siglos, ha sido superado, multiplicado por cuatro o por cinco, por los mártires que murieron a manos de los socialistas, los comunistas y los anarquistas, alentados por los masones, durante la Segunda República y la Guerra Civil. Y esto es lo que cuento en mi último libro titulado ¡Hasta el Cielo!, y lo narro con números y sobre todo con historias reales de lo sucedido, pues en definitiva la Historia no la hacen unas leyes generales, sino personas concretas de carne y hueso, que son las que desfilan por las páginas de mi libro, actuando unas como mártires y otras como verdugos.

Cuando apareció este libro, este brevísimo libro, a principios de marzo, tuvo muy buena aceptación en muchos medios de comunicación, yo diría que más de lo que suele suceder cuando se presenta cualquier novedad editorial. Lo cierto es que hubo bastantes comentarios en las redes sociales. Sin embargo, de todas las personas que se han ocupado de mi libro, por la repercusión que han tenido sus comentarios, tengo que referirme a Federico Jiménez Losantos, al que nunca agradeceré lo suficiente lo que ha hecho, y lo que sigue haciendo, por dar a conocer entre su audiencia la vida de los mártires de la Segunda República y la Guerra Civil españolas.

El podcast incluye, entre otros: el caso de una madre de 83 años y sus cuatro hijas monjas, las mártires de Algemesí, el asesinato de laicos, como el del niño que se negó a quitarse el escapulario de la Virgen del Carmen, el terror rojo en el hospital de enfermos mentales de Ciempozuelos y lo ocurrido en la archidiócesis de Toledo, donde fueron asesinados el 48% de los sacerdotes

Vaya por delante que yo nunca he tenido la oportunidad de saludar personalmente a Federico Jiménez Losantos, ni siquiera he coincidido con él en algún acto cultural o periodístico. La editorial San Román, como acostumbra cuando publica un libro, le incluyó entre los medios de comunicación a quienes envía las novedades que van apareciendo. Y eso fue todo. Así es que yo fui el primer sorprendido, cuando una mañana, mientras me afeitaba, le oí hablar en su programa de radio de mi libro y comentar que me quería llevarme a su programa de EsRadio.

Y no fue la única vez que se refirió a mi libro, porque por haberlo oído yo directamente o porque me lo decían algunos amigos míos, supe que Federico Jiménez Losantos ha mencionado el contenido de ¡Hasta el Cielo! en varias ocasiones. Y, efectivamente, uno de esos días Marta Galindo, periodista de EsRadio, se puso en contacto conmigo para decirme si quería grabar un podcast con Federico Jiménez Losantos. Así es que le dije que sí sin pestañear, porque aquello no se me habría ocurrido a mí pedirlo ni en la carta de los Reyes Magos.

Grabamos por video-conferencia el podcast y de inmediato me di cuenta que Federico Jiménez Losantos se había leído el libro hasta por los bordes. En un momento de la entrevista, yo cité una frase del secretario general del Partido Comunista, José Díaz, pronunciada en un mitin de Valencia en 1937. Hablaba de memoria, y por lo tanto mi cita no fue textual, por lo que al momento Federico Jiménez Lossoantos sacó el libro, encontró la cita al instante y la leyó. De lo que deduje que conocía perfectamente dónde estaban los contenidos de lo que yo había escrito. Además, cuando leía esa cita, puede observar que tenía las páginas subrayadas con fosforito  amarillo.

El podcast se ha publicado entero y además para facilitar una mayor difusión, como se puede ver en la página de Libertad Digital, se ha fraccionado en partes de videos más cortos: El caso de una madre de 83 años y sus cuatro hijas monjas, las mártires de Algemesí, el asesinato de laicos, como el del niño que se negó a quitarse el escapulario de la Virgen del Carmen, el terror rojo en el hospital de enfermos mentales de Ciempozuelos y lo ocurrido en la archidiócesis de Toledo, donde fueron asesinados el 48% de los sacerdotes.

No ver, involuntariamente, o mirar voluntariamente para otro lado para no ver que el César se apropia de lo que le corresponde a Dios desemboca, necesariamente, en el establecimiento de una relación de “buen rollito” de los católicos moderaditos y de parte de la jerarquía eclesiástica con el César que se coloca en el lugar de Dios

En los comentarios de Federico Jímez Losantos hay uno de una profundidad intelectual e histórica muy importante, como es considerar el hecho de la persecución contra la Iglesia católica como una constante desde la Ilustración y la Revolución Francesa hasta nuestros días. Como ya hemos dicho, sin tener en cuenta este elemento no se puede entender la Historia de los dos últimos siglos. Esto es exactamente lo que dijo Federico Jiménez Losantos en unos de sus comentarios:

“Hay un factor religioso que es lo que estoy haciendo en esta serie de podcast que, cuando yo hice la Historia del comunismo, lo cito pero no lo veía. Yo veía lo ideológico, pero no lo religioso y eso es una cosa diferente. Y claro te pones a tirar de ahí y te sale la Guerra de la Vendée, la Cristiada, te sale la Guerra Civil española. Toda la tarea de demolición de la cultura católica, de la cultura cristiana, que es la española y la de América, que es la demolición de los dos últimos siglos, es una cosa coherente, que si pierdes de vista la parte religiosa, lo que cuentas es verdad, pero no toda la verdad y se te oculta lo que está oculto deliberadamente”.

En efecto, el ignorar la persecución religiosa durante los siglos XIX y XX es una grave mutilación intelectual e histórica, por ofrecernos una visión parcial del pasado. Pero, desde un punto de vista moral y religioso, tal ignorancia resulta todavía más grave si “los ignorantes” son católicos y no digamos nada si son obispos. Porque no ver, involuntariamente, o mirar voluntariamente para otro lado para no ver que el César se apropia de lo que le corresponde a Dios desemboca, necesariamente, en el establecimiento de una relación de “buen rollito” de los católicos moderaditos y de parte de la jerarquía eclesiástica con el César que se coloca en el lugar de Dios.

Y si alguno se pregunta que es lo que quiero decir con lo de los “católicos moderaditos” y el “buen rollito”, se lo voy a descubrir de una vez por todas, no vaya a ser que alguien me pueda decir lo que escuche aquel sabio labriego de la Ribera Navarra: ¡Javierico, que parece que Dios nos hubiera dado la palabra para ocultar el pensamiento! Los católicos moderaditos y los obispos del buen rollito, con palabras de San Juan, son los actuales idólatras a los que el autor del Apocalipsis les acusa de fornicar con “la gran ramera, la que está sentada sobre las muchas aguas […] Babilonia la grande, la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra”.

Javier Paredes

Catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá