Lo cantaba Pedro Antonio de Alarcón, llegado desde Guadix a su ansiado Madrid, que enseguida le inundó de nostalgia: 

Hallo tantas espinas 

en mi jornada 

que el corazón me duele,

me duele el alma

Y aseguraba que llevaba grabada en su alma la copla navideña de aquel universo rural en la que nació: 

 

La Nochebuena se viene

la Nochebuena se va

y nosotros nos iremos 

y no volveremos más...

"a pesar de mis pocos años, esta copla me heló el corazón".

Y también asegura Alarcón estas palabras del Madrid del siglo XIX, aplicables al del XXI: "la casa existe todavía en los pueblos de provincia. En ellos nuestra casa es casi siempre nuestra. En Madrid, casi siempre es del casero. En provincias la casa nos alberga, cuando menos, veinte, treinta, cuarenta años seguidos... En Madrid se muda de casa casi todos los meses, a más tardar, todos los años". Y si no es así, es lo que desearía Podemos que fuera.

Alarcón vivió entre 1833 y 1891 pero ya entonces estaba en cuestión la pieza clave de la justicia social: la propiedad privada. 

El propietario es el único ser humano que puede compartir con los demás. Por ejemplo, compartir su hogar con propios y hasta con extraños

La era moderna es una edad de progreso. A fin de cuentas, las ideologías nacieron en el siglo XIX, se desarrollaron de forma homicida en el XX y degeneraron en el XXI, cuando nos empeñamos en llamar malo a lo bueno y bueno a lo malo.

Quizás por eso, el Sanchismo, que es muy progresista, nos vende la vivienda en alquiler. Porque claro, ¿quién quiere poseer una vivienda en propiedad? ¿Es que no te das cuenta que puede degenerar en hogar? 

Lo mejor para la sociedad progre es el alquiler y lo que ello conlleva, la mudanza permanente, no echar raíces en ninguna parte, porque echar raíces no es progresista. Lo progresista es cambiar de continuo, no echar raíces, con lo que no hay fruto, e insultar al propietario, sin duda un fachas. 

Tal como veo a la izquierda española actual uno creería que su única propiedad es la envidia y su único objetivo la apropiación de la propiedad pública que, como no es de nadie, puedo usurpar como si fuese mía

Pero la Navidad, además del cumpleaños de Cristo y la redención entera del género humano, pequeñeces que de vez en cuando conviene destacar, es un canto al propietario, el único ser humano que puede permitirse algo tan navideño como compartir. Por ejemplo, compartir su hogar con propios y hasta con extraños. Tal como veo a la izquierda española actual uno creería que su única propiedad es la envidia y la apropiación de la propiedad pública que, como no es de nadie, puedo utilizar como si fuera mía. 

Capitalismo y socialismo es lo mismo: éste niega la propiedad privada en nombre del dinero público, que es de todos y no es de nadie; aquel lo niega porque un privado absorbe toda su propiedad. Y el final es la sociedad financista: el fondo de inversión, propiedad de muchos pequeños sin control alguno ni decisión posible sobre su propiedad. Podemos quiere que le cedamos toda la propiedad al Estado, que son ellos, el gestor de fondos, columna vertebral de la economía del siglo XXI, quiere que se la cedamos a unos gestores desconocidos que funden nuestra pequeña propiedad en una gran masa de inversión, propiedad tan pública como la del Estado.

La lucha no es -ni fue jamás- entre lo lo público y lo privado sino entre lo grande y lo pequeño. Es en Navidad cuando te das cuenta de ello. Y la vivienda... en propiedad

En el socialismo son los políticos los que mangonean nuestra propiedad, en el capitalismo son nuestros gestores de fondos. Y todo ello hace realidad aquella sentencia de Chesterton: "¿Qué más me da que toda las tierras del condado sean propiedad del Estado o lo sean del duque de Sutherland? El caso es que no son mías".

Y así, mediante el espíritu navideño, llegamos a aquella conclusión que dio origen al distributismo, verdadera escuela de la justicia social: la lucha de la era moderna no será entre lo público y lo privado sino entre lo grande y lo pequeño: entre la gran propiedad, socialista o comunista, y el pequeño propietario de un hogar que es su castillo y en ocasiones su hipoteca, para crear su propia máquina de hacer dinero, su microempresa o su trabajo autónomo.

Cada familia no sólo debe llegar a fin de mes, además debe tener un hogar en propiedad, donde crezcan sus hijos. 

La pequeña propiedad no es más que el alargamiento del domicilio, aquel en que se cantan los villancicos en Navidad. 

Y la clase media no es la de Sánchez, es la compuesta por pequeños propietarios que se ganan el pan con el sudor de su frente y renuncian a la subvención pública. 

La lucha no es -ni fue jamás- entre lo lo público y lo privado sino entre lo grande y lo pequeño. Es en Navidad cuando te das cuenta de ello. Y la vivienda... en propiedad.

Por eso, Alarcón sentía nostalgia de Guadix desde su tristeza madrileña. Los precios de los pisos ya debían estar por la nubes en la capital pero lo que debe estar a pie de calle es el espíritu del propietario generoso con una casa que defender y una casa que ofrecer.

Feliz y Santa Navidad.