Subir los impuestos a los que cobren más de 50.000 euros no es lo que precisa la economía española. Sólo es una demagógica simplificación a lo Pepiño.

Insisto. El IVA, al igual que los impuestos sobre las plusvalías, debe ser gradual, más aún que el impuesto global sobre las rentas de las personas físicas. La tarifa debe ser escalonada, porque no es lo mismo comprar pan que comprar automóviles de lujo, no es lo mismo vestir de marca o sin marca. Y lo mismo ocurre según la cantidad de un mismo producto: no se puede gravar de la misma forma la compra-venta de unas cuantas acciones de Iberdrola que las de 1% de la eléctrica, ni gravar lo mismo a quien comprar hoy para vender mañana que a quien permanece en un mismo valor por meses o años. ¿Que las escalas amplias hacen más complejo el impuesto? Sí, pero también lo hacen más justo.

Se trata, una vez más, de proteger lo pequeño respecto a lo grande, al pequeño propietario de las grandes fortunas, a la pyme de la multinacional. Esto es, justo lo contrario de lo que está sucediendo. Verbigracia. Los estafados por Madoff vía Banif, fueron recibidos por Botín y solucionaron el caso mano a mano. Hablo, por ejemplo, de Fernández Tapias, el empresario favorito del alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón.

Insisto, desde Chesterton y la doctrina distributista sabemos que la clave del debate económico no está en lo público contra lo privado (¿Qué más me da que todas las tierras del condado estén en manos del Gobierno o del duque de Sutherland?) sino de lo pequeño contra lo grande.

Hay que grabar la especulación financiera -por ejemplo, un producto paquetizado y casi todos los instrumentos del mercado secundario- más que la producción industrial y que el mercado primario pero también hay que gravar más al gran especulador que al pequeño.

Es curioso que en este ataque feroz contra el pequeño propietario España aún se refugie en dos realidades, curiosamente dos fenómenos mal vistos durante los últimos tiempos, desde que vivimos en plutocracia: la hipoteca y el bar.

La hipoteca es la satisfacción del deseo mediterráneo de poseer un hogar, como un inglés en su castillo, en definitiva, un piso en propiedad. El hogar es la propiedad del hispano. Los anglosajones no comprenden que enterremos el 90% de nuestro patrimonio en ladrillo, pero tampoco entienden por qué el jamón ibérico es caro: los pobres no están preparados.

El otro es el bar: cierran todo el pequeño comercio pero resiste el bar de la esquina: ¡Bien por los bares!, a los que el puritanismo de la plutocracia, en España gloriosamente representado por la vegetariana vicepresidenta económica del Gobierno, Elena Salgado, le pone cerco con las promulgadas leyes antitabaco y los impuestos antialcohol. Se ve que la ministra es más amante de los Spa de lujo que de las tascas de barrio. Ellas se lo pierde.

El indígena debe ser seguir hipotecándose para tener piso y debe seguir protegiendo sus bares. Y hablo del bar de Juan Español, no de la franquicia de McDonalds, Café y Té, Ribb, Friday. Porque la franquicia, al igual que la colocación de ahorros en fondos de inversión, no es propiedad privada, sino, precisamente, supresión de la propiedad privada en títulos colectivos donde mandan las tecnoestructuras o los gestores del capital riesgo y los fondos de inversión y los bancos de inversión.

La propiedad privada, como el estiércol, es algo bonísimo, pero sólo si está bien repartida.

Lo que impera hoy en España y en todo Occidente no es la propiedad privada sino que el poder se lo reparten los enemigos de la ciudadanía: el Gobierno y las multinacionales. Y en su apoyo acuden tanto los sindicatos como las organizaciones empresariales. Por contra, el pequeño propietario, el autónomo, el dueño del bar, el profesional, la micropyme, es decir, el pequeño propietario, el elemento más productivo de todos, el que más valor añadido aporta a la sociedad y el más libre, es el objetivo que tanto gobiernos, de izquierdas o de derechas, que ambos son de centro, es decir, de nada, como las multinacionales pretenden aniquilar. No soportan lo pequeño.

¿Quieren un ejemplo patente? El periodismo de hoy, donde los grandes multimedia libran sus batallas de salón y sólo hay algo que no soportan: el nuevo periodismo independiente de Internet, es decir, el pequeño editor.

Eulogio López

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