Sr. Director:
De etnia bereber, Mónica nació el año 331, en Tagaste, norte de África, en una familia acomodada y de tradiciones cristianas. Aprendió con empeño las enseñanzas de la Sagrada Escritura; forjó su vida interior con la oración, los sacramentos y el servicio a la comunidad eclesial. Contrajo matrimonio con Patricio, pagano, hombre ambicioso, irascible e infiel. Mónica dulce, benévola y capaz del diálogo en los momentos oportunos, con su método, hecho de espera, paciencia y oración, como sugiere a las amigas que le confían sus problemas e incomprensiones con sus esposos, logró vencer las asperezas de su marido y conducirlo a la fe.
Esposa y madre. Cuando tenía 22 años dio a luz a su primogénito Agustín, al que siguieron Navigio y una hija cuyo nombre se desconoce. Mónica los educó en las virtudes cristianas. Quedó viuda a los 39 años y se encargó de administrar los bienes de la familia, dedicándose con amor desmedido a sus hijos. Madre solícita y atenta, su mayor preocupación fue Agustín “el hijo de sus lágrimas”, de corazón inquieto, ambicioso retórico que, en búsqueda de la verdad, se aleja de la fe católica y vega de una corriente de filosofía a otra, Mónica reza continuamente por él y sigue todas sus vicisitudes vitales, intentando estar cerca de él. Por ello se traslada a Cartago y luego a Italia, cuando su hijo docente de retórica, en la cumbre de su carrera, se va a vivir a Milán. Su afecto materno y sus oraciones acompañan la conversión de Agustín, que después de recibir el bautismo de mano de San Ambrosio, decidió volver a Tagaste para dar vida a una comunidad de siervos de Dios. Mónica está con él. Habrá que embarcarse en Ostia, para volver a África. Pero aquí la espera del barco los obliga a una estancia.
Éxtasis en Ostia y muerte. Se sucedieron días de intensos diálogos espirituales entre madre e hijo. A uno de estos se refiere Agustín, el denominado “éxtasis de Ostia” que Agustin narra en sus Confesiones (9,10,23-27): “Sucedió a lo que yo creo, disponiéndolo Tú, Señor, que nos hallásemos solos yo y ella apoyados sobre una ventana, desde se contemplaba un huerto o jardín que había dentro de la casa, allí en Ostia Tiberina, donde apartados de las turbas, después de las fatigas de un largo viaje, cogimos fuerzas para la navegación. Allí solos conversábamos dulcísimamente; olvidándonos del pasado y proyectándonos hacia el porvenir, inquirimos los dos delante de la verdad presente, que eres Tú, Dios mío, cuál sería la vida de los santos (…) Subíamos todavía más arriba pensando hablando y admirando tus obras; llegamos hasta nuestras almas y las pasamos también, a fin de llegar a la región de la abundancia y suspirando por ella, llegamos a tocarla un poco con todo ímpetu de nuestro corazón”. Mónica siente que ha alcanzado el culmen de su vida y le confiesa a su hijo: "Por lo que a mí toca, nada me deleita ya en esta vida: No sé qué haga en ella ni por qué estoy aquí. Una sola cosa había por la que deseaba detenerme un poco en esta vida y era verte cristiano católico antes de morir". Algunos días después Mónica enferma, muere a los 56 años de edad y su cuerpo es sepultado donde surge, en Ostia Antigua, la iglesia de Santa Aurea. Sus restos mortales se custodiaron durante siglos en Santa Aurea. Luego en la Basílica de San Agustín, de San Trifón. Y aquí se encuentran aún, colocados en un sarcófago de mármol verde, en la capilla decorada por Pietro Gagliardi, en el año 1885.