Sr. Director:
Aún nos duraba una imprecisa sensación por conocer que hace poco el Gobierno laborista británico de Keir Starmer anunció que prohibiría la cocción de todos los crustáceos vivos para evitar su padecimiento, cuando leemos que en el Ayuntamiento de la ciudad de Corpus Christi, en Texas (USA) se debate una moción para acabar con la muerte de animales. Al parecer, como su perrera municipal está desbordada por el alto número de animales abandonados que vagan por sus calles y se ven obligados a sacrificarlos por falta de espacio, se propone matar sólo a los peligrosos o con una enfermedad incurable, dejando vivos a los sanos o con enfermedad leve. Esta moción fue presentada por unos concejales que dicen ser la voz de estos «animales que necesitan esperanza, porque no tienen voz».
Si loable resulta la creciente sensibilidad con los animales que se va extendiendo por Occidente, sin embargo sorprende que en este mismo entorno, que se supone el más avanzado en muchos aspectos, vaya extendiéndose una pareja insensibilidad con las vidas humanas más inocentes y que también carecen de voz. Pero a diferencia de lo que sucede con los perritos abandonados a su suerte, alzar la voz por la vida de los seres humanos concebidos y aún no nacidos, implica ya soportar el falso relato de estar contra los derechos de la mujer. Y es que las vidas de los más indefensos seres humanos, valen menos que la de muchos animales; lo que sin duda constituye una grave enfermedad de un muy «sensible» Occidente que avanza despacito hacia su propia eutanasia.