Sr. Director: Si observamos detenidamente la realidad del mundo actual, las guerras, el maltrato de las personas, los asesinatos, la violación de todos los derechos ciudadanos y humanos, las innumerables injusticias de tan diversa índole, … cabe en consecuencia preguntarnos: ¿Puede acaso causarnos extrañeza el juicio, pasión y muerte de Jesucristo? Estamos en Cuaresma, un tiempo para la reflexión, la conversión ante la ya inminente Semana Santa, cuando contemplaremos con cierto detenimiento los hechos que condujeron a Cristo al patíbulo de la Cruz y a su muerte. Ahora se disputan meros temas económicos, territoriales, armamentísticos… y así se justifican las muertes y tremendos sufrimientos de tantas personas inocentes. Y la muerte de Jesucristo ¿qué justificación tuvo? Él, que a tantos hizo bien: curó enfermedades, resucitó a muertos, dio de comer a multitudes, predicó la doctrina del amor, detestó la violencia… Él, por todo ello, fue escarnecido y llevado al suplicio de la Cruz. Él era el Hijo de Dios y eso fue, valga la expresión, la acusación más grave por la cual se le condenó. Pero en realidad fue su ofrecimiento voluntario ya desde los tiempos de Adán y Eva. Fue precisa su muerte para librar a toda la humanidad de las ignominiosas consecuencias del pecado. Por eso se canta en la Vigilia de Pascua “¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!” Y la redención continúa porque el pecado continúa. La muerte de Jesucristo tuvo un carácter universal y un carácter de eternidad. Para comprender mejor todo esto es necesario una razón primaria. Y esa razón primaria fundamental, y podríamos decir única, es el amor que Dios nos tiene: el amor de Dios derrota radicalmente al Mal.
Jesucristo no redimió al mundo con unas palabras bellas o con unos medios deslumbrantes, sino con el sufrimiento hasta llegar a la muerte y una muerte ignominiosa. Todo ello nos conduce, o debe conducirnos, a una seria y serena reflexión sobre nuestra actitud personal ante la Cruz de Cristo en el Calvario. Pero todas estas consideraciones tienen, diríamos, un final esperanzador y es la Resurrección de Jesucristo: Él es la verdadera esperanza y la que reúne en sí toda nuestra expectación, nuestra confianza y nuestra perspectiva. Él es nuestro Fin.