Sr. Director:

El relativismo moral permite normalizar lo que antes era inadmisible. En sociedades donde la “autonomía individual” se coloca por encima de la racionalidad y de normas objetivas, se corre el riesgo de que prácticas destructivas se presenten como derechos. Desde la aceptación de la eutanasia hasta la ideología de género llevada a extremos en menores, pasando por la priorización de la eficiencia económica sobre la vida de los vulnerables, se establece un patrón: todo se juzga según conveniencia, no según verdad ni coherencia lógica.

Defensa de la vida y de la razón

Vivimos en una época en que la vida humana ya no se considera un absoluto, y donde tendencias como la eutanasia, el aborto y determinadas políticas de salud públicas extremas muestran la emergencia de lo que podría llamarse una “cultura de la muerte”. Bajo el pretexto de la «autonomía personal», el progreso o la compasión, se normaliza la eliminación de los más vulnerables y se relativiza lo que antes era incuestionable: la preservación de la vida desde la concepción hasta la muerte natural.

El problema no es solo legal o político: es filosófico y moral. Al abandonar los absolutos éticos y la lógica racional, se abre la puerta al polilogismo, donde todo es debatible y donde el deseo, el capricho o la moda pueden dictar lo que es correcto o aceptable. Esto no es teoría abstracta: históricamente, sociedades enteras han considerado normales prácticas ahora consideradas monstruosas, como la esclavitud, el incesto, el canibalismo o la pederastia.

La verdadera libertad no consiste en hacer lo que uno quiera sin límites, sino en vivir y decidir dentro de los marcos de la razón, la coherencia y la moralidad objetiva. La defensa de la vida y de la racionalidad es, por tanto, un imperativo social: sin ella, la sociedad corre el riesgo de degradarse, de perder sus referencias éticas y de ser instrumentalizada por quienes buscan poder y control bajo la máscara del progreso.

Si tenemos en cuenta los diversos aspectos del debate sobre la vida, la muerte, la libertad y la racionalidad, podemos trazar un hilo conductor que revela la magnitud de la amenaza a la que se enfrenta la sociedad moderna: el abandono de absolutos racionales y morales.

La cultura de la muerte —que se manifiesta tanto en la eutanasia como en el aborto o en políticas que, bajo pretextos de salud pública, sacrifican a los más vulnerables— no es un fenómeno aislado ni espontáneo. Se inscribe dentro de un marco más amplio de relativismo moral, donde la autonomía individual y la percepción subjetiva se presentan como principios supremos, incluso cuando entran en conflicto con la preservación de la vida y la integridad de la sociedad.

El peligro no se limita a las decisiones personales; la institucionalización de estos principios relativistas convierte al Estado en un actor capaz de normalizar atrocidades, sean eugenésicas, económicas o ideológicas. Lo que antes era inconcebible —el sacrificio de ancianos, la priorización de ciertos grupos sobre otros, la manipulación de la información científica— puede ser presentado como “progreso” o “compasión”, y muchas veces lo es, paradójicamente, a expensas de la vida y la dignidad humana.

En este escenario, el relativismo radical, que permite reinterpretar la ética y la lógica según conveniencia, es el terreno fértil para la degradación social. Cuando se abandona la lógica aristotélica, la realidad deja de ser única y objetiva, y emerge el polilogismo, donde todo es debatible, todo es negociable y todo es relativo al capricho o a la moda del momento. La consecuencia inevitable es la pérdida de referencia, el deterioro del pensamiento crítico y la normalización de lo que antes se consideraba monstruoso.

La defensa de la vida y de la racionalidad se convierte, por tanto, en un imperativo absoluto. No se trata solo de rechazar la eutanasia o el aborto como políticas de Estado, sino de reafirmar la existencia de verdades innegociables, de mantener la coherencia moral y de preservar la capacidad de discernir entre lo correcto y lo arbitrario. Esto exige una combinación de rigor lógico, claridad conceptual y firmeza ética.

En última instancia, el mensaje es claro: la supervivencia de la sociedad depende de nuestra capacidad de reconocer y respetar los absolutos que sostienen la vida y la convivencia racional. Renunciar a ellos no es un acto de libertad; es abrir la puerta al caos, a la barbarie y a la instrumentalización del deseo por parte de quienes buscan poder y control. La verdadera libertad solo puede existir cuando se ejerce dentro de los límites de la razón, de la verdad y del respeto a la vida, no como un capricho sujeto a la moda del momento.

En síntesis: preservar la vida y respetar la razón no es una opción, sino la condición necesaria para la supervivencia de la sociedad. Renunciar a estos principios no es libertad; es caos y barbarie disfrazados de modernidad.