Sr. Director:
Algunos historiadores amantes de la desmitologización de los hechos, porque para ellos no existen sino interpretaciones basadas en el materialismo histórico, osan negar los acontecimientos que dieron lugar a que grupos de personas sencillas unidas en defensa de sus tierras ocupadas por invasores violentos, iniciaron la Reconquista, que se produjo en Asturias. Los asturianos ocupan cierto espacio de terreno en la parte más montañosa de aquella Región. Habían elegido como Caudillo a un noble visigodo llamado Pelayo, que en un principio se mantuvo a la defensiva, hasta que fue acorralado por un ejército moro muy superior, con el que venía según una tradición venerable el obispo traidor Don Opas.
Pelayo determinó dar la batalla invocando a Dios. Esta batalla no fue ni una escaramuza ni una batalla grandiosa. Pelayo se refugió con su gente en lugares estratégicos junto a Covadonga, situada al lado de una altísima montaña, era el año 718 de la Era Cristiana: allí se produjo el encuentro bélico: frente al más numeroso destacamento moro, el cristiano menos numeroso, pero mejor situado para la improvisación y el ataque directo. Los moros que no esperaban aquella manifestación de poder, porque sus flechas y disparos se volvían contra ellos, estimaron que alguna fuerza superior actuaba contra ellos, además de la fuerte tormenta que se desencadenó, que convirtió en torrente, el valle, por lo que el ejército moro se retiró en desorden.
La memoria de ese éxito bélico, no tan exagerado como cuentan las crónicas, sí es narrado por las crónicas cristianas y moras (prueba de su realidad) pero con diferente interpretación. La realidad es que, a partir de esta victoria cristiana de Covadonga, fue la primera señal de la reacción cristiana y la voluntad de recobrar, España: allí se alza hoy en ese lugar sagrado una hermosa basílica, donde se venera a la Santina de Covadonga, María Santísima.
Gracias a esta victoria, un hecho, no una interrupción mítica, el núcleo español de Asturias pudo asegurarse y ensancharse con los sucesores de Pelayo, sobre todo con Alfonso I. Antes de acabar el siglo VIII, se llegó a situar su capital en Oviedo, plaza inmejorablemente para la defensa. Hoy Covadonga es un centro de peregrinación mundial, y de encuentros juveniles llegados de toda Europa, como la intuyó Jovellanos en su famoso Elogio al gran arquitecto Ventura Rodríguez.