Sr. Director:
Me refiero a la Santísima Virgen María, nuestra Madre en el orden espiritual.
De Ella confiesa la Iglesia: su Virginidad perpetua, su Maternidad divina, su Concepción Inmaculada, su Asunción en cuerpo y alma al cielo.
Y esperamos que, más pronto que tarde, el Papa proclame el llamado quinto dogma, es decir, su misión como Corredentora, Medianera y Abogada nuestra ante el único Redentor que es su Hijo Jesucristo, el Hijo eterno del eterno Padre, el único Salvador del mundo.
Hemos celebrado en agosto la solemnidad de la Asunción de la Virgen María, también la memoria litúrgica de María Reina, el 8 de septiembre la fiesta del Nacimiento de la Madre del Señor, también la fiesta de la Virgen de Guadalupe en España, y el 12 de diciembre en Hispanoamérica.
No hay mes a lo largo del año en que no celebremos alguna fiesta religiosa en honor de la Madre del Señor y Madre de la Iglesia.
Desde los pueblos más pequeños hasta las ciudades más grandes, los fieles católicos honramos a la Madre del Señor precisamente por ser la Madre del Hijo de Dios hecho hombre y nuestra Madre en el orden de la fe, de la caridad, de la esperanza y de la perfecta unión con Dios.
Y lo hacemos de dos formas: litúrgicamente participando en las celebraciones establecidas por la Iglesia, y más popularmente en la religiosidad o piedad del pueblo creyente: el Rosario, el canto de la Aurora, las peregrinaciones a santuarios marianos, las devociones en honor a María, el Escapulario, las Medallas, Novenas, Triduos, danzas y coplas y bailes en honor a Nuestra Señora, etc., etc.
Acerca de María, todo lo que se diga es poco. Así lo ha entendido la Iglesia a lo largo de los siglos y así lo ha percibido también el pueblo creyente, que contempla en María la imagen perfecta de mujer, virgen y madre, auxiliadora de los cristianos, Reina del cielo y de la tierra, Madre del Salvador y Madre de la Iglesia.
En el Oficio parvo de la Virgen María le decimos: “Gaude, Maria Virgo, cunctas haereses sola interemisti in universo mundo”. En castellano: “Alégrate, Virgen María, Tú que eres la única que has destruido todas las herejías del mundo”.
Donde se da verdadera devoción a María hay verdadera fe cristiana, una fe viva en la práctica del amor, hay caridad ardiente, hay sólida esperanza, hay crecimiento en todas las virtudes, hay verdadero amor a Dios y al prójimo.
La Iglesia está viva y actuante allí donde existe una sincera devoción a María, porque esa devoción nos lleva a amar a Dios sobre todas las cosas y amar también a todas las personas con verdadera caridad.
No temamos en amar a María; nunca la amaremos más que Jesús la amó. Sin embargo, hay un peligro: algunos devotos de la Virgen la quieren tanto que la colocan al mismo nivel de Dios, como si María fuese una “diosa”. Esto es un error. María es una criatura, la más perfecta de todas las criaturas, pero criatura al fin y al cabo.
Su grandeza está en su humildad: “Me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso se fijó en mi humildad”.
La constitución dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II dedica el capítulo octavo a hablar sobre María y lleva este título: “La Santísima Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia” (Cfr. L.G., núms. 52-68). Allí se nos advierte: “María ocupa, después de Cristo, el lugar más alto y a la vez el más próximo a nosotros”. También: “Todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen sobre nosotros no dimana de una necesidad ineludible, sino del divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo; se apoya en la mediación de éste, depende totalmente de ella y de la misma saca todo su poder.
Y, lejos de impedir la unión inmediata de los creyentes con Cristo, la fomenta: “La Virgen cooperó de forma enteramente impar en la obra del Salvador con su obediencia, su fe, su esperanza y su ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra Madre en el orden de la gracia”.
“Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad, hasta que sean introducidos en la patria bienaventurada. Por este motivo es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora. Lo cual, sin embargo, ha de entenderse de tal manera que no reste ni añada a la dignidad y eficacia de Cristo, el único Mediador”.
Hemos de recordar que la verdadera devoción no consiste ni en un sentimentalismo estéril y transitorio ni en una vana credulidad,sino que procede de la fe auténtica, que nos induce a reconocer la excelencia de la Madre de Dios, que nos impulsa a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes.
La Madre de Dios os precede con su luz como signo de esperanza cierta y de consuelo, hasta que llegue el día del Señor.
Bajo su amparo nos acogemos y le pedimos que interceda ante Dios por nosotros, por la Iglesia y por todo el mundo, tan necesitado de creer, amar y seguir a Jesucristo a fin de que Él lo sea todo para todos.
Santa Madre de Dios, ruega por nosotros y no nos desampares jamás.