Admiro a los franceses porque aman su literatura y, cuando la adaptan al cine, saben respetar el texto clásico que trasladan. Lo hemos visto recientemente con la trilogía de Los tres mosqueteros de Martin Bourboulon y ahora también se aprecia con este acercamiento al origen de Los Miserables, del gran Víctor Hugo, o, si lo prefieren, cómo Jean Valjean se convirtió en un benefactor de los desfavorecidos. Y el director Éric Besnard, responsable de películas tan recomendables como Delicioso o La Primera Escuela, lo ha hecho trasladando las 150 páginas de la novela Los Miserables combinándolas con elementos de una pequeña novela homónima del propio Hugo, titulada Claude Gueux e inspirada en un hecho real.

En la Francia de 1825, y tras pasar 19 años en la cárcel, Jean Valjean queda en libertad, pero por los pueblos donde pasa no siente más que rechazo y desprecio. Al final encuentra refugio en la casa del obispo Myriel, que vive con su hermana y su sirvienta.

La bondad de este clérigo asombra a Valjean, que se encontrará en la encrucijada de dejar que el odio que le invade no tenga vuelta o la posibilidad de redención que le ofrece.

A pesar de que el director ha afirmado que se ha tomado algunas libertades narrativas, el film es coherente y fiel al argumento de la novela original: la lucha interna de un hombre entre el bien y el mal, cuando la sociedad le ha castigado y envilecido sin merecerlo. Y, lógicamente, la importancia que tendrá en su elección de convertirse en un malvado o un hombre justo tras haber tenido cerca la mejor de las oportunidades: un hombre bueno que le tiende la mano y le da la oportunidad de no seguir viviendo como un hombre miserable. Porque la obra original lleva implícita una crítica a la injusticia humana capaz de encerrar a un hambriento por robar un pan. 

Con una puesta muy adecuada, cuyo desarrollo transcurre en invierno, lo que provoca que todo sea más frío, el trío de actores formado por Grégory Gadebois, Bernard Campan y una irreconocible Alexandra Lamy, que interpreta a la desconfiada criada, hacen un trabajo fantástico en una película que contiene muchos diálogos con “enjundia” más cercanos al teatro que al cine cuando el sacerdote y el condenado Valjean hablan.

Los miserables. El origen no es una superproducción sino una película de autor que asombra por la seriedad de su argumento y los debates y virajes que han hecho en su existencia tanto Valjean como el obispo Myriel. Quizás lo único que descuadra el conjunto de este film serio es que el giro personal que el obispo ha hecho, de un religioso acaudalado a un cura pobre de pueblo, se deba a una conversación que tuvo con un ermitaño que lanza un mensaje algo simplón y panteísta pero que le cambia la vida al prelado.

Para: los que les guste la profunda obra de Víctor Hugo