Lo cuenta tan bien como siempre Economist&Jurist, una página espléndida de la que lo único que no me gusta es su denominación inglesa: ¿por qué?
Informa de un fallo de la Sala de lo Civil del Tribunal Supremo, que ha decidido que los pagarés de empresa no son productos financieros complejos, por lo que el suscriptor no puede echar la culpa al banco que se lo ha tramitado.
El fallo recuerda, también, que la obligación de información de los bancos debe ser más extensa cuanto más complejo sea el producto que está vendiendo pero que, palabra que no lo dice así el Supremo, resulta que tampoco hay que ser Albert Einstein para entender las consecuencias de suscribir un pagaré de empresa, que tampoco es una inversión abstrusa.
Entendámoslo: venimos de una historia reciente donde productos como las hipotecas en divisas o las participaciones preferentes, donde a tantos bancos se les olvidó recordarle que podían no cobrar intereses o sencillamente perderlo todo -eso formaba parte del riesgo asumido-. Y en esos casos estaba bien golpear duro a las entidades pero en otros no: de vez en cuando, el responsable de la pérdida no es el banco, es el suscriptor.
El Supremo no exime de responsabilidad a las entidades, sólo gradúa su obligación de información, sus advertencias... dependiendo del riesgo del producto que está vendiendo.
Lo que no vale es esto: Si mi inversión sale bien, he triunfado yo; si mi inversión sale mal, el banco ha fracasado y me debe indemnizar.
Y lo que el Tribunal Supremo dictamina es esto otro: seamos más responsables: no siempre el banco tiene la culpa.
Sí, es la clásica sentencia que puede retorcerse y volver al abuso, pero también es una sentencia justa, porque en la teoría del péndulo estábamos en un extremo, en el de que los banqueros siempre son culpables. En parte, un extremo justificado, pero sólo en parte.
Y todo esto nos lleva a que, efectivamente, el sector bancario ha mejorado algo su imagen, que hasta el covid fue deleznable. Con el Covid la cosa mejoró. Y esto es bello e instructivo, porque fue a partir del Covid, con el trato despersonalizado que impuso la pandemia, cuando el servicio bancario, sobre todo a la tercera edad, cayó en picado. Colas en las sucursales y reducción hasta el hueso de todo el personal no dedicado a actividad propia de asesoramiento y banca personal.
En resumen, dedicar al personal en actividades más lucrativas para la entidad. Al viejecito o al cliente que sólo utiliza la banca como medio de pago -y esta es la labor social más importante de los bancos- que le vayan dando: le atenderemos martes y miércoles de 10,30 a 11,00.
Pero el Supremo tiene razón.