En la bella ciudad portuguesa de Sintra, donde tantos millonarios se han instalado, se han reunido los gobernadores de los bancos centrales, unos tipos que mantienen el curioso espejismo, más bien autoengaño, de que aún son poderosos y de que el futuro de la economía continúa dependiendo de sus decisiones.... pobres tipos.
En la reunión de Sintra de esta semana se estrenaba, además, don Kevin Warsh, nuevo presidente de la Reserva Federal norteamericana quien, al igual que la europea Christine Lagarde, ha decidido que mejor no hablar de temas difíciles, como la banca en la sombra o las criptomonedas, dos instrumentos más de especulación monetaria.
Por cierto, la banca en la sombra no es otra cosa que los fondos, actuales protagonistas de la economía mundial, ejerciendo, no como rentabilizadores, sino como prestamistas. ¿Esto es peligroso? Esto es peligrosísimo, siniestro, pero de eso no se habló en Sintra, entre otras cosas porque demostraría que los reguladores -la segunda función de un banco central- mandan más bien poquito en la economía.
No, en Sintra lo único que se hizo fue ocultar que el poder monetario ha muerto, porque a nadie, mucho menos a los gobernadores de bancos centrales, les interesa reconocer que se han convertido en dinosaurios, temidos en el siglo XX y piezas de museo en el XXI.
Es más, el viejo método de drenar el dinero en circulación o de expandirlo, ya no funciona. Y si no funciona, no hay nada que hacer: el poder de los bancos centrales se desmorona. Y entonces es cuando doña Christine nos dice que la inflación en Europa ya está controlada y que no hace falta que suba los tipos.
Con ello, consigue que los políticos irresponsables (en Europa, unos más y otros menos, pero todos irresponsables) sigan endeudándonos a todos. Pero si la inflación por encima del 3% están controlando es que yo soy 'almirante de la mar oceana'.
A ver: el poder monetario ha muerto. Bueno, anda malherido, por la sencilla razón de que ni los tipos altos controlan la inflación ni los tipos bajos reaniman la inversión. Y entonces Lagarde y Warsh anuncian en Sintra que las uvas están verdes, que no merecen la pena... y que la inflación está controlada en Europa. Y aquí paz y después gloria.
En suma, ¿el monetarismo ha fallecido? No exactamente, aunque todavía su poder sea grande, sobre todo desde que se desembarazaron del control político. No, el problema es que los bancos centrales aplican un sistema de ayer para un mundo de hoy, soluciones que se han quedado anticuadas porque el mundo ha cambiado: antes operaban bajo un aguacero y ahora luce un sol espléndido (ya saben, por lo de la emergencia climática y eso).
¿Y esto es grave? Pues hombre, como con todos los cambios hay que tener cuidado. Consejos para la nueva era del post-monetarismo: en primer lugar, caminar hacia la desaparición de la deuda pública. Si una familia se tiene que conformar con gastar lo que ingresa, ni un euro más: ¿por qué el sector público no hace lo mismo?
Asimismo combatir la inflación aumentando la producción, aplicando aranceles y hasta contingentes, si es necesario, para reavivar la industria nacional, y con el IVA como principal sostén de las pensiones.
Y en los mercados la solución no radica ni en los fondos (banca en la sombra) ni en las criptomonedas, otro fermento de especulación financiera.
Respecto a los mercados, que vuelvan al mercado primario del que nunca debieron salir. ¿Una Bolsa sin mercado secundario? No se por qué no pero sé que eso es muy difícil; ahora bien, que el mercado secundario represente el 99% de todo el mercado sigue siendo un disparate... normalizado.
En todo caso, los tipos altos ya no controlan la inflación. Si quieres reducir precios, produce más. Los tipos bajos no reaniman la inversión sólo reaniman la especulación privada y el endeudamiento público.
El canto del cisne ocurrió en Sintra: el poder monetario ha muerto. Bueno, está en paliativos. Mejor: los gobernadores se han convertido en zombies. Están muertos pero ellos no lo saben. Nadie ha expedido sus correspondientes certificados de defunción: ¡Cuánta desidia!