Sr. Director:
Del 18 al 25 de enero celebramos la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos.
Los bautizados en Cristo somos cristianos; al recibir el bautismo fuimos hechos hijos de Dios y miembros de su pueblo que es la Iglesia. Si permanecemos unidos a Cristo en su Iglesia daremos frutos de santidad para la vida del mundo.
Ahora bien, es sabido que no todos los cristianos forman parte de la única Iglesia de Cristo. Sin embargo, encontramos también fuera del recinto visible de la Iglesia Católica muchos y muy importantes elementos que tienden hacia la unidad católica: la Palabra de Dios escrita, la vida de la gracia, la fe, la esperanza y la caridad y algunos dones interiores del Espíritu Santo y elementos visibles.
Aunque sabemos que las comunidades cristianas separadas de Roma tienen sus defectos, no están desprovistas de sentido y de valor en el misterio de la salvación, porque el Espíritu de Cristo no ha rehusado servirse de ellas como medios de salvación, cuya virtud deriva de la misma plenitud de gracia y de la verdad que Cristo confió a su Iglesia. Los hermanos separados no gozan de aquella unidad que Cristo quiso dar a los que regeneró y vivificó en un cuerpo y en una vida nueva y que manifiestan la Sagrada Escritura y la Tradición venerable de la Iglesia.
Solamente por medio de la Iglesia Católica de Cristo, que es auxilio general de salvación, puede conseguirse la plenitud total de los medios salvíficos: (Cfr. Unitatis Redintegratio, 21 noviembre de 1964).
¿Cómo debemos practicar correctamente el ecumenismo? En primer lugar, viviendo en estado de reforma permanente, es decir, pidiendo al Señor la gracia de la conversión personal y comunitaria. Pero el verdadero ecumenismo no puede darse sin la conversión interior, sin la renovación de nuestras almas, sin la abnegación de cada cristiano, sin la humildad y la mansedumbre, sin la fraterna generosidad para con los demás. Estas advertencias valen para todos los bautizados, pero de manera especial para los pastores del pueblo de Dios.
Debemos recordar que tanto mejor proveeremos a la unión de los cristianos cuanto más nos esforcemos en llevar una vida más pura según el Evangelio de Cristo. Cuanto más estrecha sea nuestra comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, tanto más íntima y fácilmente podremos acrecentar la mutua fraternidad cristiana.
La conversión del corazón, la santidad de vida y las oraciones privadas y públicas por la unidad de los cristianos han de considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico.
Jesús oró a su Padre diciendo: "Padre, que todos sean uno para que el mundo crea que tú me has enviado".
Es bueno el conocimiento mutuo de los hermanos de las distintas tradiciones y comunidades cristianas, un conocimiento que esté guiado por la verdad y que tienda a la unidad en la misma fe y el mismo amor.
Los teólogos han de ayudar a sus hermanos a comprender la verdadera naturaleza de la Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica.
Hoy es muy necesaria una sana instrucción y formación espiritual de los fieles y de los religiosos.
Los miembros de la Iglesia hemos de saber exponer con rectitud y claridad toda la doctrina, pues nada es tan ajeno al ecumenismo como el falso irenismo, que pretende desvirtuar la pureza de la doctrina católica. Siempre debemos proceder con amor a la verdad, con caridad y humildad.
También podemos dar conjuntamente un claro testimonio de nuestra fe en Cristo colaborando en el campo de la promoción social y trabajando unidos por el bien de los más necesitados espiritual o corporalmente.
El Concilio Vaticano II nos exhorta a los católicos a abstenernos de toda ligereza o imprudente celo.
Nuestra acción ecuménica ha de ser plena y sinceramente católica, es decir, fiel a la verdad recibida de los Apóstoles y de los Padres y conforme a la fe que siempre ha profesado la Santa Iglesia Católica, tendiendo constantemente hacia la plenitud con que el Señor desea que se perfeccione su Cuerpo en el decurso de los tiempos.
No debemos poner obstáculos a los impulsos del Espíritu Santo ni a los caminos que la Divina Providencia nos tiene preparados.
"Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre, como una sola es la esperanza de la vocación con la que habéis sido llamados", nos dice San Pablo en la carta a los Efesios.
Dios realizará en nosotros lo que es de su agrado por medio de Jesucristo, Señor nuestro, en virtud del Espíritu que habita en nosotros.
A nosotros nos toca solamente secundar los impulsos del Espíritu Santo, en la verdad y la caridad.