Sr. Director:
En España cuando ocurría una desgracia importante que causaba un elevado número de muertes, lo tradicional era celebrar, en atención a las víctimas, unos funerales de Estado de carácter religioso, que ahora nos pretenden sustituir por fríos homenajes orlados con ribetes de mandil. Es lo que nos está sucediendo respecto a las víctimas del accidente ferroviario «tremendamente extraño» (Ministro Óscar Puente dixit, intentando eludir sus más que posibles responsabilidades) sucedido en Adamuz; consecuencia de venir interpretando sesgadamente el principio constitucional de que «ninguna confesión tendrá carácter estatal» del art. 16, 3, reconduciéndolo hacia la imposición de un laicismo marginador de la fe católica, ignorando así la continuación del mismo precepto que añade: «Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española... y las relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones».
¿Pero es lo mismo un homenaje que un funeral? No. El homenaje es un acto o actos que se celebran en honor y reconocimiento de alguien o de algo (que también pudiera ser una víctima); mientras que el funeral es un acto que se refiere al entierro y a las exequias. En la fe católica, las honras fúnebres se concretan en la celebración de una Misa, más o menos solemne, junto a específicas oraciones (responsos) ofrecidas por la salvación de las almas de los difuntos; aunque bien es cierto que entre algunos celebrantes se ha ido imponiendo la prédica de que todos los fallecidos van al Cielo de cabeza, lo que vaciaría de sentido los funerales. Y en la tragedia de Adamuz, ¿qué sentido tiene sustituir unos funerales de Estado por el homenaje a unos difuntos cuyo triste y desgraciado «mérito» es haber sido inocentes víctimas de graves errores y negligencias de otros, e incluso de probables conductas delictivas? En este caso, no sólo se erraría respecto a lo que significa un homenaje, sino que, además de privarles de las oraciones por el bien de sus almas (que a nadie daña), añade la sospecha sobre el auténtico motivo de quienes sustituyen una celebración por otra.