El evangelio de San Juan, se inicia con un prólogo, genial y lleno de misterio. No como el inicio de los Evangelios de la Infancia de Mateo y Lucas, que relatan escenas históricas de la vida de Jesús en su contexto histórico, social y político. Juan en el prólogo a su evangelio nos lleva no solo al inicio de la historia humana al Génesis, en el principio Dios creo el cielo y la Tierra, nos lleva   a la eternidad de Dios, más allá de todo tiempo. De ella   procede el Logos, la Palabra, Jesucristo, de donde vino al mundo para hacerse carne. Et incarnatus est. La única respuesta a este misterio absoluto es la FE. Quien testimonia esta presencia de Jesucristo palabra de Dios en la historia es Juan, el Bautista, quien vino para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él, no era  la luz. La Palabra, Jesucristo era la luz verdadera que ilumina a todo hombre, ella la Palabra vino al mundo. Estaba en el mundo y el mundo se hizo por ella y el mundo no la reconoció, vi en propiedad y los suyos no la recibieron, pero a quienes la recibieron les dio poder para hacerse hijos de Dios.

La respuesta adecuada a la Navidad, llegada de la Palabra Divina que es Jesucristo Camino, Verdad y Vida, es la Fe. El testimonio del Bautista va a conducir a esta Fe. Quien encuentra esta Fe se convierte en hijo de Dios, y se muestra simultáneamente como hijo de Dios.  En última instancia de la llegada de Dios a los hombres y mujeres del siglo XXI no se puede hablar en el lenguaje objetivable del relato o narrativo, sino en forma de anuncio de la predicación a la cual corresponde la postura de la FE. Este es el gran problema de la Navidad en el siglo XXI donde todo se convierte en artificial desde las luces brillantes de las ciudades hasta la inteligencia.  El drama del hombre líquido y posmoderno de la incultura woke en su ceguera absoluta; le ofende hasta la palabra Navidad, porque prefieren sus propias noches y su odio revestidos de compases y escuadras masónicas. Ellos son sus propios ídolos que se convierten   como Antíoco IV cuando destruyó el templo de Jerusalén que pasó de querer ser epifanía a epimanía  (de luz a loco).