Mañana, 18 de febrero, de Miércoles de Ceniza, inicio de la Cuaresma católica. Aconsejaba yo, gran teólogo, volver al ayuno porque con el ayuno, todo cambia. Por ejemplo, dejaremos de ser tan blanditos y si no ayunas por tener buena figura, sino por corredimir, por colaborar con Cristo, estarás haciendo lo mejor que un hombre de hoy puede hacer para salvar este mundo en declive. 

Eso sí: recuerden la paradoja: si bien el ayuno católico no puede dañar la salud tampoco hay que olvidar que no hay mística sin ascesis. La religión cristiana no ha sino hecha para pusilánimes sino para legionarios en perpetua batalla consigo mismos.

Por otra parte, con el ayuno ocurre algo similar a lo que ocurre con el mal entendimiento de la violencia en nuestro mundo. Ayunar no deja de ser una forma pacífica de martirio y recuerden y valoren que el mártir cristiano muere, por contra, el yihadista musulmán mata, aunque muera matando. No tienen nada que ver. 

Y esto conviene recordarlo hoy, de modo muy particular, porque vivimos en tiempos de martirio.  

 

¡Ayunar en cuaresma!, empezando con el Miércoles de Ceniza, uno de los dos únicos días del año que la Iglesia decreta ayuno, que no deja de ser abstenerse de carne y desayunar y cenar algo menos de lo normal, sólo eso. Pero oiga, incluso podemos avanzar -motu proprio- un pelín más.

Y lo más importante es el motivo: un ayuno que no dañe la salud pero que al mismo tiempo pueda ofrecérsele a Él como sacrificio. Y cuando ayunemos, insisto, todo cambiará... hasta nuestra tripa oronda.