El pasado miércoles, día 11 de marzo, se cumplieron los 25 años de la ceremonia celebrada en la plaza de San Pedro, en la que San Juan Pablo II beatificó a 233 españoles, que fueron martirizados durante la Guerra Civil española. Aquella fue una ceremonia muy significativa por muchos motivos, que vuelven a poner de manifiesto que Dios escribe derecho con renglones torcidos, y hasta con renglones retorcidos, porque hace falta ser retorcido como una viruta para seguir defendiendo que el verdugo de esos mártires fue “el siglo XX” y no los socialistas, los comunistas y los anarquistas, alentados por los masones de la II República.
Esos 233 nuevos beatos fueran los primeros mártires españoles elevados a los altares en el siglo XXI. Y no es ninguna casualidad que de los 233 beatos, la casi totalidad, aunque procedentes de otros lugares de España, fueran martirizados en Valencia, concretamente 226, pues siete lo fueron en Barcelona y uno en Lérida. Y por lo tanto, el proceso de beatificación de esos 226 lo llevó a cabo la diócesis de Valencia, porque para esa fecha dicha diócesis ya tenía hecha la tarea. Me explico.
Como ya dije en otro artículo, el papa Pablo VI, atendiendo la propuesta de algunos obispos españoles estableció que no iba a haber ceremonias de beatificación hasta que no hubieran pasado 50 desde que estalló la Guerra Civil; es decir, hasta 1986. Así es que calculen conmigo, queridos lectores, como Franco había nacido en 1892, en la primera beatificación tendría que tener 94 años. Pero como era sabido que el Generalísimo era capaz de sorprender a toda la Conferencia episcopal española, Pablo VI puso una segunda y sorprendente condición para que hubiera beatificaciones de mártires: en España tenía que haber un régimen democrático… Y aunque la proclamación de un beato no tenga nada que ver con el régimen político de su país, no hace falta ser muy avispado para entender esta lógica clerical.
Y entiéndase bien las cosas. Pablo VI no dijo que se suprimían las beatificaciones de los mártires españoles, sino que se ponía un plazo muy largo para la proclamación oficial -por cierto, lo que no se hacía en otros procesos-. Y como aquellos eran tiempos en los que valía más lo del “espíritu” de los textos vaticanos, que lo que decían los propios textos, las diócesis españolas dejaron de trabajar en los procesos de beatificación de los mártires, a excepción de la diócesis de Valencia. Y por eso el 11 de marzo de 2001, en la plaza de San Pedro se pudo beatificar a tantos mártires, cuyo proceso dependía de Valencia.
Pablo VI puso una segunda y sorprendente condición para que hubiera beatificaciones de mártires: en España tenía que haber un régimen democrático
En la ceremonia de beatificación del 11 de marzo de 2001 hubo muchas novedades. El papa anunció que a partir de ese año, cada 22 de septiembre había que celebrar la memoria litúrgica de los mártires. Y además de esta, hubo otras que se las copio de la página de la diócesis de Valencia, para que se vea que estoy en buen plan:
“La representatividad eclesial del grupo, pues hubo sacerdotes, religiosos y seglares, que son expresión de los numerosos carismas y familias de vida consagrada; la representatividad de la Iglesia en España, que abarca casi todo el territorio español, porque, si tenemos en cuenta su origen, estos mártires provenían de 37 diócesis y representaban a 13 Comunidades Autónomas, aunque la gran mayoría de ellos eran valencianos o se encontraban en Valencia desarrollando sus respectivos ministerios y actividades apostólicas y algunos fueron unidos en el proceso por competencia, en base a la normativa canónica vigente; el elevado número de sacerdotes seculares y de seglares, pues fue la primera vez que fueron beatificados 40 miembros de los presbiterios diocesanos de Valencia (37) y Zaragoza (3), así como 22 mujeres y 19 hombres y jóvenes, miembros de la entonces floreciente Acción Católica Española y de otras asociaciones de espiritualidad y apostolado seglar, de todas las edades, profesiones y estado social; los demás fueron religiosos y religiosas de órdenes y congregaciones antiguas y modernas; fue la beatificación más numerosa de la historia hasta entonces conocida, pero, como dijo el Papa, “un número tan notable no hace olvidar las características individuales: Aquellos 23, en los que cuento el martirio de cinco mujeres 3 mártires son como un gran cuadro del Evangelio de las Bienaventuranzas. Un hermoso abanico de la variedad de la única y universal vocación cristiana a la santidad (Lumen Gentíum, cap. V).”
En efecto, tenía toda la razón San Juan Pablo II, al advertirnos que con tan grande polvareda de 233 mártires no se nos perdiera don Beltrán y dejáramos de ver las características individuales de cada uno. Y como lo que emociona es la vida heroica y ejemplar de cada uno de ellos, les voy a copiar a continuación los párrafos de mi último libro ¡Hasta el Cielo. Mártires de la Segunda República y la Guerra Civil!, en los que cuento el martirio de cinco mujeres que fueron beatificadas en la ceremonia del 11 de marzo de 2001:
“De toda la Biblia, solo el relato de la entrega que nos hace Jesús de su Madre, momentos antes de morir colgado del madero de la cruz, es más emocionante que el pasaje del libro de los Macabeos. Pues bien, esta narración que muestra la fe y la fortaleza de una madre ante el martirio de sus siete hijos, a los que ve morir uno a uno después de padecer horribles tormentos, desde el mayor hasta el más joven, y a los que anima a soportar las crueldades de Antíoco, antes que renegar de su fe, tuvo su réplica en España durante la Guerra Civil Española en Algemesí (Valencia).
El 11 de marzo de 2001 fueron beatificadas en Roma por San Juan Pablo II una madre y sus cuatro hijas, las cuatro monjas, que padecieron martirio juntas el 25 octubre de 1936. En la réplica de los Macabeos en España, la madre se llamaba María Teresa Ferragut Roig y había nacido, precisamente, en Algemesí el 14 de enero de 1853; por lo tanto, fue martirizada con 83 años ya cumplidos.
Posta del libro del profesor Paredes ¡Hasta el Cielo! Mártires de la Segunda República y la Guerra Civil
A la edad de 19 de años contrajo matrimonio, el 23 de noviembre de 1872, con un joven labrador de Algemesí, Vicente Masiá Ferragut, de cuya unión nacieron nueve hijos. A la primogénita le llamaron María Teresa, nació el 18 de septiembre de 1873 e ingresó en el convento de San Julián de las Agustinas Ermitañas de Valencia y falleció en 1927. La segunda y la tercera hija fallecieron siendo jóvenes. Las cuatro hijas siguientes —María Vicenta, María Joaquina, María Felicidad y María Josefa Ramona— fueron religiosas. El penúltimo de los hijos fue un chico, Vicente, que fue capuchino y marchó a misiones. Y la última, Purificación, se casó y formó una familia en Algemesí.
A pesar de los cuidados que exigía tan numerosa prole, Teresa Ferragut se las apañaba para asistir todos los días a la santa misa y comulgar. Y téngase en cuenta que el ayuno que entonces regía para poder recibir la sagrada comunión consistía en no tomar nada, ni siquiera agua, desde las doce de la noche el día anterior.
Teresa Ferragut fue muy devota del Santísimo Sacramento, del Sagrado Corazón de Jesús y de la Santísima Virgen, por lo que rezaba todos los días el rosario; era conocida en su pueblo por la ayuda que prestaba a los más necesitados, a través de la Conferencia de San Vicente de Paúl, de la que fue presidenta. Se entiende así que en el ambiente cristiano de esa familia surgieran tantas vocaciones de vida consagrada.
Los católicos perseguidos no sólo fueron curas y monjas, también hubo muchos seglares. A lo mejor, lo de nuestros abuelos, entre 1931 y 1939, fue la mayor muestra de fidelidad a Cristo que se haya dado en toda la historia
Las cuatro hijas religiosas de Teresa Ferragut fueron las siguientes:
- Vicenta Masía Ferragut —en religión Sor María Jesús— nació en Algemesí el 12 de enero de 1882. Profesó en el monasterio de capuchinas de Agullent (Valencia) el 26 de enero de 1902. Antes de que estallara la Guerra Civil, por motivos de salud se trasladó desde su convento a la casa de su madre.
- Joaquina Masiá Ferragut —en religión Sor María Verónica— nació en Algemesí el 15 de junio de 1884. También profesó en el monasterio de capuchinas de Agullent y lo hizo el 26 de enero de 1904.
- Raimunda Masiá Ferragut —en religión Sor Josefa de la Purificación— nació en Algemesí el 10 de junio de 1887. Profesó como agustina descalza en el convento de Benigánim (Valencia) el 2 de febrero de 1905. Fue priora de la comunidad durante un trienio (1932-35).
- Felicidad Masiá Ferragut —en religión Sor María Felicidad— nació en Algemesí el 28 de agosto de 1890. Profesó en el monasterio de capuchinas de Agullent el 20 de abril de 1910.
Al estallar la Guerra Civil, las tres hermanas se vieron obligadas a abandonar sus conventos y se refugiaron en la casa de su madre, donde ya estaba la hermana mayor. Del grado de la persecución religiosa en Levante nos da cuenta el mismo secretario general del Partido Comunista Español, José Díaz, que en un mitin celebrado en Valencia en 1937, mostraba con es tas palabras su satisfacción por lo que habían hecho: «En las provincias en las que dominamos, la Iglesia ya no existe. España ha sobrepasado con mucho la obra de los soviets, porque la Iglesia en España está hoy día aniquilada».
El 19 de octubre de 1936 los milicianos asaltaron la casa de Teresa Ferragut y se llevaron presas a la madre y a las cuatro hijas religiosas. La madre no quiso separarse de sus hijas, y todas juntas fueron encerradas en el convento cisterciense de Fons Salutis de Algemesí, que había sido convertido en cárcel. Durante la semana que permanecieron presas, sus carceleros intentaron apartarlas de su vocación con halagos, que ellas rechazaron indignadas.
Por fin, durante la noche del domingo 25 de octubre, fiesta de Cristo Rey, las llevaron en un camión hasta el pueblo de Alcira, distante tan solo 8 kilómetros, y se detuvieron en la entrada de esta localidad, concretamente en el punto conocido como la Cruz Cubierta. Sus verdugos volvieron a intentar que renegaran de su fe, ante lo que su madre se dirigió a ellas en estos términos:
«¡Hijas mías, sed fieles a vuestro Esposo y no consintáis en los halagos de los hombres!».
Los milicianos furiosos arremetieron contra la madre y se disponían a fusilarla, cuando dirigiéndose a ellos les dijo:
—«Quiero saber qué hacéis con mis hijas. Si las vais a fusilar, matadlas primero a ellas y después a mí. Así moriré tranquila».— Y a continuación les dijo a sus hijas:
— «Hijas mías, no temáis, esto es un momento y el Cielo es para siempre».
Teresa Ferragut presenció cómo asesinaban a cada una de sus cuatro hijas.
Y cuando solo quedaba ella, uno de los verdugos la increpó:
—«Oye vieja, ¿tú no tienes miedo a la muerte?»— A lo que ella contestó:
—«Toda mi vida he querido hacer algo por Jesucristo y ahora no me voy a volver atrás. Matadme por el mismo motivo que a ellas, por ser cristiana. Donde van mis hijas voy yo».
Gritó ¡Viva Cristo Rey!, como habían hecho sus hijas, y tras una descarga de fusiles, se reunió con ellas en el Cielo”.
Javier Paredes
Catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá