Con la superficialidad que le caracteriza, el ministro de Fomento, José Blanco, anunció que subía los impuestos a los ricos para dárselo al pueblo. No lo dijo así, pero casi. Horas después, aseguraba que era una reflexión personal. Mire usted: los ministros no hacen reflexiones personales ante un micrófono. La hacen en su casa o en las deliberaciones del Gabinete o del equipo de Dirección de su Ministerio.

¿Subir los impuestos? ¿El IRPF? Ni un sólo gobernante, ni liberal si socialdemócrata, de Occidente ha optado por subir el impuesto sobre la renta o de presumir de subir impuesto alguno, y mucho menos para pagar subsidios, porque se entiende que el parado, el parado de bien, quiere trabajo, no subsidios. Y porque el Estado representa en España, como en casi toda Europa, el 40% de la economía. Es decir, que asfixia al ciudadano.

Ni un solo Gobierno, salvo Pepiño, aboga por subir los impuestos. Sí que lo hacen, pero a escondidas: crean nuevas tasas, más sanciones, suben los impuestos al consumo de lujo o por razones ecológicos, etc. En definitiva, el momento histórico urge a defender al individuo frente al Estado, es decir, frente al Gobierno. No sólo porque le metan la mano en la cartera sino porque, con la subida de impuestos, le están quitando libertad. Y eso resulta indeciblemente más peligroso y preocupante.

Lo lógico, hoy, es reducir el papel del Estado ya costa de, entre otras cosas, reducir impuestos. Lo de Pepiño es una metedura de pata que debería conllevar la dimisión.

Eulogio López

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