Ideología de género es un eufemismo para hablar de feminismo; hablar de feminismo radical es una reiteración, porque el feminismo siempre es radical.

El objetivo del feminismo -además de conseguir más poder para las feministas, que no para las mujeres- consiste en renunciar a dos condiciones egregias de la mujer: la virginidad y la maternidad. Es decir, a dos de las maravillas de la feminidad, tan opuestas desde el punto de vista individual como complementarias desde el punto de vista colectivo.

Las feministas odian la virginidad y la maternidad porque no entienden de compromiso. Renuncian a lo mejor y, por eso, el feminismo suele acabar en lo peor: en lesbianismo.

Personalmente me siento satisfecho con mi condición de varón. Sólo hay algo que envidio a la mujer: la maternidad, como sólo hay algo que envidio a los curas (quienes también practican -o deben hacerlo- la virginidad): el poder de consagrar en la Eucaristía. Por lo demás, me siento contento con mi condición de varón, y padre de familia.

Pero lo políticamente correcto es el feminismo, al que aludimos como ideología de género. Y así nos va: antes el peor defecto del varón era la soberbia y el peor defecto de la mujer el egoísmo, menor en la escala de la maldad que el orgullo.

Ahora, gracias a la ideología de género, contamos con una mujer igualmente egoísta pero tan ensoberbecida como el hombre y con un hombre que, al pasar de padre a semental, se ha vuelto tan egoísta como la mujer. Felicitémonos todos.

Y una de las consecuencias de este feminismo estúpido -otra reiteración- es la violencia de género.

Eulogio López

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