En los mercados financieros existe una tendencia psicológica conocida como sesgo del avestruz: la propensión a ignorar aquello que no queremos ver. Esta negación, lejos de ser una rareza, ha marcado algunos de los momentos más decisivos de la historia económica.

En un artículo anterior en Hispanidad señalaba cómo, en el verano de 1914, muchos inversores no previeron la magnitud de la Primera Guerra Mundial, pese a que las señales de deterioro geopolítico eran evidentes. Las consecuencias fueron pérdidas millonarias.

Algo similar ocurrió en 1973. El cierre del canal de Suez y el embargo de la OPEP multiplicaron por cuatro el precio del petróleo. Sin embargo, la bolsa tardó meses en incorporar plenamente el impacto de aquel shock energético. Incluso después del levantamiento formal del embargo, los mercados siguieron corrigiendo, alcanzando su mínimo 6 meses después del levantamiento del embargo, porque durante demasiado tiempo predominó la idea de que se trataba de un fenómeno transitorio. Las consecuencias reales se extendieron durante una década de inflación elevada y estancamiento económico: la conocida estanflación.

Hoy, en esta primera semana de abril de 2026, observamos un patrón inquietantemente parecido.

Desde finales de febrero, cuando comenzó la guerra con Irán, buena parte del discurso dominante ha insistido en que las consecuencias serán limitadas y temporales. Sin embargo, la realidad sobre el terreno muestra un conflicto que, lejos de cerrarse, entra ya en su sexta semana, con el estrecho de Ormuz sometido a enorme tensión, con repercusiones crecientes sobre la energía y el comercio global y sin mimbres para alcanzar un acuerdo que ponga fin al conflicto en el corto plazo. 

A ello se suma la volatilidad del mensaje político. La Administración Trump ha alternado anuncios de una inminente resolución con nuevas amenazas de escalada militar. Desde la Casa Blanca se ha afirmado que la guerra duraría entre 48 y 72 horas, luego que la guerra ya había sido ganada, incluso que Irán fue derrotado. Curiosamente, el Irán derrotado se las ha ingeniado para derribar esta Semana Santa un F15, tres aviones C130 y 4 helicópteros de combate Black Hawk, todo mientras el Pentágono vive un momento de purga al estilo stalinista, con la renuncia de varios generales y el despido de tres de los generales de más alto rango del Estado Mayor por su oposición a desplazar tropas a Irán.

El riesgo del colapso del sistema petrodólar es cada día mayor y eso se llevará por delante nuestras monedas fiat

Pese a todo ello, el mercado sigue comportándose como si el escenario central fuera una rápida vuelta a la normalidad. Y lo que tenemos entre manos no es sólo el mayor shock de oferta de petróleo de la historia. Las consecuencias potenciales alcanzan a numerosas industrias: plásticos, cosmética, industria farmacéutica, fertilizantes y la industria de fabricación de semiconductores, por el shock en la producción de helio.

Aquí entra en juego otro sesgo clave del comportamiento: el sesgo de normalidad.

Las personas tienden a proyectar el futuro como una prolongación lineal del presente. Asumen continuidad, estabilidad y cambios graduales. Ese modelo mental suele funcionar en tiempos ordinarios, pero falla por completo en momentos de ruptura histórica: revoluciones, guerras, crisis monetarias o los llamados “cisnes negros” en los mercados.

Podríamos llamarlo, en un lenguaje más castizo, “nopasanadismo”. Es la incapacidad de concebir que el sistema pueda entrar en una fase no lineal, donde los acontecimientos se aceleran y se desbordan.

La historia está llena de ejemplos. En las navidades de 1935, poquísimos eran los que podían aventurar que estaban a escasos 6 meses del inicio de nuestra Guerra Civil y de la mayor persecución religiosa que han conocido los siglos. Lo mismo sucedió en la Francia de 1789 y en la Rusia de 1917, cuando muchos de quienes pudieron huir a tiempo, no lo hicieron.

Eso es exactamente lo que está sucediendo hoy en los mercados.

El riesgo que tenemos delante no es solo una corrección bursátil, sino la posibilidad de una crisis monetaria y energética de gran magnitud, con capacidad de alterar profundamente el equilibrio económico internacional, el colapso total del sistema actual. Colapso que vendría muy bien a quienes aspiran a que no tengamos nada y digamos que somos felices, porque como demuestra la historia del comunismo, la destrucción de la moneda es el medio más eficaz para que el Estado concentre todo el poder económico, como sucedió en China, en Rusia y en Cuba.

Este diario defiende tres banderas: la propiedad, la fe católica y la hispanidad. Por eso, desde esta tribuna vengo defendiendo tres ideas clave en relación con esta guerra.

Primera, la necesidad de analizar con realismo las consecuencias económicas de la guerra. El riesgo del colapso del sistema petrodólar es cada día mayor y eso se llevará por delante nuestras monedas fiat. Quien quiera aprender de la historia, todavía tiene una ventana de tiempo para deshacerse de todas sus posiciones de renta variable para evitar pérdidas brutales. Y quien quiera no sólo protegerse, sino también mejorar su situación patrimonial, debe moverse a oro y plata, incluso sabiendo que pueden caer momentáneamente un 20 o 30%, para terminar en los próximos meses en cifras muy superiores a los recientes máximos históricos.

Segunda, la obligación moral de juzgar críticamente cualquier actuación política o militar que prolongue injustamente el sufrimiento humano. Esta guerra nunca reunió las condiciones para ser considerada como una guerra justa, según la tradición católica magníficamente desarrollada por santo Tomás. Por tanto, todo católico debe oponerse frontalmente a quienes la han iniciado y cometen casi a diario crímenes de guerra atacando infraestructuras civiles con la muerte de cientos de civiles en dichos ataques. No caben medias tintas. Por eso aplaudo aquí el testimonio valiente de los otrora influencers de Trump, Tucker Carlson, Candece Owens y Nick Fuentes, quienes han iniciado una cruzada moral contra aquél a quien antes habían ayudado a alcanzar el poder.

Y tercera y última, la importancia de que España defienda sus propios intereses nacionales en un contexto internacional en deterioro continuo. Seguiré clamando en el desierto con la esperanza de que la derecha política española consiga entender la situación actual, para evitar que Sánchez se perpetúe en el poder. El tiempo y los españoles al final premiarán a quien haya sabido posicionarse en la defensa de lo justo y de nuestros intereses nacionales, que no coinciden precisamente con los intereses que emanan de Bruselas, tanto del Cuartel General de la OTAN como de la Comisión Europea. Si no entienden esto Abascal y Feijoó, nunca gobernarán España.