Una joven de 18 años, Marina, que fue adoptada desde niña, viaja a Galicia desde Barcelona para conocer a sus abuelos y a sus tíos e indagar sobre su desaparecido padre, fallecido por Sida. Tercera película de la excelente directora Carla Simón que podría ser perfectamente una continuación de su primera película, Verano 1993, desde el momento que vuelve a centrarse en el origen familiar, ahora de la familia paterna de una joven.
Con la autenticidad que caracteriza las película de esta directora, se trata de un drama que recalca la importancia de cualquier ser humano por conocer sus orígenes biológicos, más aún cuando se ha criado en un hogar diferente. No obstante, como ha sido habitual en su filmografía, de nuevo se adentra en la complejidad de la condición humana. Paso a paso, el espectador, al mismo tiempo que la joven protagonista, va desentrañando una tela de araña que recuerda que toda una generación de gallegos murió, en las décadas de los años 80 y 90, debido a la adicción a las drogas y al Sida. Pero quizás lo que resulte más doloroso es el silencio que reinó en muchos hogares sobre ese tema por no dar lugar a comentarios en una sociedad cerrada, pequeña, basada en las apariencias.
La joven Llúcia Garcia hace un gran trabajo encarnando a la joven Marina y a su madre, puesto que la película está inserta de flashbacks donde contemplamos el pasado.
Carla Simón firma su película más cruda, donde no evita imágenes de esos jóvenes administrándose drogas en vena, y filma perfectamente el estado en el que se quedan tras su efecto… Tampoco se corta, en esta ocasión, en filmar escenas explícitas de sexo. ¿Era necesario?
Para: Los que sigan la trayectoria de esta directora y les guste el cine realista que realiza.