Los apellidos Kowalska-Wojtyla se han convertido en el símbolo de la Divina Misericordia. Faustina Kowalska, fallecida en 1938, recibió en vida esta revelación: de Polonia saldrá quien preparará al mundo para mi segunda venida. La profecía se ha cumplido. 

Cientos de miles de jóvenes aplaudieron en Roma a un Karol que sigue ganando batallas después de muerto. El mundo ha quedado dispuesto para El que "de nuevo vendrá con gloria".

He participado como un 'jovial periodista', es decir, entre el público, en la beatificación de Juan Pablo II, cometido que corrió a cargo su sucesor, Benedicto XVI.

Alumno aplicado como soy, lo primero que hice, ya en el avión que me traía a Roma, a fin de estar bien documentado para el evento, fue leer El País. ¡Qué menos!

Estos buenos chicos de PRISA han realizado un esfuerzo ímprobo para advertirnos a todos del gran error que vamos a cometer los católicos al beatificar a Juan Pablo II, en lugar de, por ejemplo, al teólogo progresista, colaborador de El País, Juan José Tamayo, que ése sí que sabe, o al enviado especial Miguel Mora, tan preocupados ellos por el futuro de la Iglesia.

Me ocurre con la beatificación de Karol Wojtyla, lo mismo que a Chesterton. El 'jovial periodista' confesaba que, siendo un joven agnóstico, llegó a sentir verdadero pavor ante la lectura de los ateos comecuras, porque cuanto más leía sus dentelladas y necedades más se aproximaba a la Iglesia, en la que no estaba dispuesto a entrar ni loco.

Y así, mientras en los cinco continentes, la prensa progre arremete contra Karol Wojtyla, un millón de peregrinos se tomaba la molestia de viajar hasta Roma para pasar cera de tres horas de pié torturados por 'el caos organizativo' ltaliano. No había pantallas suficientes, no había policía suficiente, no había orden ni concierto, se veía mal, se oía peor y, en fin, que si no fuera por el afecto hacia un personaje que sigue ganando batallas después de muerto, no se entenderían sin recurrir al masoquismo.

Y lo peor, mis queridos progres, es que la inmensa mayoría de esos muchachos no habían nacido en 1978 cuando Karol Wojtyla se convirtió en el sucesor de Pedro. Vamos, que la Iglesia tiene banquillo. Nadie sabe por qué, pero Juan Pablo II encajó siempre con jóvenes y con adolescentes. Los que nunca hemos propendido hacia esa edad intermedia entre la niñez y la vida adulta, los que de buena gana tiraríamos a todos los adolescentes al Tíber -es lo suyo, escribo desde Roma- valoramos especialmente este entendimiento entre Karol Wojtyla y los jóvenes. Vamos que nos parece un imposible.

Pero así es: el polaco continúa ganando batallas después de muerto. Es un tipo duro que no proponía cosas fáciles ni le gustaban los blanditos: por eso los jóvenes le querían tanto y le sigue queriendo. A los jóvenes les va la marcha.

Entre el público asistente a la plaza de San Pedro esta mañana de domingo, predominaban, cómo no, los polacos, con su héroe. Quizás sea mi natural predilección por las mujeres -soy un tipo anticuado, me gustan las señoras- pero diría que la mujer eslava es la más guapa del mundo, mientras los varones semejan leños cortados con hacha, incluidos cabeza y flequillo. Por mor de mi reconocida tolerancia y abierto talante,  no me importa que los varones sean más feos que Picio mientras las mujeres polacas posean esos ojos azules, o verdes, y esa mirada dulce, a veces, ay, un punto melancólica, como si la dura historia que sufrieran sus ancestros aún no hubiera disipado las nieblas de su alma.

En cualquier caso, con guapas y feos, el pueblo polaco, que ha salvado a la Cristiandad tantas veces, es grey irrepetible en el orbe cristiano, rendía homenaje a su santo -casi- y patrón -sin casi-. Ahora podrán dirigirse a él cada 22 de octubre, fecha elegida para honrar al nuevo beato.

En la calle adyacente a la Plaza de San Pedro, justo al lado del Cuartel general de los Jesuitas, está la Iglesia de la Divina Misericordia, con un retrato inmenso del cuadro del Cristo de la Misericordia, que hizo pintar Santa Faustina Kowalska y que a la interesada nunca le gustó como obra de arte (ni falta que hacía). El templo está lleno, y se rezan, en vigilia permanente, las devociones de la Divina Misericordia. Y es que el dúo polaco Kowalska-Wojtyla se ha convertido en símbolo de la Divina Misericordia, de la original doctrina de esta etapa histórica, en la que al hombre aún le queda tiempo, como repetía la religiosa de Cracovia, para acogerse a la infinita misericordia de Dios, capaz de perdonar todos los errores y todos los horrores, pero, ojo, como preámbulo del día de la justicia de Dios, donde ya no habrá vuelta atrás.

Sin esa confianza en la misericordia divina, no se entiende la revolución Wojtyla. ¿Qué hacía tan diferente a ese Papa al que adoraban los voluptuosos jóvenes, que terminó con el feroz poder comunista y que puso en su sitio las relamidas pretensiones capitalistas para convertirse en religión universal Sin duda, la confianza en la infinita misericordia de Cristo. Su estilo de gobierno lo dejaba ver muy claro: no era el momento de aplicar la justicia sino la misericordia con todos, con los débiles y los fuertes, con los pobres y los ricos, con los niños y los ancianos, con los hombres y con las mujeres.

Faustina Kowalska, fallecida en 1938, tras tan sólo 33 años de intensa existencia, recibió en vida esta revelación: 'De Polonia saldrá quien preparará al mundo para mi segunda venida'. Y ya se ve que la profecía se ha cumplido. Ese hombre, no me cabe duda alguna, era Juan Pablo II.

Está claro que el mundo ha quedado preparado para aquel que "de nuevo vendrá con gloria", y entonces juzgará "a vivos y muertos y su Reino no tendrá fin". Primero misericordia, luego justicia: si está clarísimo. Todavía nos queda tiempo. Wojtyla, el Papa joven, también puede ser el penúltimo, que diría un castizo.

Y todo ello con el sello de Cristo, con una ceremonia de beatificación ejecutada a lo paradójico, es decir, con el caos italiano. Eso sí: un caos que fomenta la creatividad del ciudadano. ¡Qué remedio!

Eulogio López

eulogio@hispanidad.com