Sr. Director:

Algunos obispos de la Iglesia nos ayudan a abrir los ojos y a que nos centremos en lo que es verdaderamente importante en la vida cristiana:  el arrepentimiento y la conversión.

Lo ha recordado recientemente Mons. Mutsaerts, obispo auxiliar de Hertogenbosch, quien hace poco envió una carta abierta al Santo Padre en la que indica que la propia narrativa del Sínodo de la Sinodalidad puede generar una narrativa positiva (escucha, participación, documentos), pero la verdadera prueba de fuego es una fe más sólida en los cristianos, una proclamación más clara y explícita de Jesucristo, una identidad católica más profunda, más conversiones, mayor participación en la Misa dominical, etc.

Afirma Mons. Mutsaerts que el último canon del CIC acaba diciendo: "La ley suprema de la Iglesia debe ser siempre la salvación de las almas" 

Deberíamos preguntarnos si ha aumentado la probabilidad de que otros crean en Jesucristo, se arrepientan, reciban los sacramentos, perseveren en la gracia y alcancen la vida eterna. Y es que la sinodalidad no puede ser un fin en sí misma.

Es cierto que los cristianos debemos caminar juntos, pero ¿hacia dónde? La respuesta es: hacia Cristo.

Es verdad que al interior de la Iglesia debemos dialogar, pero la finalidad no es el diálogo, sino la santidad; no la inclusión como principio abstracto, sino la incorporación a Cristo, y en última instancia la salvación eterna.

La consulta, la participación, las estructuras pastorales y los métodos sinodales tienen su lugar, pero cuando los medios acaparan más atención que el fin, algo se ha invertido.

La misión de la Iglesia es la evangelización, y el Sínodo lo repite varias veces: deberíamos centrarnos en ello.

Monseñor se atreve a poner un ejemplo: "Un médico escucha atentamente al paciente, pero escuchar no es la cura. La Iglesia posee algo singular: ha recibido la Revelación de parte de Dios. Nuestra escucha debe dar paso a la proclamación del Evangelio. Las palabras que faltan en el sínodo son arrepentimiento y conversión"

Cabe decir que no existe contradicción entre sinodalidad y tradición, sino que ambas son necesarias. Pero en nuestras parroquias también deberíamos preguntarnos por qué desaparecen los niños tras recibir la Primera Comunión y los jóvenes tras recibir la Confirmación. Deberíamos preguntarnos por qué ha disminuido el número de bautizados que se acercan al sacramento de la Penitencia, dónde asisten a Misa las familias jóvenes, dónde solicitan el Bautismo los jóvenes adultos, qué acerca a las personas a Cristo: ésta sería sinodalidad orientada hacia la salvación de las almas.

Es verdad que todavía en algunas de nuestras naciones el número de bautizados es considerable. Millones siguen siendo nominalmente católicos, pero sólo una pequeña porción tiene un encuentro regular con el Señor en la Eucaristía.

No basta con decir que se han creado nuevas estructuras consultivas. No necesitamos el cristianismo para aprender que las reuniones deben ser inclusivas.  

Hoy se observa en algunos países una notable incorporación de jóvenes y adultos a la Iglesia Católica. ¿Qué tipo de catolicismo atrae a estas personas?

¿Buscan el cristianismo porque quieren más comités, o porque han descubierto a Cristo, la oración, la adoración, la confesión, la seriedad moral católica, la hermosa liturgia, la coherencia intelectual, la Tradición, la comunidad cristiana y la Trascendencia?

El alma humana anhela metafísica, redención, una vida moral exigente, un sacerdote que realmente crea lo que predica, la confesión, la Eucaristía; en una palabra: a Cristo.

La evangelización católica tradicional asume que el hombre ha sido creado por Dios y para Dios, pero el hombre está herido por el pecado y Cristo murió por todos para redimirnos del pecado y de la muerte eterna. La gracia es real, el pecado mortal es real, la Eucaristía es realmente Cristo, el juicio es real, el cielo es real, el infierno es real, el perdón es real, la confesión nos reconcilia realmente con Dios: si asumimos todo esto, las prioridades pastorales cambian de inmediato. Hay menos burocracia y mayor interés en la santidad. 

El Señor nos dice en el Evangelio: "Por sus frutos los conoceréis". Nos hemos de centrar más en ayudar a las personas a dar frutos de santidad cristiana, no tanto si hemos vivido el proceso sinodal de forma positiva o no.