Sr. Director:
Aunque por la fe sobrenatural sabemos que Dios está siempre con nosotros es frecuente que a veces sintamos el peso de la soledad física; es algo que repetidamente se ofrece a la contemplación de extraños: el drama de la soledad.
La soledad es un verdadero drama, una realidad que palpamos a nuestro alrededor o que incluso puede embargarnos a nosotros mismos. La soledad no conoce edades, desafortunadamente: hemos leído noticias funestas de suicidios de jóvenes, edades mayores o ya en plena senectud provocados por el problema de la soledad. ¿Cómo se llega a esta solución tan aberrante y fatídica? ¿Cuál es grado de culpabilidad en este fenómeno?
Uno de los dramas o problemas latentes en la sociedad actual es el de “la soledad”. Sentirse solo es algo abrumador, pero no pocas veces a esta soledad se llega por descarte e igualmente no pocas veces a este descarte se llega por propia voluntad, aunque esto pueda parecer paradójico. A una situación tal no se llega de la noche a la mañana sino a lo largo de los años: cuando uno se encierra en sí mismo, cuando hay una falta de generosidad, de comprensión, de entrega a los demás; en resumen, cuando uno busca exclusivamente su propia comodidad es ir cerrando puerta tras puerta.
Puertas que luego en los años de madurez y senectud no tendremos ya posibilidad o capacidad para abrirlas. Existen no pocas causas, unas de índole personal y otras de índole familiar: cuando la familia se desestructura, puede que al principio parezca que fue la solución ideal, pero a medida que avanza el tiempo se comprende que fue el mayor error y desastre que se pudo cometer. Thomas Carlyle, filósofo e historiador escocés del siglo XIX, afirmaba que “la soledad exaspera o apaga el corazón y pervierte o debilita las aptitudes”.
Los jóvenes de hoy en día son muy propensos a aislarse junto a su móvil u ordenador y establecer así su mundo. Mundo que acaba por derrumbarse más temprano o más tarde y puede que entonces ya no encuentren salida honorable a un entorno social y se planteen la tragedia. El egoísmo, la falta de amor, la despreocupación e interés por quienes nos rodean son caminos que conducen, tarde o temprano, a la más irreversible soledad: ¿Falta de amor, de generosidad, de fe? Comenzaba hablando de Dios y considero necesario terminar hablando también de Él: si desde joven se vive un trato más o menos asiduo con Dios, el mismo Dios nos llevará por caminos poblados de otras personas con las que intercambiar experiencias generosas y positivas de vida.