Todos los años hago un viaje por Polonia, que es algo así como el espejo de Occidente, aunque muchos occidentales lo ignoren.

Polonia detuvo a los turcos en Viena, al Ejército Rojo en el Vístula (1920), al comunismo moscovita en Gdansk, con el sindicato Solidaridad y, lo más importante, contuvo la inexorable disolución de la influencia cristiana que amenazaba a Occidente, con Juan Pablo II: no es mal balance.

Ahora Polonia se enfrenta a la globalización capitalista, de signo no menos ateo que el nazismo o los soviets, sólo que con el disfraz modernista.

Llevo siete años acudiendo a Polonia. Ese periodo, desde la muerte de Juan Pablo II hasta el día de hoy, se puede resumir en esta frase que me explicaba un sacerdote polaco: "con el comunismo tuvimos mártires, con el capitalismo traidores".

Más historia de siete años de historia polaca. Charla con Maciek, un joven de Wroclaw, la antigua Breslau alemana, bombardeada por los rusos en 1945, convertida hoy en una mezcla de polacos, alemanes y checos. Él me explica lo mismo de otra forma: "después del comunismo cualquier cosa nos parece buena con tal de que sea nueva". Me lo dice en la Plaza del Mercado, rodeados de marcas como Swarovsky, McDonald o CFK. Maciek no había nacido en 1980, cuando Solidaridad iniciaba su campaña y era un crío cuando cae el muro, en 1989. Es decir, no vivía la mayor revolución pacífica de la historia, la de Solidaridad contra la mayor y más cruel tiranía de siglo XX: el comunismo.

Lech Walesa y Karol Wojtyla salvaron a Polonia, a Europa y al mundo, del totalitarismo marxista, ese fenómeno que Václav Havel denominara "la cultura de la mentira". No es mala definición si nos atenemos a la pancarta clásica de Solidaridad: "Para que Polonia sea Polonia dos más dos deben ser siempre cuatro". Toda una lección de realismo filosófico, a cargo de unos sindicalistas del sector naval. No, no es el lenguaje de Cándido Méndez y Fernández Toxo.

En resumen, Polonia salvó al mundo del capitalismo. Lo que me preocupa ahora es que caiga en manos del capitalismo. Lo que no consiguió el Ejército Rojo ni la KGB puede lograrlo ahora el aburguesamiento de una globalización que no ha unificado culturas sino marcas comerciales. Y ya sabemos, por Chesterton, que la cultura crea tradiciones. El comercio sólo crea modas.

Por ejemplo, he observado cambios en la forma de vivir la eucaristía en Polonia. Siete años atrás, pocos meses después de la muerte de Juan Pablo II, me encontré con iglesias atestadas a las seis de la mañana, en día laborable. Aún me impactó más el fervor con el que los polacos seguían la liturgia. Nada que ver con las continuas faltas de respeto, cuando no algo más, que presencio en España, por parte de clero y fieles. Y eso que, como recuerda Maciek: "los polacos podemos ser serios pero sobre todo somos secos". Verbigracia: hace siete años el polaco medio veía a los turistas como visitantes, hoy parecen verles como turistas que aportan euros.

Una amiga cracoviana revela un dato más preocupante: en estos años, hasta la mismísima Cracovia, el corazón de Polonia, han llegado la prostitución: "no son redes organizadas, me explica, como en Europa Occidental. A veces se trata de universitarias que venden su cuerpo para poder comprarse un móvil".

Y sí, el capitalismo también ha atraído la mendicidad profesional. Y sí, la mendicidad profesional debería ser prohibida. Se atiende a quien lo necesita no a quien ha convertido el ocio en vicio y pretende permanecer en él.

Yo espero el renacimiento cristiano de una Polonia un tanto aburguesada. Necesitamos de nuevo a la Polonia mártir. No me refiero a las matanzas que ha tenido que soportar  de nazis y comunistas. Se puede ser mártir sin ser asesinado por tu fe, simplemente por la actitud de servicio que define otro lema polaco que hunde sus raíces en la historia: "por vuestra libertad y la nuestra". Primero, la de los otros. Nos jugamos mucho en ello. Todos.

Eulogio López

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