Sr. Director:
Y tú,
con media sonrisa torcida,
mirando de reojo la terraza del bar llena,
respondes:
—Pues sí… vamos tirando.
—Oye, ¿es verdad que tuvisteis un accidente de tren
con cuarenta y seis muertos
y que no ha dimitido nadie del gobierno?
—Pues sí… vamos tirando.
—Oye, ¿es verdad que tuvisteis un apagón
y que no ha dimitido nadie?
—Pues sí… vamos tirando.
—Oye, ¿es verdad que quieren regularizar
a un millón de inmigrantes
que están ilegalmente aquí?
—Pues sí… vamos tirando.
—Oye, ¿es verdad que parte del entorno del presidente
está investigada por corrupción?
—Pues sí… vamos tirando.
—Oye, ¿es verdad que el gobierno se aleja más cada día
del mundo que dice defender
y se acerca a quienes lo niegan?
—Pues sí… vamos tirando.
—Oye, ¿es verdad que se jactan
de batir récords de recaudación de impuestos,
mientras los servicios esenciales
van cada vez peor,
las carreteras están de pena,
las presas y embalses
necesitan mantenimiento que no llega,
los cauces fluviales y los montes
se abandonan a su suerte,
y luego llegan las lluvias torrenciales,
las inundaciones,
los daños humanos,
la destrucción de cultivos y negocios…
y un largo etcétera?
—Pues sí… vamos tirando.
—Oye, ¿es verdad que mientras tanto
el dinero público se disuelve
en propaganda,
en autobombo constante,
en gastos opacos,
en privilegios sin explicación…
y que hubo un tiempo
en que se ordenó silencio,
encierro, distancia, obediencia,
mientras, en algún lugar,
tras puertas cerradas,
la noche seguía su curso,
las mesas se llenaban,
las copas no dejaban de alzarse,
y la norma —tan severa para todos—
se volvía blanda,
maleable,
para unos pocos?
—Pues sí… vamos tirando.
—Oye, ¿es verdad que al calor de la urgencia
surgieron negocios,
contratos apresurados,
beneficios rápidos,
y que hoy algunos nombres
desfilan por juzgados
mientras otros guardan silencio?
—Pues sí… vamos tirando.
—Oye, ¿es verdad que a los jóvenes
cada vez les cuesta más independizarse,
que no hay vivienda,
que los sueldos no alcanzan?
—Pues sí… vamos tirando.
—Oye, ¿es verdad que la pobreza infantil
supera ya a la de países
que antes mirábamos por encima del hombro?
—Pues sí… vamos tirando.
—Oye, ¿es verdad que cada vez pagáis más impuestos
pero los servicios no mejoran?
—Pues sí… vamos tirando.
—Oye, ¿es verdad que aumentan las agresiones,
que crece la inseguridad?
—Pues sí… vamos tirando.
—Oye, ¿es verdad que las listas de espera
en la sanidad pública
siguen alargándose sin remedio?
—Pues sí… vamos tirando.
—Oye, ¿es verdad que muchos jóvenes cualificados
se marchan del país?
—Pues sí… vamos tirando.
—Oye, ¿es verdad que cada vez es más difícil
montar un negocio
por la maraña burocrática?
—Pues sí… vamos tirando.
—Oye, ¿es verdad que el gobierno coloca a los suyos
en las instituciones públicas?
—Pues sí… vamos tirando.
—Oye, ¿es verdad que España lleva años
sin presupuestos dignos de tal nombre,
como un barco a la deriva,
mientras el dinero público
se gasta a manos llenas,
sin control,
sin rendir cuentas,
sin supervisión real?
—Pues sí… vamos tirando.
Y todo eso lo dices
sin alterar el pulso,
mientras a tu alrededor
la terraza del bar llena
zumba de conversaciones,
de vasos que chocan,
de risas que tapan el ruido de fondo.
Porque aquí,
la realidad no se discute:
se asume,
se esquiva,
se convierte en costumbre.
«Amanece,
que no es poco».
Y con eso basta.
La terraza del bar sigue llena,
como si nada,
como si todo fuera normal,
como si la vida consistiera
en no mirar demasiado lejos.
Y lo importante,
lo verdaderamente urgente,
lo que despierta pasiones sinceras,
es si gana el “Madrí”,
el “Atleti”,
o el FC Barcelona.
El resto…
el resto molesta.
El resto incomoda.
El resto se aparta
con una frase breve,
contundente,
definitiva:
—¡Quita, quita… no me caldees la cabeza!
Aquí nunca pasa nada.
Y al final,
la vida sigue.
La gente se va,
otros vienen,
nadie responde,
nadie paga,
nadie recuerda demasiado tiempo.
Y así,
entre goles, cañas
y silencios bien aprendidos,
todo continúa,
como en la vieja canción de Julio Iglesias:
La vida sigue igual.
Igual…
aunque todo se degrade.
Igual…
aunque todo se descomponga.
Igual…
porque lo único que no cambia
es la forma
de no querer verlo.
Ceguera.
Cobardía.
Costumbre de mirar hacia otro lado.
Porque, como advirtió Ayn Rand,
uno puede evadirse de la realidad,
negarla,
disfrazarla,
ignorarla…
pero no puede,
nunca puede,
evadirse de las consecuencias
de esa evasión.
Y esas consecuencias
llegan.
Lentas,
persistentes,
implacables.
Aunque la terraza del bar esté llena.
Aunque el gol se celebre.
Aunque nadie quiera escucharlo.
Aunque, una vez más,
amanezca…
y parezca
que no pasa nada.