En las elecciones chilenas ha ganado la socialista Michelle Bachelet. Escrutado el 96%, Bachelet habría obtenido el 45,9% de los, frente a 24,5% de Sebastián Piñera y al 23% de Joaquín Lavín. En una segunda vuelta, prevista para enero, lo lógico es que Bachelet se imponga.

Para explicarlo en pocas palabras, Bachelet es más socialista que progresista. No muy socialista porque le encanta el libre mercado, al igual que a su jefe actual, Ricardo Lagos, pero sí es tan progresista, que ha hecho bandera de su agnosticismo. Antes de que alguien se lo pregunte y muy pocos periodistas preguntan hoy este tipo de cosas- Michelle se adelanta y confiesa. Yo soy agnóstica de toda la vida, oiga usted.

Por su parte, Sebastián Piñera es un magnate empeñado en terminar con cualquier sombra de Estado de Bienestar. El tercero en discordia, Joaquín Lavín es el cristiano, es decir un tipo conservador, de tez cetrina y, en cualquier caso un sujeto indeseable.

Los dos primeros, por contra, rebosan modernidad. No caben en los viejos esquemas. Antes, eran de izquierdas aquello que sostenían que había que repartir la riqueza según la necesidades de cada cual, y eras de derechas si pensabas que el reparto debía hacerse según los méritos de cada cual. Pero ha nacido el social-capitalismo, donde el Estado pretende cobrarle a cada ciudadano según sus méritos y pagarle según sus necesidades, siempre que éstas sean primarias o deseadas por el Gobierno.

El social-capitalismo, inventado en China, como creo haber dicho alguna vez, quiere un Gobierno fuerte (no es necesario un Estado fuerte, basta con que lo sea el Gobierno, si ustedes me entienden) y un oligopolio de grandes empresarios con los que negociar como representantes de la sociedad civil. El resto sólo son contribuyentes o clientes, en el mejor de los casos, es decir, clientes del patrón público o del privado. Y si al menos nos trataran como a clientes

El socialcapitalismo ama a los funcionarios tanto como a los aristócratas, a Bachelet tanto como a Piñera. Lavín es el pesadito ese de los valores, el conservador, el que dice creer en algo. Por ejemplo, en Dios. Piñera y Bachelet son pluralistas, o sea, que le dan tanto valor a una idea como a su contraria. O sea, lo de Emilio Botín: lo que no son cunetas son cuentos.

El socialcapitalismo ha conseguido casar marxismo y sistema de libre mercado. Bachelet y Piñera sólo son dos posturas en liza para mantener el espejismo del pluralismo, pero están en la misma onda. El diferente era Lavín, que se ha quedado fuera de la segunda ronda. En el siglo XXI socialismo y capitalismo tienen un mismo enemigo : el cristianismo. Ambos luchan contra lo mismo : contra la vida, contra la familia y contra el poder de la persona. Otra vez Chesterton: ¿qué más me da que todas las tierras del condado las tenga el Gobierno o que las tenga el duque de Wellington?

Y así, el socialcapitalismo sigue fusionando ambos sistemas:

-Defienden la libertad de empresa, pero no la igualdad de oportunidades.

-Defienden la globalización y la apertura de fronteras, pero no para las personas.

-Los derechos humanos son de aquellos que tienen voz: niños, ancianos o disminuidos, nunca jamás.

-No importa la justicia, sino la eficiencia, que no tiene por qué ser lo mismo, no señor.

-Lo más importante; la verdad no existe, entre otras cosas porque, si existiera, todo lo anterior se iba a freír espárragos.

Por eso el agnosticismo es el credo favorito del socialcapitalismo. El agnosticismo es muy cómodo. Porque hasta el ateo está obligado a razonar su ateísmo, el agnóstico no. Y como su mismo nombre indica, el agnóstico es un ignorante.

Por cierto, ahora al agnosticismo le llaman laicismo. Vaya usted a saber por qué.

Pobre Chile: en enero deberá elegir entre dos socialcapitalistas, que es algo parecido a escoger entre el patíbulo y el paredón.

Eulogio López