Un hombre entra armado con arma larga y arma corta, más unos cuantos objetos cortantes en la cena de corresponsales en Casa Blanca, celebrada el sábado en un hotel de Washington. 

 

 

Se trata de un maestro de primaria (me encantaría conocer a sus alumnos) dispuesto a cargarse a Donald Trump.

 

Es un loco, dijo el propio presidente. Pues no sé si estoy de acuerdo, señor Trump. Sí, puede que esté loco pero tendemos a confundir: no es el loco el que se convierte en malo, es el malo el que acaba loco. el primer asesinato puede causar remordimiento, que es síntoma inequívoco de buena salud mental, pero el decimoquinto... ¡anda ya! Nuestro asesino en serie, nuestro etarra, asumirá sin despeinarse que sus homicidios estaban cargados de razón y justificación. Que no, que hay chiflados que son muy buena gente.

Por cierto, ¿cuántos han incurrido en delito de odio al callarse que no les hubiera importado mucho que nuestro buen maestro californiano hubiese logrado acabar con el pérfido Donald Trump? Hasta Pedro Sánchez se ha puesto muy serio y ha recordado que la violencia nunca es el camino.. Y esto es muy hermoso...