Como siempre ocurre en el especulativo mundo de las finanzas, el capital-riesgo comenzó siendo una buena idea y acabó pervirtiéndose, al menos por dos vías.
En su origen, un fondo de capital-riesgo era aquel que ayudaba a un emprendedor a sacar adelante su empresa, siempre sin llegar al 50% del capital. Luego, cuando el emprendimiento se consolidaba, el fondo de capital-riesgo vendía su participación al emrpesario-gestor y se marchaba a ayudar a otro emprendedor. Dicho así, era el mejor banco de empresas posible al mejor tipo de interés.
La cosa se truncó pronto, porque el capital-riesgo decidió, miren por dónde, que sabía más de la empresa que el empresario y pasó a hacerse con la mayoría... con la misma idea perversa de dar el pelotazo pero, además, desestabilizando la compañía y cobrando la prima de control.
También, porque, si alguien le ofrecía un buen precio, el fondo vendía antes de que la empresa hubiera logrado rentabilidad y llegaba un tercero que no sentía el menor aprecio, ni por el ideario ni por la permanencia de la compañía.
Pero ahora hemos dado un pasó más: el capital-riesgo decide que, como no tiene compradores, se da el pelotazo a sí mismo: la gestora de un fondo vende su participación empresarial o a otro fondo de su propiedad. Se crea así una rueda especulativa y, volvemos al empresario... que le vayan dando por donde amargan los pepinos y se rompen los cestos.
A lo mejor estamos frente a una nueva 'subprime', que lo mismo ocurrió cuando las hipotecas personales se titulizaron y se llevaron a la bolsa.
Al parecer, olvidan nuestros queridos fondos de 'private equity' que el dinero con el que compran y venden no es suyo, es de los partícipes y que, ojo, los mercados constituyen un juego de suma cero donde lo que alguien gana alguien lo pierde.
El que crea riqueza y puestos de trabajo es el empresario, no el capital-riesgo.