Sr. Director:

Nuestro clásico y místico San Juan de la Cruz dejó escrito que “las criaturas son como un rastro del paso de Dios. Por esta huella se rastreará su grandeza, su poder y sabiduría y todos sus atributos”. Efectivamente, el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. Y aún después de la caída el hombre mantiene su inteligencia y su capacidad de discernir el bien del mal y por lo tanto es responsable de sus acciones. El don de ciencia, que nos llega a través de la acción del Espíritu Santo en las almas, facilita al hombre comprender las cosas creadas, la entera creación, como señales que llevan, si no lo obstaculizamos, a Dios. Es la elevación del orden natural al orden sobrenatural. El hombre, volviendo a la frase del Santo Carmelita, no alcanza por sí mismo esa grandeza, ese poder y esa sabiduría que le han sido donados gratuitamente por Dios y no por la IA. Nada ni nadie puede penetrar en la propia conciencia. La conciencia es como la torre murada inexpugnable que solo puede ser destruida desde dentro. De ahí la obligatoriedad de defenderla con el poder y la sabiduría, la ciencia y la fortaleza que también nos son transmitidos por el Espíritu Santo: El hombre ha sido creado por y para Dios. Por eso se hace necesario transcender nuestra mentalidad para que viva inmersa en la sobrenaturalidad de Dios y no en la materialidad de la IA pues esta tiene una finalidad palpable y sustancial para resolver problemas prácticos. La grandeza del hombre rebasa infinitamente los confines del pragmatismo imperante.