Para que los sindicatos de clase, CCOO y UGT, sean popularmente (redes sociales) calificados como 'los comegambas', ha sido más que suficiente una corriente de antipatía contra unos dirigentes sindicales que han dejado de proteger a un proletariado que en buena parte ha dejado de existir y que sobreviven, no gracias a las cuotas de sus afiliados, sino gracias al erario público que alimentan todos los españoles.

Y ahora no lo decimos nosotros, sino Funcas, que asegura que el nivel de afiliación sindical en España se ha reducido de forma paulatina desde comienzos de la década de 2000, desde cerca del 15% de los asalariados, un nivel ya relativamente bajo, al 12%-13% actual. Son datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) sobre la tasa de afiliación sindical -medida como el porcentaje de los asalariados que están afiliados a un sindicato- que analiza el último Focus on Spanish Society, publicación editada por Funcas.

Además, en España "los sindicatos mantienen una presencia relativamente más sólida entre los trabajadores con trayectorias estables, pero afrontan mayores dificultades para integrar a los nuevos entrantes al mercado de trabajo y a quienes ocupan posiciones más vulnerables. Este patrón supone un desafío para la sostenibilidad de la representación sindical a medio plazo. La baja afiliación en esos segmentos limita la renovación generacional de las organizaciones y puede contribuir al progresivo envejecimiento de su base social". 

Para entendernos, quizás hace unos años los sindicatos representaban a alguien, ahora cabe preguntarse: sindicatos de clase... ¿de qué clase? CCOO y UGT ya no defienden los derechos de los trabajadores: se han convertido en delegaciones privadas financiadas con dinero público. Una vida fácil, a cambio de servirle de coartada al Gobierno, y ojo que en Moncloa lo hacen muy bien. Recordemos a Nicolás Redondo que decía que él no quería dinero, sino micrófono. Sánchez no solo les da dinero, sino todos los micrófonos que pidan. Al tiempo, critica a los empresarios. La tormenta perfecta para contentarles, y funciona: ni una huelga general a sus espaldas. 

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