Las fronteras no son simples líneas trazadas sobre un mapa. Son la expresión visible de la soberanía de un Estado y al mismo tiempo, un mensaje dirigido tanto a quienes viven dentro de ellas como a quienes las contemplan desde fuera. Por eso, lo sucedido en Ceuta a finales de julio no puede reducirse a un episodio migratorio, por grave que haya sido. Obliga a formular una pregunta anterior y más incómoda: ¿qué ocurre cuando un Estado no consigue impedir que su frontera sea puesta a prueba y sólo reacciona plenamente después de haber sido desbordada?
El Ministerio del Interior cifró en 72.000 las entradas irregulares registradas el 30 de julio y señaló días después sin que el dato fuera correcto, que más de 70.000 personas ya habían abandonado la ciudad autónoma. La magnitud del episodio resulta suficiente para excluir cualquier interpretación rutinaria. No estamos ante una sucesión de entradas clandestinas, sino ante una irrupción capaz de tensionar en pocas horas la seguridad, los servicios públicos, la capacidad de acogida y la propia percepción de control territorial.
La cuestión esencial no reside únicamente en lo que ocurrió, sino en lo que pudo conocerse antes. Reuters ha documentado seis advertencias escritas de sindicatos policiales y de la Guardia Civil dirigidas a las autoridades durante las semanas previas, en las que se reclamaban instrucciones, refuerzos y protocolos ante el aumento de llegadas por mar. El Gobierno sostiene que estudió distintas opciones tras la sentencia judicial de finales de junio y que aquella evaluación permitió instalar rápidamente una barrera marítima después de la crisis. Ambas afirmaciones pueden coexistir, pero dejan abierta una cuestión política de primer orden: si existían señales de deterioro, ¿por qué la respuesta preventiva no alcanzó la intensidad que sí alcanzó después?
Gobernar consiste también en anticipar. Ningún Ejecutivo puede prever cada acontecimiento ni impedir todo movimiento humano, pero la imprevisibilidad deja de ser una explicación suficiente cuando se acumulan avisos, se multiplican las convocatorias en redes sociales y aumenta la presión sobre un punto fronterizo tan sensible. La responsabilidad de un Estado no comienza cuando miles de personas han cruzado ya la línea; comienza cuando aparecen indicios razonables de que alguien puede intentar desbordarla. Los acontecimientos posteriores son especialmente ilustrativos. Ante nuevas convocatorias para el 15 de agosto, España reforzó Ceuta con más de quinientos agentes adicionales, elevando a más de 1.600 los efectivos desplegados, mientras Marruecos intensificó controles y detuvo a más de un centenar de personas que trataban de aproximarse a la frontera. Esta vez la prevención funcionó mucho mejor. Y precisamente por ello resulta inevitable preguntarse por qué una capacidad semejante de anticipación no se activó antes del 30 de julio.
Aquí aparece otra cuestión que España debería examinar sin prejuicios: nuestra relación con Marruecos. Cooperar con Rabat es necesario. La geografía, los flujos migratorios, la lucha contra las redes criminales y numerosos intereses comunes obligan a mantener una colaboración estable. Pero cooperación y dependencia no son sinónimos. España no puede permitir que la eficacia de su frontera dependa esencialmente de la decisión marroquí de contener o dejar avanzar a quienes se concentran ante ella. La experiencia demuestra que la presión migratoria posee también una dimensión geopolítica. No significa afirmar que toda oleada migratoria sea organizada por un Estado ni que lo sucedido en Ceuta constituya una repetición de la Marcha Verde. Sería una conclusión que exigiría pruebas. Pero sí obliga a recordar que los movimientos humanos pueden convertirse, deliberadamente o no, en instrumentos de presión. Una frontera vulnerable transmite información. Quien observa desde fuera aprende dónde se encuentran los puntos débiles, cuánto tarda en reaccionar la Administración y hasta qué punto el país afectado depende de terceros para recuperar el control.
Existe, además, una dimensión europea que no debería minusvalorarse. El propio Ministerio del Interior ha hablado expresamente de evitar la vulneración de las fronteras españolas y de la Unión Europea, y la crisis fue objeto de una reunión extraordinaria de ministros de Interior comunitarios. Ceuta es española, pero la presión que soporta afecta también a Europa. Cuando una frontera exterior se debilita, la consecuencia política rebasa al Estado directamente afectado. El principio fundamental es la disuasión. Una frontera funciona no sólo porque existan vallas, policías, cámaras o patrulleras, sino porque quien pretende vulnerarla sabe que el intento difícilmente prosperará. Cuando ese principio se rompe, el precedente puede resultar más peligroso que el episodio concreto. La noticia de que decenas de miles de personas consiguieron entrar en pocas horas circula con una rapidez infinitamente mayor que cualquier rectificación administrativa posterior.
Por eso la reflexión sobre Ceuta debería alejarse, al menos por un momento, de la habitual disputa entre partidos. El problema no consiste en determinar quién obtiene ventaja electoral de una crisis, sino en exigir a cualquier Gobierno, sea cual sea su signo, que comprenda una obligación elemental: la soberanía no admite improvisaciones. Un Estado puede dialogar con sus vecinos, suscribir acuerdos y buscar soluciones humanitarias, pero no puede transmitir incertidumbre sobre su capacidad para controlar su propio territorio.
Ceuta deja por tanto, una advertencia que convendría escuchar. La frontera se defiende antes de hechos consumados, construyendo la certeza de que ponerla a prueba carece de sentido. España puede necesitar la cooperación de Marruecos, pero nunca debería necesitar su permiso tácito para que una frontera española siga funcionando como tal. Porque al final la pregunta decisiva no es cuántos entraron, ni siquiera por qué lo hicieron. Es quién decide, en último término, cuándo puede cruzarse una frontera española. Quizá quede en el aire muchas reflexiones y no menos sospechas…