Raúl, ¿se presenta a nuestros lectores, por favor?

"Soy Raúl Viñas Abadía, analista de geopolítica en Afi, y me dedico a estudiar cómo los cambios en el entorno internacional acaban afectando a la economía, a los mercados y a las decisiones de empresas e instituciones. Mi trabajo consiste, sobre todo, en separar el titular de la tendencia, identificar los canales de transmisión reales del riesgo, detectar las variables críticas para proyectar los escenarios geopolíticos más plausibles y traducir un escenario complejo en implicaciones operativas, financieras y estratégicas…”.

… Nada más y nada menos, añado yo, y deduzco que Raúl Viñas se está moviendo como pez en el agua, en medio de una situación de alto voltaje energético, económico, financiero y geopolítico que ha originado la guerra de Irán de la que se van a cumplir dos meses.

Asegura nuestro invitado de este domingo que no estamos ante un mundo sin lógica, sino ante un mundo donde el orden ya no es estable, universal ni liderado de forma clara por una sola potencia, que Washington entró (en Irán) pensando en una operación rápida y limitada, y se encontró con algo mucho más incómodo, “no dudaría en afirmar que se trató de un error de cálculo…”, dice, y que la geopolítica ya no opera al margen de la macro, sino a través de ella. “Afecta a inflación, tipos, primas de riesgo, comercio, divisas, inversión pública, gasto en defensa y regulación industrial”, incluso, “la geopolítica ha entrado ya en el corazón de la supervisión financiera”.

A los inversores les dice que no confundan resiliencia de mercado con ausencia de riesgo; a los empresarios, que no gestionen la geopolítica solo cuando ya ha estallado el problema; y a los políticos, que dejen de pensar la seguridad como un lujo presupuestario.

Así que, sin más demora, comenzamos.

-¿Nos hace un diagnóstico de la situación?

Estamos en una fase de transición entre un orden internacional que ya ha dejado de funcionar y otro que todavía no ha terminado de consolidarse. No nos dirigimos al caos, pero hacia sí un sistema más fragmentado, con más actores con capacidad y voluntad de usar coerción militar, tecnológica, energética o comercial para ganar influencia. En ese contexto, la volatilidad no es una anomalía, sino una característica estructural, y eso obliga a leer cada crisis no como un episodio aislado, sino como parte de una competición más amplia por poder, seguridad y control de cadenas críticas.

-Pódcast de la fundación Afi denominado ‘Sin orden ni concierto’. ¿Es una buena definición de lo que está ocurriendo, o bien todo tiene un orden y un concierto?

Es una buena definición si se entiende bien. No estamos ante un mundo sin lógica, sino ante un mundo donde el orden ya no es estable, universal ni liderado de forma clara por una sola potencia. Hay concierto, pero es más áspero, más competitivo y menos previsible que hace quince o veinte años. Lo que ha cambiado no es que hayan desaparecido las reglas, sino que hoy hay más actores dispuestos a reinterpretarlas, saltárselas o usarlas selectivamente en función de sus intereses. El mes pasado lanzábamos otro pódcast llamado “Geopolítica sin Guion” que recoge muy acertadamente esta idea: existe cierta lógica comprensible en la tendencia geopolítica actual, pero hemos perdido la certeza de un guion que todas las potencias están comprometidas a seguir.

El daño energético no termina cuando callan los misiles, sino cuando se reconstruye la confianza en que el suministro volverá a ser estable, y eso suele tardar bastante

-Usted dice en un último artículo: “No todo episodio geopolítico hunde las bolsas, pero sí puede encarecer la cobertura, alterar precios relativos y cambiar la asignación sectorial”. Es decir… ¿qué?

Quiere decir que el impacto geopolítico no siempre llega por la vía más visible, que sería una caída brusca de los índices. A menudo llega por canales más silenciosos, pero más persistentes, como primas de seguro más altas, costes logísticos mayores, energía más cara, más gasto en defensa, más protección regulatoria o mejor comportamiento relativo de unos sectores frente a otros. El mercado puede aguantar, e incluso subir, y al mismo tiempo estar reordenando ganadores y perdedores. Eso es exactamente lo que hemos visto estas semanas, con episodios de tensión en Oriente Próximo que han movido con fuerza el petróleo y el apetito sectorial sin provocar necesariamente un desplome sostenido de la renta variable que vuelve a alcanzar máximos históricos.

-¿Se puede filtrar el ruido geopolítico? 

Sí, pero exige método. Yo suelo distinguir entre ruido, que es el titular que impresiona pero no cambia el marco, y señal, que es aquello que altera rutas, precios, alianzas, regulación o comportamiento inversor. Para filtrar bien hay que hacerse tres preguntas muy simples: qué canal económico activa, cuánto puede durar y si cambia o no el comportamiento de los actores principales. Cuando una crisis no tiene un impacto relevante en ninguna de esas tres cosas, probablemente estamos ante ruido; cuando afecta a dos o tres a la vez, conviene tomarla muy en serio.

-Para entender lo que está ocurriendo, sería bueno conocer cuáles son sus causas, cómo se origina y si estamos, quizá, ante un error de cálculo.

Washington entró pensando en una operación rápida y limitada, y se encontró con algo mucho más incómodo. La guerra se ensanchó regionalmente, sin una salida política clara y con costes energéticos, militares y de imagen crecientes. Es decir, el tipo de dinámica que en Estados Unidos activa de inmediato el fantasma de Vietnam, la superioridad militar sin una salida estratégica limpia. Irán, sin poder igualar a EE. UU. en fuerza convencional, sí logró arrastrarlo hacia ese terreno de desgaste y obligarlo a buscar una rampa de salida antes de poder presentar una victoria nítida; de ahí los esfuerzos diplomáticos y la disposición de Trump a parar incluso sin haber reabierto del todo Ormuz. Yo no dudaría en afirmar que se trató de un error de cálculo por parte de EEUU.

Yo suelo distinguir entre ruido, que es el titular que impresiona pero no cambia el marco, y señal, que es aquello que altera rutas, precios, alianzas, regulación o comportamiento inversor

-¿Hablamos de un conflicto militar, económico o político o quizá todo en uno?

La respuesta sencilla sería afirmar que se trata de “todo en uno”, porque ese es precisamente uno de los rasgos del entorno actual: los conflictos ya no se quedan en el frente, sino que viajan por los precios de la energía, por las cadenas de suministro, por el coste del capital, por la ciberseguridad y por la narrativa política. Por eso es un error analizar estos episodios solo con categorías clásicas de guerra o paz. Sin embargo, por mojarnos un poco más, me atrevería a afirmar que empezó siendo un conflicto militar (tanto en los medios como en sus objetivos), posteriormente pasó a ser un conflicto económico (con el inesperado bloqueo de Ormuz, que fue cuando EEUU empezó a perder el control del desarrollo del conflicto) y ahora mismo se trata de un conflicto eminentemente político (con la proyección de fuerza y la lucha narrativa en el centro de las negociaciones diplomáticas).

-Cuando preparábamos la entrevista, me hablaba de las características de las negociaciones y de las posibles “rampas de salida”. ¿Dónde está ese ‘punto óptimo’ para salir de estas arenas movedizas?

El punto óptimo no es la victoria total de nadie, porque eso hoy parece irrealista, sino una desescalada que cada parte pueda vender internamente como una victoria suficiente y evitar un coste mayor. Eso suele requerir tres cosas: una fórmula de alto el fuego verificable, garantías mínimas sobre seguridad y navegación, y algún mecanismo indirecto para volver a discutir el expediente nuclear y las líneas rojas regionales. El problema es que cuanto más se alarga una crisis, más difícil resulta construir una salida digna para todos. Por eso los mercados reaccionan tan rápido a cualquier noticia sobre el estrecho de Ormuz o sobre una posible reanudación de contactos.

-Pero el fin del conflicto no significa fin del impacto energético, ¿verdad?

Exacto. Aunque cese la fase más aguda, queda la memoria del shock. Eso significa primas de riesgo más altas, mayor coste de transporte y seguro marítimo, inventarios más prudentes, más vigilancia sobre cuellos de botella y una mayor sensibilidad del mercado a cualquier incidente posterior. El daño energético no termina cuando callan los misiles, sino cuando se reconstruye la confianza en que el suministro volverá a ser estable, y eso suele tardar bastante más. Además, no debemos olvidar que de la interrupción del flujo, también se ha destruido capacidad productivo a través del ataque a infraestructuras y pozos de extracción, dificultando todavía más la normalización del entorno.  

Los conflictos ya no se quedan en el frente, sino que viajan por los precios de la energía, por las cadenas de suministro, por el coste del capital, por la ciberseguridad y por la narrativa política

-¿Cómo debemos interpretar lo que está ocurriendo en el cambio de orden global? ¿Cuál es el nuevo papel de EEUU y otras potencias?

Lo que vemos es un paso desde una globalización relativamente ordenada hacia una competencia estratégica más abierta caracterizada por una multipolaridad inestable. Estados Unidos sigue siendo la potencia central, pero actúa de manera más selectiva, más transaccional y con mayor tolerancia a que sus socios asuman más costes. China avanza como potencia revisora, menos interesada en una ruptura frontal inmediata que en desplazar equilibrios gradualmente a su favor. Y en medio aparecen potencias regionales y medias que ya no quieren ser meros espectadores, sino jugadores con agenda propia y capacidad para inestabilizar el orden global.

 

-¿Está Europa condenada a la irrelevancia geopolítica o está diseñando otra forma de proyectar su poder? ¿Está jugando bien sus cartas?

Europa no está condenada a la irrelevancia, pero sí está obligada a demostrar que su peso económico puede convertirse en capacidad estratégica. Su poder no se parece al de EEUU ni al de China, porque Europa proyecta influencia sobre todo mediante regulación, mercado, financiación, industria y ahora, cada vez más, defensa. El problema no es la falta de recursos, sino la lentitud para agregarlos y priorizarlos. Aun así, en los últimos meses la UE ha dado pasos relevantes para reforzar su base industrial de defensa y flexibilizar la inversión en ese ámbito, lo que apunta a una Europa menos ingenua y más consciente de que la seguridad también es política industrial. Es probable que la UE siga perdiendo en los titulares, pero parece proteger consistentemente sus intereses y objetivos a largo plazo, jugando de forma más inteligente, pero menos vistosa.

-¿Y… China?

China es probablemente el actor más paciente de este tablero. No necesita abrir una crisis total cada semana porque le basta, muchas veces, con erosionar posiciones rivales de manera gradual, combinando presión diplomática, coerción económica, músculo tecnológico y demostraciones militares calibradas. Su objetivo no es solo Taiwan, sino modificar la distribución del poder en Asia y ampliar su capacidad de condicionar decisiones de terceros. China ha jugado siempre al largo plazo, y por ahora busca consolidar su influencia y seguir asentando su hegemonía.

Europa no está condenada a la irrelevancia, pero sí está obligada a demostrar que su peso económico puede convertirse en capacidad estratégica

-Parece que nos hemos ‘olvidado’, entiéndame, de la guerra de Ucrania pero sigue estando ahí. ¿La estamos normalizando? 

Sí, en parte la estamos normalizando, y eso es peligroso. La normalización social o mediática no significa estabilización estratégica. Ucrania sigue siendo un conflicto central porque marca la credibilidad de Europa, la resistencia del orden territorial y la forma en que Rusia entiende el uso de la fuerza. De hecho, la UE sigue moviendo recursos muy significativos para sostener a Kiev, con un marco de apoyo de 90.000 millones de euros para 2026 y 2027, lo que demuestra que, aunque haya menos atención pública, el conflicto sigue plenamente activo en la agenda estratégica europea. Además, es un conflicto que sigue afectado de forma crítica a la política europea, como vemos en las recientes elecciones de Hungría y de Bulgaria.

-Después de Venezuela, Groenlandia e Irán. ¿Cuáles son los focos de inestabilidad geopolítica?

Yo vigilaría cinco espacios. El primero es el eje Taiwan-mar de China meridional, porque, aunque actualmente no existan señales de una inestabilización inmediata, sí esperamos que el foco se caliente tras las elecciones de Taiwán a inicios de 2028 y podría tener impactos muy superiores a la actual guerra de Irán. El segundo es el arco que va del mar Rojo al golfo Pérsico, por su capacidad de contaminar energía, transporte y seguros. El tercero es el frente oriental europeo, donde Ucrania sigue siendo el centro de gravedad de la política y el futuro de las relaciones entre la UE y Rusia. El cuarto es el Sahel y parte de África occidental, donde la fragilidad estatal, la competencia externa y la seguridad de materias primas van a seguir generando sobresaltos cada vez más relevantes, aunque tendamos a invisibilizar esa geografía desde el Norte Global. Y el quinto es el Ártico, donde el evento con Groenlandia simboliza muy bien que recursos, infraestructuras y soberanía del Polo Norte serán críticos en el futuro próximo.

China es probablemente el actor más paciente de este tablero. Su objetivo no es solo Taiwan, sino modificar la distribución del poder en Asia y ampliar su capacidad de condicionar decisiones de terceros

-Por cierto, y hablando de Groenlandia, ¿en qué punto estamos?

Hoy el punto central no es una anexión, que me parece un escenario extremadamente improbable, sino una aceleración del debate sobre soberanía, ritmo de independencia y control de recursos estratégicos. La presión externa ha roto el equilibrio cómodo que existía entre autonomía e integración con Dinamarca y ha dado más visibilidad a las distintas corrientes independentistas, unas más gradualistas y otras más rápidas. Dicho de otra forma, Groenlandia importa menos por un titular llamativo que por lo que revela sobre el nuevo valor del Ártico en términos de defensa, rutas, minerales e influencia. Lo más probable en el corto plazo es un aumento de la presencia militar estadounidense con acuerdos bilaterales de bases e infraestructuras. A largo plazo, es probable que se convertirá en un foco de constante presión para la UE.

-¿Cómo se deben gestionar, por ejemplo, los riesgos para empresas en este nuevo entorno geopolítico?
La primera regla es dejar de tratar la geopolítica como un anexo del compliance o como un apartado de contexto en la presentación anual. El riesgo geopolítico no puede reducirse a una visión general y abstracta del contexto, cada vez es más necesario bajar al detalle y que mapear exposición por países, proveedores, clientes, rutas, financiación, energía, datos y reputación. La segunda es trabajar con escenarios y no con previsiones únicas, porque lo relevante no es acertar el titular, sino saber qué hacer si se corta una ruta, sube una materia prima o cambia una sanción, asociando cada escenario a indicadores o variables que dirigen y clarifican su seguimiento. Y la tercera es integrar esa lectura en decisiones reales de cobertura, diversificación, inventarios, cláusulas contractuales, inversión y gobernanza.

La UE sigue moviendo recursos muy significativos para sostener a Kiev, con un marco de apoyo de 90.000 millones de euros para 2026 y 2027, lo que demuestra que, aunque haya menos atención pública, el conflicto sigue plenamente activo

-Y… en medio de este escenario, las bolsas siguen incluso tocando nuevos máximos. Uno de los últimos entrevistados en esta sección me dijo: los inversores de los últimos quince años han interiorizado la lección, correcta hasta la fecha, de que nunca pasa nada, con independencia de la gravedad de los acontecimientos.

Yo no diría que el mercado haya aprendido que nunca pasa nada; diría que ha aprendido que no todo shock geopolítico destruye beneficios de forma persistente. El mercado descuenta probabilidades, liquidez, tipos y beneficios futuros, no indignación moral. Por eso puede convivir con guerras y, aun así, seguir subiendo si percibe que el crecimiento aguanta, que la política monetaria no se desordena y que el daño a beneficios es acotado.

-Usted asegura que la geopolítica hoy compite con la macro, la política monetaria y los resultados empresariales, colocándose como uno de los factores que impacta sobre los mercados…

Sí, porque la geopolítica ya no opera al margen de la macro, sino a través de ella. Afecta a inflación, tipos, primas de riesgo, comercio, divisas, inversión pública, gasto en defensa y regulación industrial. En otras palabras, ya no es una capa decorativa del análisis que nos señala las tendencias en el largo plazo, sino que también es una variable que puede cambiar el escenario central en cuestión de días.

-También en los test de estrés bancarios, ¿no? 

Claramente. La geopolítica ha entrado ya en el corazón de la supervisión financiera. La Fed mantiene en 2026 un shock global de mercado que incluye materias primas, deuda soberana, spreads y volatilidad, y el BCE ha decidido evaluar este año la capacidad de 110 bancos para capturar riesgo geopolítico mediante un reverse stress test específico. Eso ya no es sensibilidad académica, es reconocimiento regulatorio de que el riesgo geopolítico puede transmitirse por crédito, mercado, liquidez, modelo de negocio y gobernanza.

Groenlandia importa menos por un titular llamativo que por lo que revela sobre el nuevo valor del Ártico en términos de defensa, rutas, minerales e influencia

-¿Qué podemos esperar de los resultados de la banca? En EEUU están sacando pecho.

De la banca estadounidense podemos esperar unos resultados todavía sólidos, y por eso en parte están “sacando pecho”, pero conviene matizar de dónde sale esa fortaleza. No se trata tanto de un entorno limpio y expansivo, como del impulso extraordinario que ha dado la volatilidad a los negocios de mercados, especialmente al trading y, en menor medida, a la banca de inversión. La mayoría de las grandes entidades han batido expectativas, con Goldman, Morgan Stanley, JPMorgan, Citi y Bank of America mostrando bastante solidez, mientras Wells Fargo ha sido la nota más débil. El mensaje de fondo no es que haya desaparecido el riesgo, sino que la gran banca de EEUU sigue llegando a esta fase con balances robustos y con consumidores y empresas todavía en buena forma, aunque con más cautela por geopolítica, energía y tipos. Por eso, más que leer estos resultados como una señal de euforia estructural, yo los leería como una confirmación de resiliencia en las franquicias con más exposición a mercados y banca de inversión, que de momento están aguantando mejor que la banca más tradicional.

-Leo un titular en el que se asegura que el mercado es más fuerte que cualquier político, también que Trump. ¿Está de acuerdo? 

Solo a medias. A largo plazo, ningún político controla por completo al mercado, porque el mercado acaba imponiendo restricciones muy duras cuando detecta inflación, déficit, guerra, bloqueo comercial o deterioro institucional. Pero en el corto y medio plazo sí hay líderes capaces de mover el precio de activos, cambiar expectativas y alterar radicalmente el marco regulatorio o geopolítico. Trump no está por encima del mercado, pero tampoco fuera del mercado. Más bien diría que la relación es de ida y vuelta, la política sacude al mercado y el mercado disciplina, tarde o temprano, a la política. Indudablemente existe cada vez una relación más estrecha, donde el mercado se ha convertido en un arma de primer nivel (Ormuz) y una métrica clave en las decisiones militares (concentración de ataques durante los fines de semana), pero también donde la guerra se utiliza para manipular los mercados, aumentar el valor de determinadas divisas, enfriar el crecimiento de algunas economías o reenfocar las preocupaciones de los inversores.

Trump no está por encima del mercado, pero tampoco fuera del mercado. Más bien diría que la relación es de ida y vuelta: la política sacude al mercado y el mercado disciplina, tarde o temprano, a la política

-Para terminar, ¿algún consejo para los inversores, empresarios y, sobre todo, políticos?

A los inversores les diría que no confundan resiliencia de mercado con ausencia de riesgo. A los empresarios, que no gestionen la geopolítica solo cuando ya ha estallado el problema. Y a los políticos, que dejen de pensar la seguridad como un lujo presupuestario o como una conversación separada de la competitividad, la energía o la industria. El mundo que viene no premia solo al que crece más, sino también al que aguanta mejor los múltiples shocks a los que nos enfrentaremos en la próxima década y al que identifique, reduzca y proteja mejor sus dependencias críticas.