Sr. Director:
Hay silencios que son prudencia. Otros son cobardía. Los hay interesados, calculados, impuestos. Y existen silencios tan clamorosos que terminan diciendo mucho más que cualquier comunicado oficial.
El que rodea el gravísimo atropello sufrido por Alfredo Perdiguero Manjón, subinspector de la Policía Nacional y conocido por sus intervenciones públicas, pertenece, como mínimo, a esta última categoría.
Perdiguero regresaba a su domicilio en motocicleta después de terminar un turno nocturno cuando fue atropellado por un automóvil. Según la información difundida por su entorno, sufrió fracturas de costillas y vértebras y tuvo que ser hospitalizado con dolores intensos.
Hasta aquí tenemos un hecho de enorme gravedad.
Pero hay otro hecho que merece atención: el silencio.
Silencio institucional. Silencio político. Y, en buena parte, silencio periodístico.
Y la pregunta resulta inevitable:
¿Por qué?
No estamos hablando de un desconocido
Alfredo Perdiguero no es simplemente un ciudadano que casualmente pertenece a la Policía Nacional.
Es un servidor público con una larga trayectoria profesional y sindical; un policía que no se ha caracterizado precisamente por esconderse detrás de un escritorio ni por guardar silencio cuando consideraba que debía denunciar algo.
Ha trabajado en la calle y en dependencias policiales, con turnos de mañana, tarde y noche. Ha ejercido funciones de responsabilidad en una ODAC (Oficina de Denuncias y Atención al Ciudadano), donde llegan denuncias, detenidos, conflictos, diligencias, atestados y todos esos problemas reales que existen mucho antes de convertirse en estadísticas, informes o discursos ministeriales.
Y además ha hablado.
Quizá ahí radique una parte del problema.
Porque Perdiguero ha expresado públicamente opiniones incómodas, ha criticado decisiones políticas y policiales y ha terminado padeciendo diversos expedientes y sanciones disciplinarias.
Se puede estar de acuerdo con él o discrepar profundamente de sus opiniones.
Eso resulta completamente secundario.
Lo relevante es que estamos hablando de un subinspector de la Policía Nacional gravemente herido después de ser atropellado por un automóvil cuyo conductor, según las informaciones difundidas, abandonó el lugar.
Y eso debería bastar para que las instituciones mostraran interés público por su estado y, sobre todo, para que se aclarase cuanto antes qué ocurrió.
¿Accidente, delito contra la seguridad vial o intento deliberado?
Aquí conviene distinguir escrupulosamente entre hechos, indicios e hipótesis.
Que Perdiguero haya sido atropellado no demuestra por sí solo que alguien intentara asesinarlo.
Sería irresponsable afirmarlo sin pruebas.
Pero tampoco corresponde despachar anticipadamente la posibilidad contraria.
Si un vehículo atropella a un motorista y su conductor huye, hay que investigar quién conducía, cómo ocurrió el atropello, por qué abandonó el lugar y si existió intencionalidad.
Eso es precisamente investigar.
No consiste en decidir primero cuál debe ser la conclusión y buscar después hechos que la respalden.
Por eso resulta tan importante saber si existen cámaras en la zona, testigos, restos del vehículo, matrículas parciales, comunicaciones telefónicas, datos de circulación o cualquier otro elemento que permita reconstruir los hechos.
Y, tratándose además de un policía conocido públicamente y con antecedentes de enfrentamientos administrativos y políticos, descartar una acción deliberada debería ser consecuencia de la investigación, no una premisa de partida.
Ni conspiraciones sin pruebas ni ingenuidad obligatoria.
Investigación.
Nada más. Y nada menos.
El extraño mutismo institucional
Pero hay una cuestión particularmente difícil de comprender.
¿Por qué las instituciones policiales no han considerado oportuno expresar públicamente unas simples palabras de solidaridad hacia un miembro del cuerpo gravemente herido?
No hace falta prejuzgar delito alguno.
No hace falta hablar de atentado.
No hace falta acusar a nadie.
Bastarían cuatro palabras:
«Deseamos su pronta recuperación».
¿Qué dificultad existe?
La Policía Nacional comunica habitualmente actuaciones, reconocimientos, fallecimientos y acontecimientos que afectan a sus integrantes.
Entonces, ¿por qué alrededor de Perdiguero parece haberse levantado semejante muro de silencio?
Es legítimo preguntarlo.
Y todavía resulta más llamativo si se compara esa ausencia de reacción con la facilidad con la que nuestras instituciones producen comunicados, mensajes, campañas y declaraciones sobre asuntos muchísimo menos graves.
Para algunas cosas parece existir una maquinaria comunicativa capaz de funcionar día y noche.
Para Alfredo Perdiguero, silencio.
Y después está la prensa
Aquí aparece otro personaje indispensable.
La prensa.
O, mejor dicho, esa parte de la prensa que ha confundido informar con seleccionar cuidadosamente aquello de lo que los ciudadanos deben enterarse.
Los grandes medios pueden dedicar horas a declaraciones insustanciales, discusiones de tertulia, sucesos triviales y polémicas fabricadas para alimentar el espectáculo cotidiano.
Pero un policía conocido públicamente resulta gravemente herido después de ser atropellado y el acontecimiento apenas merece atención.
Curioso.
Muy curioso.
Porque el periodismo no manipula solamente cuando publica una mentira.
También puede deformar la realidad mediante la selección, la jerarquización y la omisión.
Decidir qué ocupa una portada y qué desaparece también constituye una forma de construir el relato de la actualidad.
Por eso el silencio también informa.
Informa acerca de las prioridades del medio.
Informa acerca de aquello que considera incómodo.
Informa sobre quién merece solidaridad inmediata y quién puede permanecer fuera del foco.
Imaginemos por un instante que se llamara de otra manera
Hagamos un experimento sencillo.
Imaginemos que el atropellado hubiera sido una personalidad especialmente querida por el Gobierno, un dirigente sindical próximo al poder, un conocido activista de alguna causa bendecida oficialmente o cualquier personaje convertido previamente en símbolo político.
¿Habríamos contemplado el mismo silencio?
¿No conoceríamos ya hasta el último detalle del accidente?
¿No habrían aparecido declaraciones ministeriales?
¿No escucharíamos solemnes condenas?
¿No tendríamos tertulias preguntándose por las circunstancias del atropello?
Cada lector puede responder por sí mismo.
Ahí reside precisamente la cuestión.
La igualdad también se demuestra cuando la víctima nos cae mal.
Perdiguero incomoda.
Y Alfredo Perdiguero incomoda.
Ha hablado demasiado para determinados gustos.
Ha criticado.
Ha denunciado.
Ha aparecido públicamente diciendo cosas que buena parte del aparato político, administrativo y periodístico preferiría no escuchar.
Y aquí surge una sospecha mucho más razonable que cualquier teoría conspiratoria:
¿Se le está aplicando simplemente la ley del silencio?
No hace falta imaginar una gigantesca conspiración.
A veces basta algo mucho más sencillo: indiferencia interesada, afinidades políticas, cobardía administrativa y ese antiquísimo instinto humano consistente en abandonar al incómodo cuando llegan los problemas.
Precisamente por eso una sociedad libre necesita instituciones que funcionen con independencia de simpatías y antipatías.
No pedimos privilegios. Pedimos respuestas.
No se trata de convertir a Alfredo Perdiguero en santo, héroe ni mártir.
No hace falta.
Tiene sus opiniones, sus aciertos, sus errores y su carácter, como cualquier persona.
La cuestión es mucho más elemental.
Un subinspector de la Policía Nacional ha resultado gravemente herido tras ser atropellado.
Hay que determinar exactamente qué ocurrió.
Hay que identificar al responsable.
Hay que esclarecer si hubo imprudencia, abandono del lugar, omisión del deber de socorro o alguna conducta todavía más grave.
Y, si finalmente se demuestra que fue un accidente sin intencionalidad alguna, dígase claramente y apórtense los resultados de la investigación.
Pero si aparecen indicios de que alguien quiso hacerle daño deliberadamente, entonces estaremos ante un asunto de extraordinaria gravedad.
La verdad no debería tener color político.
El silencio también deja huellas
Hay una vieja costumbre del poder: hablar mucho cuando las palabras convienen y descubrir repentinamente las virtudes de la discreción cuando las preguntas incomodan.
Por eso conviene observar no solamente lo que dicen las instituciones.
También cuándo callan.
Y en este caso el silencio resulta ensordecedor.
El Ministerio del Interior debería interesarse públicamente por lo ocurrido.
La Dirección General de la Policía debería informar, dentro de los límites que imponga la investigación.
Los responsables policiales deberían mostrar solidaridad con un compañero gravemente herido.
Y la prensa debería hacer aquello para lo que supuestamente existe: preguntar.
¿Quién conducía el automóvil?
¿Ha sido identificado?
¿Ha prestado declaración?
¿Existen imágenes?
¿Hubo testigos?
¿Se marchó del lugar?
¿Qué hipótesis maneja la investigación?
¿Se ha descartado la intencionalidad? Y, en tal caso, ¿sobre qué elementos?
Eso es periodismo.
Lo demás puede ser propaganda, espectáculo o relaciones públicas, pero no periodismo.
Una última pregunta
Alfredo Perdiguero permanece herido.
Afortunadamente, está vivo.
Ahora corresponde desearle una recuperación completa y dejar trabajar a quienes tengan que investigar.
Pero eso no exige guardar silencio.
Todo lo contrario.
Exige reclamar verdad, investigación y transparencia.
Porque tan irresponsable sería afirmar sin pruebas que estamos ante un intento de asesinato como decidir, también sin pruebas, que sólo estamos ante un accidente corriente.
Que hablen los hechos.
Que aparezcan las pruebas.
Que se identifique al responsable.
Y que cada cual explique después su comportamiento.
Porque cuando un policía conocido públicamente resulta gravemente herido en circunstancias que deben esclarecerse y quienes habitualmente hablan de todo descubren súbitamente el valor del silencio, surge una pregunta imposible de evitar:
¿Por qué callan?
Tal vez la respuesta explique muchas más cosas que el propio atropello.
Y mientras esa respuesta no llegue, conviene recordar algo elemental: el silencio también informa.