“Yo soy el guardián del alma de la patria…”, tras estas palabras del juez, que va a condenar a la guillotina a las hijas de Santa Teresa de Compiègne en la película Dialogo de carmelitas, se desborda sobre la pantalla todo el dramatismo de una de las escenas más emocionantes de la historia del cine. Esta película la ponía yo en mis clases en la Universidad Alcalá todos los cursos, en la asignatura de Historia Universal Contemporánea, porque muestra mejor que muchos libros la mente genocida del jacobinismo revolucionario.

La película Diálogo de carmelitas se puede ver completa en este enlace. La escena del juicio comienza en 1-34-55.

Cuando alguien se erige en “el guardián del alma de la patria” es para que los demás nos echemos a temblar, porque eso quiere decir que nuestras vidas tienen que organizarse según sus dictados y dependen de su capricho. Y no estoy hablando de una posibilidad de futuro, sino de un determinado hecho histórico, que desde la Revolución Francesa hasta hoy se viene repitiendo más de lo debido. Concretamente, el domingo pasado les presenté a unos de estos “guardianes de la patria”, en la persona del gobernador civil del PSOE, Eustaquio Cañas Espinosa que montó el campo de exterminio de Turón en 1938. No, desgraciadamente esto no son solo cosas del pasado, porque hace unos pocos días se ha presentado en sociedad una señora, que también pretende ser guardesa del alma de la patria española.

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Cuando la Secretaria Política de Podemos, Irene Montero, proclama que “hay que barrer de fachas este país”, aunque ella no lo sepa, está inspirada en la misma ideología totalitaria que provocó el genocidio de la Revolución Francesa, y la misma, exactamente la misma ideología en la que se apoyó el gobernador civil del PSOE, Eustaquio Cañas Espinosa, para montar en Turón (Granada) el primer campo de exterminio de Europa Occidental, del que escribimos el domingo pasado.

“Te mando 300 fascistas, cuando se te acaben pide más”, le dijo Eustaquio Cañas Espiniosa a Joseá María Galán, responsable militar de la zona de Turón durante la Guerra Civil. Pero conviene precisar que esas 300 personas, reducidas a fascistas por ese mandamás del PSOE, no estaban condenados a trabajos forzados, sino que se había dictado sobre ellos una sentencia de muerte mediante trabajos forzados y malos tratos. En una palabra, había que eliminarnos, ¡Había que barrerlos! En consecuencia, a lo que hizo el PSOE en Turón no se le puede llamar campo de trabajo, sino campo de exterminio.

Y a esos 300 españoles…; perdón por mi imprecisión, porque según el diccionario de la Real Academia del PSOE hay que decir que a esos 300 “fascistas” los llevaron a Turón porque no valían nada; es más, porque a pesar de ser “la nada” impedían el progreso del “todo”, que naturalmente era el PSOE. Y como Podemos no va ser menos que “el todo” del PSOE, Irene Montero quiere barrer de España a los fascistas, a los que en su jerga denomina fachas.

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Como está poco leída, Irene Montero desconoce el origen de las aguas emponzoñadas de odio que inundan su alma. Probablemente ni sepa quién fue el Abate Sièyes y como le sonará a cura, dado su sectarismo antirreligioso, pensará que no tiene nada que ver con ella, cuando en realidad es él quien tiene registrada la patente del barrido de fachas, a los que el abate francés llamaba contrarrevolucionarios en el siglo XVIII. Pero fachas o contrarrevolucionarios da lo mismo, lo que cuenta es eliminar de la escena a los que no se plieguen ante los guardianes del alma de la patria.

Emmanuel-Joseph Sieyès (1748-1836) escribió un folleto titulado ¿Qué es el tercer estado? Y conviene recordar que la sociedad de entonces no era una sociedad de clases, sino corporativa. En función de lo que cada uno hacía en esta vida se pertenecía a uno de estos tres estados:  el clero, la nobleza y el tercer estado o estado llano. Insisto, en aquella sociedad funcional no eran las riquezas lo que clasificaba a los hombres. Lazarillo y el hidalgo al que servía pertenecían a distinto estamento o estado, pero era Lazarillo el que tenía pan para comer y, en cambio, el hidalgo le suplicaba que le esparciera unas migas en sus barbas, para que la gente en la plaza viera que también había comido.

Pero a lo que estamos Remigia, que de tanto enseñar al que no sabe, se nos pasa el arroz. Esto es lo que escribió el Abate Sièyes en su célebre folleto:

“El plan de este escrito es muy simple: Nos planteamos tres preguntas:

1. ¿Qué es el tercer estado? Todo.

2. ¿Qué ha sido hasta el presente en el orden político? Nada.

3. ¿Qué pide? Llegar a ser algo.

¿Quién osaría decir que el tercer estado no contiene en sí todo lo necesario para formar una nación completa? Si se hiciera desaparecer el orden privilegiado, la nación no sería menos, sino más. Y ¿qué es el tercer estado? Todo, pero un todo trabado y oprimido. ¿Y qué sería sin el orden privilegiado? Todo, pero un todo libre y floreciente. [...] El tercer estado abarca todo lo que pertenece a la nación y todo lo que no es el tercer estado no puede contemplarse como representante de la nación. ¿Qué es el tercer estado? Todo”.

El Abate Sièyes lanzó la idea y ya solo hace falta activarla con la guillotina o con la escoba, porque para los totalitarios cortar o barrer es la misma cosa. No, no es posible, sin conocer lo que pasó durante la Revolución Francesa no se puede entender la crisis de nuestra cultura occidental, que se asienta en el cristianismo. Por eso los revolucionarios en 1790, mediante la Constitución Civil del Clero fundaron una nueva religión para que Francia, La fille aînée de l’Église (la hija primogénita de la Iglesia), dejara de adorar a Dios Creador y doblara su rodilla ante el poder político.

Jean de Viguerie en su libro Cristianismo y Revolución hace una síntesis magistral de lo que supuso desplazar al Cristianismo en Francia para implantar la nueva religión revolucionaria.

Y no se piense que lo del campo exterminio de Turón fue un hecho aislado provocado por la guerra y otras circunstancias. Para el genocida no hay descanso ni excepción, para él la eliminación de los que considera sus enemigos es total. Por esta razón el gobernador civil del PSOE no solo se propuso exterminar a aquellos 265 hombres que llevó a Turón. Aquella primera expedición solo era el principio de su plan, porque lo mismo hizo con los presos que quedaban en la cárcel de Almería.

Juan José Pardo Lorca, párroco de Arboleas (Almería), uno de los prisioneros de la cárcel del Ingenio en Almería, en declaración ante el juez cuenta la actuación del gobernador civil del PSOE en Almería, el “poncio” como él le llama:

“Que entró en dicha prisión [El Ingenio en Almería] hacia las 4 de la tarde del día 14 de mayo de 1938, es decir, cuando hacía poco que el cruelísimo poncio Cañas había determinado matar de hambre a los presos políticos, no permitiendo que sus familiares les llevasen comida alguna (ni los viesen siquiera) y había ordenado dar allí solo la suficiente para vivir muriendo lentamente, prolongando con crueldad una vida agónica, tras la que se preveía segura la muerte, si Dios no proveía con algún medio extraordinario e imprevisto, como proveyó a muchos, y que, para mayor intranquilidad era también por los días en que comenzaban a recibirse, sotto voce, las terribles noticias de lo que estaba acaeciendo en Turón a la expedición recientemente enviada por el mencionado y nunca bien ponderado criminal Cañas al no menos criminal Galán para que la exterminará; y con el propósito manifestado de enviar a todos los presos políticos (fascistas decía él) en sucesivas expediciones para sepultarlos en aquel pueblo.

Que a los dos o tres días de ingresar en la prisión se le alistó para trabajar en el muelle cargando carbón, trabajo en el que actuó una larga temporada, pasando después a trabajar en la huerta y, más tarde, en los depósitos de agua que se estaban construyendo en Las Chocillas y en otras obras que se construyeron en El Ingenio.

Que, por misericordia de Dios, se libró de la segunda expedición a Turón, pero tras sufrir cruelísimas ansiedades desde que se comenzó a hablar de ella y, muy particularmente, mientras se leían las listas de los infortunados a quienes tocaba tan adversa suerte (que equivalía a sentencia de cruel y casi segura muerte) no cesando del todo el desasosiego e intranquilidad, porque se seguía prediciendo nuevas expediciones, al mismo tiempo que se recibían concretas y horripilantes noticias del tremendo calvario de los que de la segunda expedición ya estaban cayendo-

Que hacía mediados de octubre, cuando ya el dicente había sido desechado de los trabajos por inservible y se estaba desmoronando materialmente de hambre (y muchos ya habían sucumbido por tal causa), llamaron, como muchas veces, a formar en el patio; apareció el siniestro y temido personaje a quien ya conocían con el sobrenombre de El tío de las listas y comenzó a leer los nombres de los que de los designados para una nueva expedición, con destino desconocido (que unos decían que también iría a Turón y otros que a otra parte) y cayó su nombre en sus oídos, como un rayo que le hizo estremecerse de espanto de pies a cabeza, aunque dice que reaccionó pronto echándose totalmente en las manos de Dios”.

Javier Paredes

Catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá.