No me gusta hacer leña del árbol caído, y menos aún sabiendo las razones por las que Pedro J. Ramírez (en la imagen junto a Cebrián) ha sido cesado, pero el lector de Hispanidad es testigo de que nunca me ha gustado mucho. Un gran periodista, sin duda, pero que ha dedicado su talento al periodismo de investigación... que tantas veces termina en búsqueda de basura.

Los dos periodistas más famosos de la democracia, Juan Luis Cebrián y Pedro J. Ramírez, se parecen en una cosa: ambos entienden la información como poder, no como servicio.

A partir de ese nexo común, ambos difieren: para Pedro J. Ramírez el colmo de las maravillas consiste en tirar poderosas personas: presidentes, reyes, ministros, presidentes, banqueros. Cada nuevo caído suponía una muesca más en su revólver, cada día era más temido. No se vendía a nadie. Naturalmente, estaba vencido a su propio prestigio, que, como el de los grandes pistoleros, consistía en el número y categoría de sus víctimas.

Janli Cebrián es otra cosa pero es lo mismo. Lo suyo consistía, no en derribar al poderoso, sino en convertirse en poderoso. Como Pedro José, no han querido ser notarios de la actualidad sino protagonistas de la misma. Pedro derriba gobiernos y Juan Luis los nombra. Y ambos, grandes periodistas, cumplían su tarea a las mil maravillas.

A Cebrián le tentaba más la globalización masónica, siempre elitista y, por eso, el cargo que más valora no es el de presidente de PRISA sino el de coordinador en España del selecto club Bilderberg. Era parte del Nuevo Orden Cultural (NC) o Nuevo Orden Mundial (NOM). Por tanto, su cristofobia es más acentuada que la de Ramírez, pero el origen de su querencia es el mismo.

Y ninguno de los dos ha entendido el nuevo periodismo, que es el periodismo de Internet. Los dos amaban el oligopolio de los señores de la prensa pero resulta que Internet ha finiquitado el oligopolio. Y en ese estanque, estos peces no saben nadar.

Eulogio López

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