Es el fenómeno de nuestro tiempo: la violencia contra los cristianos, como ocurre en Un Dios Prohibido. Tras el derecho a la vida, no hay derecho más grande que a la libertad religiosa, lo que algunos consideran erróneamente parte de la llamada libertad de pensamiento.

Y ojo, no es libertad religiosa ni libertad de pensamiento, sino libertad de culto. Lo otro no tiene gracia: nadie puede obligarme a no amar a Dios ni al prójimo. A lo que sí pueden obligarme es a no entrar en una iglesia, sobre todo si queman la iglesia o me queman a mí.

La libertad religiosa es, sin duda, el principal problema de nuestro siglo. Y cuando hablo de libertad religiosa me refiero a la religión más perseguida: el cristianismo.

¿Y cómo reacciona el cristiano frente a la persecución Pues con la máxima primera: se necesita más valor para morir que para matar.

Dicho esto, no todos somos tan valientes. Por eso, los más débiles, los incapaces para el martirio, tenemos que conformarnos con aplicar la fortaleza de la mansedumbre, en sus diversos grados. Porque al parecer hay grado, y entonces resulta que el desprecio al prójimo es más grave que la ofensa y ésta más grave que el enojo. No lo digo yo, sino el Evangelio:

"Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No matarás y el que mate será llevado ante el tribunal. Pero yo les digo: Todo el que se enoje con su hermano será llevado al tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar de castigo".

Esto para débiles, como servidor, ahora bien, no nos olvidemos del principio primero en un siglo como el XXI, caracterizado por la violencia contra los cristianos: hay que tener más agallas para ser mártir que para ser homicida.

Son principios que conviene tener en cuenta aunque luego no tengamos valor para ponerlos en práctica. Sobre todo lo del martirio.

Eulogio López

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